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Gratis · elegí una vozDurante mis prácticas en la escuela técnica, mi corazón se encogía un poquito cada vez que veía a Luciana. Luciana era una niña muy dulce, pero tenía hemiparesia derecha, lo que hacía que caminar fuera un poco más difícil para ella. En los recreos, mientras todos corrían y jugaban en la cancha, Luciana se quedaba sola, apoyada en una esquina del patio. Los demás chicos jugaban al fútbol, saltaban a la cuerda o salían corriendo a comprar dulces al frente del colegio. A Luciana, nunca la invitaban a unirse.
Un día, me animé a preguntarles a sus compañeros por qué Luciana siempre estaba sola. “Es que no puede correr tan rápido como nosotros”, me dijo uno de ellos. “Se cansa muy pronto”, añadió otro. No había maldad en sus palabras, ni se burlaban de ella, pero sí había una especie de exclusión disfrazada de cuidado. Era como si pensaran que, por protegerla del cansancio, lo mejor era dejarla sola. Me pareció muy curioso que nadie cuestionara que todos los juegos y actividades de recreo tuvieran que ser tan rápidos y agitados.
Pensé mucho en Luciana y en cómo hacer para que ella también pudiera disfrutar del recreo como los demás. Entonces, ¡tuve una idea! Propuse crear un espacio especial durante el descanso, un lugar tranquilo donde pudiéramos jugar juegos de mesa, contar historias y divertirnos juntos, sin necesidad de correr ni saltar. Lo llamé “el círculo lento”.
Al principio, solo tres estudiantes se acercaron al círculo. Jugamos dominó, que era muy divertido porque teníamos que pensar muy bien dónde colocar cada ficha. También jugamos a las cartas, inventando reglas nuevas y riéndonos mucho cuando alguien hacía trampa (¡pero trampa buena!). Y lo mejor de todo era que contábamos historias juntos. Cada uno añadía una frase a la historia, y así creábamos aventuras increíbles con personajes muy graciosos.
La segunda semana, el círculo lento creció un poquito más. Vinieron cinco estudiantes nuevos, atraídos por las risas y la curiosidad. Jugamos a un juego de roles donde cada uno era un personaje diferente: un pirata, una princesa, un astronauta, ¡lo que se nos ocurriera! Imaginábamos mundos fantásticos y nos divertíamos un montón.
Pero la tercera semana… ¡la tercera semana fue increíble! Más de quince estudiantes se unieron al círculo lento. ¡Quince! Entre ellos, estaba Luciana. Sus ojos brillaban de emoción. Se sentó en una silla, rodeada de amigos, y empezó a jugar con nosotros. La vi reír por primera vez en mucho tiempo, una risa contagiosa que llenó el círculo de alegría.
Luciana era muy buena jugando al dominó, y tenía ideas geniales para las historias que inventábamos. Todos la escuchaban con atención y la animaban a participar. Ya no estaba sola en la esquina del patio. Ahora, formaba parte de un grupo, un grupo donde la lentitud no era un problema, sino una oportunidad para disfrutar de la compañía de los demás.
Lo más sorprendente de todo fue que la idea del círculo lento empezó a extenderse por toda la escuela. Otros estudiantes, viendo lo bien que lo pasábamos, comenzaron a organizar sus propios círculos lentos durante otros horarios de recreo. En un círculo jugaban ajedrez, en otro leían cuentos, y en otro simplemente conversaban y se reían juntos.
La escuela había cambiado por completo. Ya no había una esquina para algunos y una cancha para otros. Ahora, había múltiples formas de disfrutar del recreo, múltiples espacios donde todos podían sentirse incluidos y bienvenidos. La escuela había descubierto que la lentitud también podía ser divertida, y que la verdadera amistad no depende de la velocidad, sino del cariño y el respeto.
Luciana ya no se quedaba sola en la esquina. Ahora, tenía muchos amigos, y participaba en todas las actividades que le gustaban. El círculo lento le había dado la oportunidad de mostrar su talento, su alegría y su gran corazón. Y a mí, me había enseñado que a veces, las ideas más sencillas pueden cambiar el mundo, un recreo a la vez. Aprendí que la inclusión no se trata de obligar a todos a hacer lo mismo, sino de crear espacios donde cada uno pueda ser feliz a su manera. Y que, a veces, lo más lento es lo que nos permite disfrutar mejor de la vida.
Desde ese día, cada vez que veo a un niño solo en el recreo, me acuerdo de Luciana y del círculo lento. Y sé que siempre hay algo que podemos hacer para crear un mundo más inclusivo y divertido para todos.
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