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En la Escuela Sol Brillante, la maestra Ernestina era conocida por su ceño fruncido y su estricta disciplina. Los niños, Pedro, Juan, Julia y Valentina, la llamaban en secreto "Ernestina, la Gruñona". Se acercaba el Día del Maestro y, como cada año, los alumnos preparaban un regalo para ella.
Pedro, siempre el más travieso, tuvo una idea "brillante". –¡Tengo una idea! –exclamó Pedro en el recreo, con los ojos chispeantes. –¡Le daremos a la maestra Ernestina el mejor caramelo del mundo!
Juan, el más sensato del grupo, frunció el ceño. –¿A qué te refieres, Pedro? ¿Qué tiene de especial un caramelo?
–¡Este caramelo es especial! –dijo Pedro, sacando de su mochila un pequeño paquete con un dibujo de un volcán en erupción. –¡Es un caramelo súper picante! ¡Dicen que es el más picante del mundo! Lo compré en la tienda de bromas del centro.
Julia y Valentina se miraron con nerviosismo. –Pedro, ¡eso no está bien! –dijo Julia. –¡Es una broma de mal gusto! Podría sentarle mal a la maestra Ernestina.
–¡No seas aguafiestas! –replicó Pedro. –¡Será divertido! Imagínense su cara cuando lo pruebe. ¡Será el Día del Maestro más inolvidable!
Juan, aunque no estaba de acuerdo, se dejó convencer por la insistencia de Pedro. Valentina, la más tímida, no quería participar, pero tampoco se atrevió a contradecir a Pedro. Julia, indecisa, finalmente cedió, pensando que quizás un poco de picante no le haría daño a la maestra.
El día del Maestro llegó. Los niños, nerviosos, entregaron a la maestra Ernestina una pequeña caja envuelta en papel de regalo con corazones. Dentro, junto con una tarjeta de felicitación firmada por todos los alumnos, estaba el famoso caramelo picante.
La maestra Ernestina, sorprendida por el gesto, sonrió tímidamente. –¡Qué detalle tan bonito! –dijo, abriendo la caja con curiosidad. –¡Muchas gracias, niños!
Sacó el caramelo y lo observó con atención. –¿Qué es esto? –preguntó, leyendo la etiqueta del paquete. –"Caramelo Volcán Explosivo". ¡Qué nombre tan curioso!
Sin dudarlo, se metió el caramelo en la boca. Al principio, no sintió nada. Pero, de repente… ¡BOOM! Una explosión de picante invadió su boca. Sus ojos se abrieron de par en par y su cara se puso roja como un tomate. ¡Era el caramelo más picante que había probado en su vida!
La maestra Ernestina tosió, jadeó y buscó desesperadamente agua. Los niños, al ver su reacción, se sintieron horriblemente culpables. Pedro, en particular, se dio cuenta de que su broma había sido una muy mala idea.
–¡Maestra, lo sentimos mucho! –dijo Pedro, con la voz temblorosa. –Era una broma… ¡Pero no queríamos que le sentara mal!
La maestra Ernestina, después de beber un vaso entero de agua, finalmente recuperó el aliento. –¡Vaya, niños! –dijo, con una sonrisa forzada. –¡Ese caramelo sí que tiene carácter!
Pero, la historia no terminó ahí. Al día siguiente, la maestra Ernestina no fue a la escuela. Los niños se preocuparon mucho. ¿Le habría sentado tan mal el caramelo que se había enfermado?
Al día siguiente, se enteraron por la directora que la maestra Ernestina tenía… ¡diarrea! La broma de Pedro había tenido consecuencias inesperadas y muy desagradables. Los niños se sintieron aún peor.
Pedro, Juan, Julia y Valentina decidieron hacer algo para enmendar su error. Se reunieron después de la escuela y planearon una sorpresa para la maestra Ernestina.
Al día siguiente, cuando la maestra Ernestina regresó a la escuela, encontró el aula decorada con flores y globos. En la pizarra, habían escrito un mensaje gigante: "¡Perdón, Maestra Ernestina! ¡La queremos mucho!". Y en su escritorio, había una cesta llena de sus dulces favoritos: chocolate, galletas y caramelos de menta (¡nada picante!).
La maestra Ernestina se emocionó mucho al ver la sorpresa. –¡Qué bonito gesto, niños! –dijo, con los ojos brillantes. –¡Muchas gracias!
Pedro, Juan, Julia y Valentina se acercaron a ella y le pidieron perdón de nuevo. –Maestra, lo sentimos mucho por la broma del caramelo –dijo Pedro. –Nunca volveremos a hacer algo así.
La maestra Ernestina sonrió y les abrazó. –Está bien, niños. Todos cometemos errores. Lo importante es aprender de ellos. Y ahora, ¿qué les parece si celebramos el Día del Maestro con estos deliciosos dulces?
Los niños asintieron con entusiasmo. A partir de ese día, la maestra Ernestina ya no fue "Ernestina, la Gruñona". Se dio cuenta de que, a pesar de su ceño fruncido, los niños la apreciaban. Y los niños aprendieron que las bromas de mal gusto pueden tener consecuencias inesperadas y que siempre es mejor ser amable y considerado con los demás. Y, por supuesto, nunca más le regalaron a la maestra Ernestina caramelos picantes.
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