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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un mundo lleno de lucecitas parpadeantes y melodías pegadizas, un celular llamado Flojo. Flojo no era un celular como los demás. Era, para ser sinceros, un vago. No le gustaba vibrar, ni sonar, ni siquiera mostrar la hora. Prefería quedarse apagado, como si estuviera hibernando en pleno verano. Tenía una carcasa de plástico viejo, de color gris desteñido, y su pantalla estaba llena de rayones. Era, sin duda, el celular más feo de toda la tienda de electrónica.
Los otros celulares, brillantes y modernos, se burlaban de él. "¡Mira a Flojo! ¡Otro día sin hacer nada!", decían con voces metálicas. Flojo simplemente se encogía de hombros, o, mejor dicho, se quedaba quieto, porque encogerse de hombros era demasiado esfuerzo.
Pero Flojo tenía un secreto. Aunque era vago y feo, pertenecía a un papá muy cariñoso llamado Don Ramón. Don Ramón era un hombre grande y corpulento, con manos fuertes y una sonrisa amable. Trabajaba como carpintero y amaba a Flojo con todo su corazón, a pesar de sus defectos.
Don Ramón había comprado a Flojo hace muchos años, cuando era un celular nuevo y reluciente. Lo necesitaba para comunicarse con su hija, Sofía, que vivía en otra ciudad. Pero con el tiempo, Flojo se había vuelto lento y desganado. Don Ramón, sin embargo, nunca pensó en reemplazarlo.
"Este celular tiene carácter", decía Don Ramón a sus amigos. "Es como yo, un poco lento, pero fiel".
Un día, mientras Don Ramón trabajaba en su taller, recibió una llamada. Era Sofía. "Papá, necesito tu ayuda", dijo Sofía con voz temblorosa. "El coche se me ha averiado en medio de la carretera y no sé qué hacer".
Don Ramón sintió que el corazón le daba un vuelco. "No te preocupes, hija", dijo. "Voy para allá de inmediato. ¿Dónde estás exactamente?".
Sofía le dio la ubicación, pero cuando Don Ramón intentó usar Flojo para buscar la ruta en el mapa, el celular se negó a funcionar. La pantalla permaneció oscura y silenciosa. Don Ramón intentó reiniciarlo, cargarlo, incluso le dio unos golpecitos suaves, pero nada funcionó. Flojo seguía vago.
Don Ramón se desesperó. Sabía que Sofía estaba en peligro y necesitaba llegar a ella lo antes posible. Intentó pedir ayuda a sus vecinos, pero nadie estaba en casa. La única opción era ir a buscarla a ciegas, confiando en su memoria y en su instinto.
Así que Don Ramón subió a su vieja camioneta y partió a la carretera. Condujo durante horas, preguntando a los camioneros y a los viajeros si habían visto a una joven con un coche averiado. Pero nadie la había visto.
El sol comenzaba a ponerse y Don Ramón se sentía cada vez más desesperado. Estaba a punto de rendirse cuando, de repente, vio algo a lo lejos. Era un coche parado al borde de la carretera. Se acercó y reconoció el coche de Sofía.
Sofía estaba sentada junto al coche, llorando. Cuando vio a su padre, corrió a abrazarlo. "¡Papá! ¡Tenía tanto miedo!", dijo Sofía. "Pensé que nunca llegarías".
Don Ramón abrazó a su hija con fuerza. "Estoy aquí ahora, hija", dijo. "Todo estará bien".
Mientras Don Ramón y Sofía esperaban la grúa, Don Ramón sacó a Flojo de su bolsillo. Lo miró con tristeza. "Lo siento, Flojo", dijo. "Me has fallado cuando más te necesitaba".
De repente, algo increíble sucedió. La pantalla de Flojo se iluminó. Mostró la ubicación de Sofía en el mapa y comenzó a sonar una melodía suave. Flojo, el celular vago y feo, finalmente había decidido hacer su trabajo.
Don Ramón y Sofía se quedaron mirando a Flojo con asombro. No entendían cómo era posible que el celular hubiera funcionado justo en ese momento.
"Quizás… quizás Flojo solo necesitaba un poco de motivación", dijo Sofía. "Quizás se dio cuenta de lo importante que era ayudarnos".
Don Ramón sonrió. "Quizás tengas razón, hija", dijo. "Quizás Flojo no sea tan vago como pensamos".
Cuando la grúa llegó, Don Ramón y Sofía subieron a la camioneta y regresaron a casa. Don Ramón nunca más se burló de Flojo. Lo siguió usando, a pesar de sus defectos, y lo trató con aún más cariño que antes. Sabía que, en el fondo, Flojo era un celular bueno y fiel, y que, a veces, incluso los celulares más vagos pueden sorprendernos.
Y Flojo, aunque seguía siendo feo y un poco lento, se sentía orgulloso de haber ayudado a Don Ramón y a Sofía. Había aprendido que incluso un celular vago puede ser útil y que, con un poco de cariño, todos podemos dar lo mejor de nosotros mismos. A partir de ese día, Flojo vibraba un poquito más a menudo y hasta mostraba la hora, aunque a veces se equivocaba por unos minutos. Pero a Don Ramón no le importaba. Él amaba a Flojo tal como era.
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