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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una granja soleada, un cerdito muy, pero muy delgado llamado Risitas. Risitas no era malo, pero le encantaba burlarse de los demás. Sobre todo, se burlaba de sus primos gorditos, rodando por el barro y comiendo manzanas sin parar. "¡Miren, miren! ¡Son tan redondos que parecen balones!", gritaba Risitas, con su vocecita chillona. Sus primos, aunque a veces se sentían tristes, sabían que Risitas sólo quería llamar la atención.
Un día, Risitas, sintiéndose especialmente juguetón, decidió dar un paseo fuera de la granja. Caminó y caminó hasta que, a lo lejos, vio algo brillante y ruidoso. Era una gasolinera, ¡la primera que veía en su vida! Los coches llegaban y se iban, y un hombre grandote con un gorro rojo llenaba sus tanques de gasolina. Pero lo que más llamó la atención de Risitas fue la máquina de inflar neumáticos. ¡Era enorme y plateada, con una manguera larga que parecía una serpiente dormida!
Risitas, con una idea traviesa en la cabeza, se acercó sigilosamente a la máquina. "¡Ja!", pensó. "Voy a inflarme como un globo y volar por encima de todos". Nadie lo veía. El hombre del gorro rojo estaba ocupado limpiando parabrisas, y los conductores estaban dentro de sus coches, escuchando música. Risitas, con sus patitas temblorosas, conectó la manguera a su ombligo. Sí, ¡a su ombligo! No sabía dónde más conectarla. Luego, presionó el botón verde.
Al principio, no pasó nada. Risitas frunció el ceño. "¡Esta máquina es una tontería!", exclamó. Pero entonces, de repente, sintió un cosquilleo extraño en su barriga. ¡La máquina estaba funcionando! El aire comenzó a entrar en su cuerpo, hinchándolo poco a poco. Risitas se reía a carcajadas mientras su piel se estiraba y se ponía cada vez más redonda. "¡Esto es genial!", gritó, mientras se convertía en una esfera rosada.
Pero pronto, las risas se convirtieron en jadeos. Risitas se estaba inflando demasiado. Sus patitas ya no tocaban el suelo, y se sentía ligero, muy ligero. "¡Ayuda!", gritó, pero su voz era apenas un susurro. De pronto, con un estallido sordo, la manguera se desconectó. Risitas, ahora completamente redondo como un balón de playa, salió disparado hacia el cielo.
Volaba por encima de los árboles, por encima de la gasolinera, por encima de la granja. El viento silbaba en sus orejas, y veía el mundo desde una perspectiva completamente nueva. Al principio, estaba asustado, pero luego comenzó a disfrutar del viaje. ¡Estaba volando! ¡Como un pájaro!
Abajo, en la granja, sus primos gorditos lo vieron pasar. Al principio, no lo reconocieron, pero luego escucharon su vocecita chillona gritando: "¡Miren! ¡Soy Risitas! ¡Estoy volando!" Los cerditos gorditos se quedaron boquiabiertos. Nunca habían visto algo así. El hombre del gorro rojo salió corriendo de la gasolinera, apuntando al cielo con su dedo.
Risitas siguió volando hasta que, de repente, sintió que perdía aire. Poco a poco, comenzó a deshincharse. Su cuerpo se hizo más pequeño, y comenzó a descender. Aterrizó suavemente en un campo de margaritas, lejos, muy lejos de su granja.
Estaba magullado, mareado y un poco sucio, pero estaba vivo. Y, lo más importante, había aprendido una lección. Burlarse de los demás no era divertido, y jugar con máquinas peligrosas podía tener consecuencias inesperadas.
Caminó y caminó hasta que encontró un camino de tierra. Siguió el camino hasta que vio una casa pequeña con una chimenea humeante. Una anciana amable lo invitó a entrar, le dio de comer una sopa caliente y lo dejó dormir en su cama suave.
Al día siguiente, la anciana lo llevó de vuelta a su granja. Sus primos gorditos lo recibieron con alegría. Ya no se burló más de ellos. Había aprendido a apreciar a sus amigos y familiares, y entendió que la verdadera felicidad no estaba en presumir, sino en compartir y ayudar a los demás. Y aunque todavía le gustaba jugar, nunca más se acercó a una gasolinera. Prefirió rodar por el barro con sus primos, comiendo manzanas y riendo juntos, sin necesidad de volar a la luna.
Desde ese día, Risitas dejó de ser el cerdito burlón y se convirtió en el cerdito más amable y considerado de toda la granja. Y cada vez que veía un globo, recordaba su aventura y sonreía, recordando que a veces, las experiencias más extrañas son las que nos enseñan las lecciones más importantes.
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