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Gratis · elegí una vozLuciano Malvado, Lilibeth Malvada y Liliana Malvada eran primos muy traviesos. Siempre estaban tramando algo. Vivían cerca, y aunque sus madres les decían que debían ser amables, ¡ellos preferían las bromas! Pamela era su prima, un poco buena y un poco mala, dependía del día. Betzabeth, otra prima, era más buena que mala, y siempre intentaba que los malvados hicieran algo bueno.
Un día, Luciano Malvado encontró un castillo… ¡pero no era un castillo de piedra! Era un castillo hecho completamente de flores. Rosas rojas formaban las torres, margaritas blancas eran las murallas y tulipanes amarillos hacían de ventanas. Dentro, solo había una cosa: una almohada bordada con hilo de oro.
Luciano, con su mente llena de travesuras, llamó a Lilibeth y Liliana. "¡Miren esto! ¡Un castillo de flores y una almohada brillante! Podemos usarla para hacer una broma épica!", exclamó.
Lilibeth Malvada sonrió con picardía. "¡Podemos llenar la almohada de plumas y luego…!"
"¡No!", interrumpió Liliana Malvada. "Podemos esconderla y hacer que Pamela y Betzabeth la busquen por todo el pueblo".
Pero Luciano tenía otra idea. Él quería usar la almohada para dormir, pero no quería que las chicas lo supieran. Él pensaba que si él descansaba, podría pensar mejor en formas de ser malvado. "¡No haremos nada de eso!", dijo Luciano. "La almohada es mía. ¡La encontré yo!".
Justo en ese momento, llegaron Pamela y Betzabeth. Pamela, con su sonrisa traviesa, dijo: "¿Qué traman ustedes tres? ¡Siempre están escondiendo algo!".
Betzabeth, con su voz suave, añadió: "Luciano, ¿qué es ese castillo de flores? ¡Es precioso! ¿Podemos entrar?".
Luciano, gruñón, les permitió entrar. Pamela, al ver la almohada, la agarró y comenzó a reír. "¡Es tan suave!", exclamó. "¡Podríamos usarla para hacer una guerra de almohadas!".
"¡No!", gritó Luciano. "¡Esa almohada es mía! ¡No la toquen!".
En el suelo, junto a la almohada, había una carta. Estaba escrita en una letra elegante y atada con una cinta azul. Betzabeth la recogió y la leyó en voz alta: "Para aquel que encuentre este castillo, la almohada concede un deseo a aquel que lo necesite de verdad".
Los cuatro se quedaron en silencio, pensando en el deseo. Luciano Malvado pensó en desear tener un millón de caramelos. Lilibeth y Liliana pensaron en desear tener el juguete más caro de la tienda. Pamela pensó en desear poder volar. Y Betzabeth… Betzabeth pensó en silencio.
De repente, el castillo se llenó de aire. Un ventilador, que nadie había visto antes, comenzó a girar, haciendo que las flores bailaran. El aire olía a miel y a rosas. Betzabeth se dio cuenta de que el castillo estaba vivo y que sentía sus pensamientos.
"Yo deseo…", dijo Betzabeth tímidamente, "yo deseo que Luciano, Lilibeth y Liliana dejen de ser malvados y aprendan a ser amables y a hacer amigos".
Un rayo de luz dorada salió de la almohada y envolvió a Luciano, Lilibeth y Liliana. Al principio, se asustaron, pero luego sintieron una sensación extraña, como si algo dentro de ellos cambiara. De repente, Luciano sintió el deseo de regalar flores a su abuela. Lilibeth sintió la necesidad de ayudar a su mamá a limpiar la casa y Liliana sintió que sería buena idea compartir sus juguetes con los niños de la calle.
Luciano, Lilibeth y Liliana se miraron sorprendidos. Ya no querían hacer bromas pesadas. Querían… ¡querían hacer el bien!
Pamela, viendo el cambio en sus primos, sonrió. Ella siempre había querido tener amigos de verdad, y ahora parecía que por fin los tenía.
El ventilador dejó de girar y el castillo de flores comenzó a desvanecerse lentamente. Las rosas rojas se volvieron pétalos y se dispersaron con el viento. Las margaritas blancas se convirtieron en polvo de estrellas. Y los tulipanes amarillos se transformaron en semillas que volaron por el aire.
Cuando el castillo desapareció por completo, solo quedó la almohada, ahora sin su brillo dorado. Betzabeth la guardó con cuidado. Sabía que el verdadero poder de la almohada no estaba en conceder deseos, sino en mostrarles a los demás el camino hacia la bondad. A partir de ese día, Luciano, Lilibeth y Liliana dejaron de ser malvados y se convirtieron en los mejores amigos que Pamela y Betzabeth pudieron desear. Y todo gracias a una almohada, una carta, un ventilador, unas flores normales, y el deseo sincero de una niña buena en un castillo de flor.
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