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Gratis · elegí una vozAdrián miró su enorme camión de bomberos. Era rojo brillante, con una escalera que se extendía hacia el cielo y puertas que se abrían para revelar pequeños asientos. El abuelo Miguel se lo había regalado. El abuelo Miguel… ahora estaba en el cielo.
A Adrián le gustaba mucho ir con el abuelo Miguel y Curi, el perro, a la compra. Se subía al carrito y el abuelo lo empujaba, haciendo ruidos de tren. Luego, iban al Museo del Jamón a desayunar. ¡Qué ricos estaban esos bocadillos! Y después, al parque a jugar. El abuelo ya estaba un poco malito y mayor. Ya no podía correr tanto como antes, pero siempre sonreía y le compraba helados.
El abuelo Miguel tenía un bigote blanco y el pelo también blanco como la nieve. Sus ojos siempre brillaban cuando miraba a Adrián y a Lucía, su hermanita pequeña, que aún no entendía muy bien lo que pasaba. El abuelo Miguel los quería muchísimo.
Ahora, el abuelo Miguel estaba en el cielo. Papá le había explicado que era como si se hubiera ido de viaje, pero a un sitio tan bonito que ya no iba a volver. Un sitio donde ya no le dolía nada y donde podía ser feliz para siempre.
Adrián echaba mucho de menos al abuelo. Recordaba las tardes en el parque, el olor a colonia del abuelo, y cómo le cogía en brazos y le contaba historias de cuando era pequeño. Papá también le echaba de menos. A veces, Adrián lo veía sentado en el sillón, mirando una foto del abuelo, con los ojos un poco tristes. Entonces, Adrián corría a darle un abrazo fuerte. Un abrazo que decía: “Te quiero, papá. El abuelo también te quiere, aunque no esté aquí”.
Una tarde, Adrián estaba jugando con el camión de bomberos en el salón. Lucía gateaba a su alrededor, intentando alcanzar las ruedas. De repente, Adrián tuvo una idea. Cogió un papel y un lápiz y empezó a dibujar. Dibujó al abuelo Miguel con su bigote blanco y su pelo blanco como la nieve. Lo dibujó con una gran sonrisa y con alas de ángel.
“¿Qué haces, Adrián?”, preguntó mamá, acercándose.
“Estoy dibujando al abuelo Miguel”, dijo Adrián. “Ahora es un ángel y está en el cielo”.
Mamá sonrió y le abrazó. “Es un dibujo precioso, cariño. Seguro que al abuelo le encanta”.
Adrián siguió dibujando. Dibujó el camión de bomberos, el carrito del supermercado, el Museo del Jamón y el parque. Dibujó todos los lugares donde había sido feliz con el abuelo Miguel. Luego, escribió: “Te quiero mucho, abuelo Miguel. Aunque estés en el cielo, siempre te recordaré”.
Colgó el dibujo en la nevera, al lado de una foto del abuelo Miguel. Cada vez que lo veía, sentía un poco menos de tristeza y un poco más de alegría. Sabía que el abuelo Miguel lo estaba cuidando desde el cielo, a él y a Lucía.
Una noche, Adrián no podía dormir. Se levantó de la cama y fue a la habitación de papá. Lo encontró sentado en el sillón, mirando otra vez la foto del abuelo Miguel.
“Papá”, dijo Adrián, “¿estás triste?”.
Papá lo miró y le sonrió. “Un poco, Adrián. Echo mucho de menos a tu abuelo”.
Adrián se sentó a su lado y le abrazó. “Yo también le echo de menos, papá. Pero está en el cielo y ya no le duele nada. Y nos está cuidando”.
Papá le abrazó con fuerza. “Tienes razón, Adrián. Tu abuelo siempre nos cuidará”.
Adrián tuvo otra idea. Fue a su habitación y cogió el camión de bomberos. Volvió con papá y se lo entregó.
“Toma, papá”, dijo Adrián. “Este camión me lo regaló el abuelo Miguel. Juega con él y así te acordarás de él”.
Papá sonrió y cogió el camión de bomberos. Empezó a jugar con Adrián, haciendo ruidos de sirena y extendiendo la escalera hacia el techo. Adrián se rio y olvidó por un momento su tristeza. Sabía que, aunque el abuelo Miguel se hubiera ido de viaje a un lugar muy bonito, su amor siempre estaría con ellos. El abuelo Miguel, desde el cielo, estaría contento al verlos jugar juntos.
Adrián aprendió que, aunque echar de menos a alguien duele, el amor nunca se va. El amor del abuelo Miguel seguía vivo en su corazón y en el corazón de su papá, como la luz de una estrella brillante en la noche. Y cada vez que jugaba con su camión de bomberos, recordaba al abuelo Miguel y sonreía, sabiendo que, aunque no estuviera a su lado, siempre estaría en su corazón. Era como si el abuelo Miguel se hubiera transformado en una estrella muy brillante que siempre le iluminaría el camino.
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