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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una granja soleada y llena de vida, un cerdito llamado Pipón. Pipón era un cerdito muy, pero muy dormilón. Le encantaba dormir más que comer manzanas jugosas o revolcarse en el barro fresco. Podía dormir en cualquier lugar: bajo el árbol más grande, dentro de su casita de paja, ¡e incluso con una mariposa posada en su nariz! Los demás animales de la granja se reían cariñosamente de él, pero Pipón simplemente roncaba más fuerte, ajeno a todo.
Un día, mientras Pipón dormía plácidamente a la sombra de un manzano, apareció una ratita muy curiosa llamada Rosita. Rosita era pequeña, de pelaje gris brillante y unos bigotes que no paraban de moverse. Le gustaba explorar cada rincón de la granja y siempre andaba buscando algo nuevo e interesante.
Al ver al cerdito Pipón durmiendo tan profundamente, Rosita sintió una irresistible curiosidad. Se acercó sigilosamente, moviendo sus bigotes con cautela. Observó la suave respiración de Pipón, sus párpados cerrados y su colita rosada que se movía ligeramente con el viento. De repente, una idea traviesa cruzó por la mente de Rosita. ¡Nunca había mordido la cola de un cerdo antes! Le pareció una aventura emocionante y, bueno, un poco divertida.
Sin pensarlo dos veces, Rosita se acercó a la colita de Pipón y ¡mordisco! No fue un mordisco fuerte, solo un pequeño pellizco juguetón. Pero para Pipón, que estaba profundamente dormido, fue como si un rayo le hubiera caído en la cola.
"¡Aaaayyy!" gritó Pipón, despertando de golpe. Saltó como si tuviera resortes en las patas y miró a su alrededor con los ojos muy abiertos, buscando al culpable de semejante ataque. Vio a Rosita, la ratita, parada a unos pocos metros de él, con una expresión entre asustada y divertida en su carita.
"¡Tú! ¡Fuiste tú!" exclamó Pipón, señalando a Rosita con su hocico tembloroso. Rosita, al ver la furia en los ojos del cerdito, salió corriendo a toda velocidad, con Pipón pisándole los talones.
La persecución fue intensa. Pipón, a pesar de ser un cerdito dormilón, era bastante rápido cuando se lo proponía. Corrió tras Rosita alrededor del corral, entre las gallinas cacareantes y los patos graznando, quienes observaban la escena con gran curiosidad.
Rosita, ágil y escurridiza, se metía entre las patas de las vacas, saltaba sobre los montones de heno y se escondía detrás de los barriles de agua. Pipón, resoplando y gruñendo, la seguía de cerca, dispuesto a darle a la ratita una buena lección.
Finalmente, después de una larga y agotadora persecución, Rosita se refugió en su madriguera, un pequeño agujero debajo del granero. Pipón, cansado y sin aliento, se detuvo frente a la entrada, incapaz de alcanzarla.
"¡No te saldrás con la tuya, Rosita!" gritó Pipón, con la voz entrecortada. "¡Nunca más volveré a dormir cerca de ti!"
Rosita, desde el interior de su madriguera, sintió un poco de remordimiento. No había querido hacerle daño a Pipón, solo jugarle una pequeña broma. Pero ahora veía que su travesura había tenido consecuencias.
Desde ese día, Pipón dejó de ser tan dormilón. Aprendió una valiosa lección: dormir demasiado podía traerle sorpresas desagradables. Ahora, se mantenía alerta y observaba su entorno con atención. Seguía disfrutando de sus siestas, pero ya no dormía tan profundamente ni por tanto tiempo.
Rosita, por su parte, también aprendió una lección. Se dio cuenta de que las bromas pueden tener consecuencias y que es importante pensar antes de actuar. Aunque seguía siendo una ratita traviesa, se esforzaba por ser más considerada con los demás animales de la granja.
Con el tiempo, Pipón y Rosita se hicieron amigos. Pipón nunca olvidó la mordida en la cola, pero aprendió a reírse de la situación. Y Rosita, para compensar su travesura, siempre le traía a Pipón las manzanas más jugosas que encontraba en la granja.
Y así, el cerdito dormilón y la ratita traviesa vivieron felices en la granja, aprendiendo juntos el valor de la amistad y la importancia de ser considerados con los demás. Pipón, aunque ya no dormía tanto, siempre recordaba la mordida en la cola con una sonrisa, porque gracias a ella, había descubierto que la vida era mucho más divertida cuando estaba despierto y alerta. Y Rosita, aunque seguía siendo un poco traviesa, aprendió que la amistad era mucho más valiosa que cualquier broma. Fin.
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