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Gratis · elegí una vozLa abuelita Elena vivía en una casita pintada de colores alegres, pero últimamente, se sentía un poquito triste. Sus hijos y nietos vivían lejos, y aunque la llamaban de vez en cuando, ella anhelaba sus visitas, sus risas y sus abrazos. Se sentía un poco sola. Un día, mirando su ovillo de lana color café claro, tuvo una idea brillante. "Voy a tejer un amigo," se dijo a sí misma.
Así que, con sus agujas de tejer, empezó a dar forma a un pequeño chihuahueño. Le tejió orejas puntiagudas, una colita que se movía (bueno, casi), y unos ojitos de botón negros que parecían llenos de picardía. Día tras día, la abuelita Elena tejía con amor y paciencia. Le puso especial cuidado a la lengüita rosada de fieltro, imaginando cómo sería que la lamiera un perrito de verdad.
Finalmente, el chihuahueño de lana estuvo terminado. Era pequeño, suave y adorable. La abuelita Elena lo colocó en una cestita junto a su sillón, y suspiró. "Ojalá fueras real," murmuró.
Esa noche, mientras la abuelita Elena dormía profundamente, algo mágico sucedió. El pequeño chihuahueño de lana abrió sus ojitos de botón. ¡Estaba vivo! Su pequeña cola de lana se movió ligeramente. Con cautela, saltó de la cestita y se acercó a la abuelita. Lentamente, lamió su mano con su pequeña lengua rosada de fieltro.
La abuelita Elena se despertó sobresaltada. Miró al pequeño chihuahueño, incrédula. "¡No puede ser!" exclamó, con los ojos llenos de lágrimas de alegría. Lo abrazó con fuerza, sintiendo la suavidad de la lana contra su piel. "¡Eres real! ¡Eres mi pequeño amigo!"
Al día siguiente, la abuelita Elena y el chihuahueño de lana, al que llamó "Chispitas," jugaron en el jardín. Chispitas perseguía mariposas (aunque, al ser de lana, no era muy rápido), y la abuelita Elena le lanzaba una pequeña pelota de estambre. Lo consentía con caricias suaves y le contaba historias de su juventud. Los días pasaban felices, llenos de risas y juegos.
Pero Chispitas era un perrito muy observador. Notaba que, aunque la abuelita Elena lo quería mucho y disfrutaba de su compañía, a veces tenía un aire triste. Sabía que extrañaba a sus nietos. Una noche, mientras la abuelita Elena dormía, Chispitas tomó una decisión valiente.
Con mucho cuidado, salió por la ventana. Era pequeño, pero su corazón era grande y su determinación aún mayor. Miró hacia el cielo estrellado y supo en qué dirección quedaba la casa de los nietos de la abuelita Elena. Saltó sobre una nube esponjosa y comenzó su largo viaje.
El viaje fue largo y lleno de aventuras. Chispitas jugó con las estrellas, saludó a la luna y esquivó las gotas de lluvia. Finalmente, llegó a la casa de los nietos. Entró sigilosamente por una ventana que estaba entreabierta y se dirigió a la habitación de los niños.
Los nietos, Sofía y Mateo, dormían plácidamente. Chispitas saltó a la cama de Sofía y comenzó a lamerle la mano con su pequeña lengua de fieltro. Sofía se despertó, sorprendida, y vio al pequeño perrito de lana. Al principio, no entendía nada, pero Chispitas empezó a dar pequeños saltitos y a mover la cola, invitándola a jugar.
Mateo también se despertó y, al ver al pequeño chihuahueño, se unió a la diversión. Chispitas les enseñó trucos (los pocos que sabía, que eran básicamente dar vueltas sobre sí mismo), y los niños reían a carcajadas.
Finalmente, cuando los niños estaban completamente despiertos y llenos de energía, Chispitas se sentó frente a ellos y les lamió las manos, mirándolos con sus ojitos de botón llenos de cariño. Los niños entendieron el mensaje. Chispitas quería que visitaran a su abuelita.
"¡Tenemos que ir a ver a la abuela!" exclamó Sofía, emocionada.
"¡Sí, vamos! ¡La extrañamos mucho!" añadió Mateo.
Los niños corrieron a despertar a sus padres y les contaron sobre el pequeño chihuahueño de lana que había llegado a su casa. Al principio, los padres no lo podían creer, pero al ver la emoción en los ojos de sus hijos, no pudieron resistirse.
"Está bien," dijo la mamá, sonriendo. "Iremos a visitar a la abuela mañana mismo."
Al día siguiente, la abuelita Elena estaba sentada en su sillón, tejiendo una bufanda para Chispitas, cuando escuchó un coche detenerse frente a su casa. Miró por la ventana y su corazón dio un vuelco. ¡Eran sus hijos y sus nietos!
Corrió a la puerta y los abrazó con fuerza. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero esta vez eran lágrimas de felicidad. Chispitas, desde el jardín, ladraba (bueno, hacía un sonido parecido a un ladrido) de alegría.
La casa de la abuelita Elena volvió a estar llena de risas, juegos y amor. Y todo gracias a un pequeño chihuahueño de lana y un corazón de abuela que nunca dejó de amar.
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