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Gratis · elegí una vozDespués de mucho, mucho tiempo, ¡por fin había llovido! El sol se había escondido detrás de las nubes grises, y un aguacero torrencial había empapado la tierra sedienta. Y, ¡miren!, un gran charco había brotado de la nada, brillando bajo la luz tenue como un espejo mágico.
Un sapo grande, con cara seria y de pocos amigos, descubrió el charco. Era un sapo viejo y cascarrabias, al que no le gustaba compartir nada con nadie. Se acomodó en el borde del charco, hundiendo sus patas gordas en el barro fresco, y bostezó. "¡Perfecto! Un lugar ideal para una siesta tranquila", pensó el sapo, cerrando sus ojos pesados.
Pero la tranquilidad del sapo no duraría mucho. Precisamente en ese momento, pasaba por el lugar una pata con cinco hermosos patitos. Eran pequeños y amarillos, con picos naranjas brillantes y patitas que se movían a toda velocidad. Los patitos, cansados y sedientos después de una larga caminata, vieron el charco y sus ojitos se iluminaron.
"¡Mamá, mamá! ¡Mira, un charco! ¡Tenemos mucha sed!" exclamó el patito más pequeño, agitando sus alitas con entusiasmo.
Mamá Pata, al ver el charco, sonrió aliviada. "¡Qué suerte! Vamos a beber un poco de agua", dijo, guiando a sus patitos hacia el charco brillante.
Pero antes de que pudieran acercarse siquiera, una voz ronca y fuerte los detuvo en seco. "¡Un momento!" gritó el sapo, abriendo un ojo y mirándolos con furia. "¡Este es mi charco! ¡Largo de aquí!"
Mamá Pata se sorprendió. Nunca había visto un sapo tan malhumorado. "Solo íbamos a tomar un poquito de agua", explicó amablemente. "Los patitos están muy sedientos".
"¡No podéis! ¡Ya os he dicho que este es mi charco! ¡No quiero a nadie cerca!" insistió el sapo, hinchando su pecho y mostrando sus dientes amarillentos.
"Pero es que el lago queda un poco lejos, y mis cinco patitos tienen mucha sed", volvió a explicar Mamá Pata, tratando de razonar con el sapo egoísta. "Por favor, solo un poquito".
"¡Baaaaasta!" gruñó el sapo, cada vez más irritado. Abrió la boca tan, tan grande, que los cinco patitos se asustaron muchísimo y se pusieron a llorar a lágrima viva. Sus pequeños cuerpecitos temblaban de miedo.
Mamá Pata se enfadó mucho al ver a sus patitos llorar. "¡Sapo egoísta!" exclamó, con la voz temblorosa de indignación. "¡Algún día te arrepentirás de ser tan malo!" Y, sin decir una palabra más, dio media vuelta y continuó su camino, con sus cinco patitos siguiéndola, sollozando desconsoladamente.
El sapo, satisfecho de haber ahuyentado a la pata y sus crías, volvió a cerrar los ojos y se dispuso a dormir su siesta. Pero, extrañamente, ya no se sentía tan a gusto. Un pequeño remordimiento comenzó a picarle en el corazón.
Pasaron las horas, y el sol comenzó a ponerse. El charco, que antes brillaba, ahora se oscurecía con la llegada de la noche. El sapo, que no había podido dormir bien por el remordimiento, escuchó un débil llanto proveniente de la distancia. Era el llanto de los patitos.
El sapo, sintiéndose cada vez peor, decidió acercarse para ver qué ocurría. Caminó lentamente, con la cabeza gacha, hasta que vio a Mamá Pata y sus cinco patitos acurrucados bajo un árbol, temblando de frío y sed.
Mamá Pata, al ver al sapo, lo miró con tristeza. "No hemos encontrado agua en ningún sitio", dijo. "Mis patitos están muy débiles".
El sapo, avergonzado, bajó aún más la cabeza. "Lo siento", murmuró. "Fui muy egoísta. El charco no es solo mío. Todos pueden beber de él".
Mamá Pata lo miró con incredulidad. "¿De verdad lo dices?"
El sapo asintió con la cabeza. "Sí. Por favor, venid. Bebed todo lo que queráis".
Mamá Pata y sus patitos, felices y aliviados, corrieron hacia el charco y bebieron agua fresca hasta saciarse. Los patitos, después de beber, se acercaron al sapo y le agradecieron con pequeños piídos.
El sapo, sintiendo una alegría que nunca antes había experimentado, sonrió por primera vez en mucho tiempo. Se dio cuenta de que compartir y ser amable era mucho más gratificante que ser egoísta y gruñón.
Desde ese día, el sapo dejó de ser egoísta. Compartió su charco con todos los animales del bosque, y se convirtió en un amigo querido por todos. Y la pata y sus patitos, siempre agradecidos, lo visitaban a menudo para charlar y jugar a la orilla del charco. El charco gruñón se había convertido en el charco de la amistad.
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