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Gratis · elegí una vozEn lo profundo de la selva costarricense, hace mucho, mucho tiempo, cuando las estrellas aún brillaban más fuerte y los ríos cantaban canciones secretas, la música no existía. Los animales conversaban con gruñidos, chillidos y rugidos. Las hojas susurraban al viento, pero no melodías. El único sonido parecido a la música era el chapoteo del agua y el crepitar del fuego.
Vivía en esa selva una pequeña niña llamada Iria. Iria tenía el cabello negro como la noche y ojos brillantes como dos luceros. Le encantaba explorar el bosque, admirar las orquídeas multicolores y perseguir las mariposas morpho azules. Pero Iria sentía que faltaba algo. Un día, mientras caminaba cerca de una cascada, escuchó un sonido suave y vibrante. Era un colibrí, pero no un colibrí cualquiera. Este colibrí tenía plumas de todos los colores del arcoíris y su pico era de oro puro. El colibrí revoloteaba cerca de una flor de campanilla y, al hacerlo, producía un sonido delicado y melodioso, como el tintineo de pequeñas campanas de cristal.
Iria se acercó con cuidado, maravillada por la belleza del ave y el sonido que emitía. "¿Qué es ese sonido tan hermoso?" preguntó Iria en voz baja, casi temerosa de romper el encanto. El colibrí, al escucharla, se posó en su dedo. "Es la música, pequeña Iria," respondió el colibrí con una voz suave como la seda. "Es el canto de la naturaleza, el latido del corazón de la selva. Pero está escondida, esperando ser descubierta."
Iria no entendía. "¿Escondida? ¿Cómo la encuentro?"
El colibrí sonrió con sus pequeños ojos brillantes. "Debes escuchar con el corazón. Observar la danza del viento entre los árboles, el murmullo del río al fluir, el canto de los grillos al caer la noche. Todo tiene su propia melodía. Debes aprender a juntarlas, a darles forma."
El colibrí le regaló a Iria una pequeña flauta hecha de bambú. "Esta flauta te ayudará a capturar esos sonidos," le dijo. "Pero recuerda, la verdadera música viene del corazón."
Iria tomó la flauta con cuidado. Era lisa y fresca al tacto. El colibrí revoloteó alrededor de ella, mostrando cómo colocar los dedos. Al principio, solo salían sonidos torpes y desafinados. Pero Iria no se rindió. Practicó día tras día, escuchando atentamente los sonidos de la selva. Imitaba el canto de los pájaros, el silbido del viento, el zumbido de los insectos. Poco a poco, la flauta comenzó a responder. Sus dedos se volvieron más ágiles y los sonidos se hicieron más claros y melodiosos.
Un día, mientras tocaba cerca del río, otros animales se acercaron a escuchar. Primero fueron los monos, que dejaron de saltar de rama en rama para prestar atención. Luego vinieron los perezosos, que se movieron más rápido de lo normal para no perderse la melodía. Incluso el jaguar, con su andar silencioso, se detuvo a escuchar. La música de Iria era alegre y triste, fuerte y suave, como la propia selva. Hablaba de la belleza de las flores, la fuerza de los árboles, la libertad del río. Era la música que el colibrí le había enseñado a encontrar.
Iria continuó tocando su flauta, compartiendo su música con todos los que quisieran escuchar. Enseñó a otros niños a hacer flautas de bambú y a encontrar la música en sus propios corazones. Con el tiempo, la música se extendió por toda Costa Rica. La gente hacía tambores con troncos de árboles, maracas con semillas secas y guitarras con madera de cedro. Cantaban canciones sobre la naturaleza, sobre el amor, sobre la vida. La música se convirtió en parte de la identidad del pueblo costarricense, una forma de expresar su alegría, su tristeza, su esperanza.
Y así fue como, gracias a una niña llamada Iria y un colibrí mágico, nació la música en Costa Rica, un canto que aún hoy resuena en el corazón de la selva y en el alma de su gente. Cada vez que escuchas una melodía tica, recuerda la historia de Iria y el colibrí, y sabrás que la verdadera música siempre viene del corazón.
Se dice que, de vez en cuando, se puede ver un colibrí con plumas de arcoíris revoloteando cerca de los músicos costarricenses, inspirándolos con su canto mágico, recordándoles que la música es un regalo de la naturaleza y una expresión del alma.
Incluso hoy, la música de Costa Rica celebra la belleza natural del país y las tradiciones de su gente, un legado que comenzó con el canto de un colibrí.
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