Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMateo era un niño curioso, con la cabeza llena de planetas y el corazón latiendo al ritmo de las estrellas. Soñaba con Marte, el planeta rojo, y pasaba horas mirando las fotos que encontraba en libros y en internet. Pero mirar no era suficiente. Mateo quería *ir* a Marte.
Un día, Mateo tuvo una idea brillante. "¡Voy a construir mi propia nave espacial!", exclamó, saltando de alegría. Corrió al garaje, donde su papá guardaba cajas de cartón de todos los tamaños. ¡Perfecto! Este sería el material para su increíble aventura.
Con la ayuda de su perro salchicha, Otto, que parecía entender cada palabra que decía (o al menos disfrutaba de la emoción), Mateo empezó su proyecto. Primero, seleccionó la caja más grande para el cuerpo de la nave. Luego, con tijeras y pegamento, empezó a añadirle detalles: ventanas redondas hechas con platos de plástico transparente, alerones recortados de cartón más fino y una antena parabólica hecha con un colador viejo. Otto, con su largo cuerpo, vigilaba todo desde abajo, moviendo la cola con entusiasmo.
Durante días, Mateo trabajó sin descanso. Pintó la nave de un rojo brillante, como Marte, y le añadió rayas plateadas y amarillas. Escribió el nombre de su nave en letras grandes y llamativas: "¡El Marciano Veloz!". También dibujó un logo: un perro salchicha con un casco espacial, ondeando una bandera marciana.
Cuando la nave estuvo terminada, Mateo la llenó con todo lo necesario para su viaje: una linterna potente (para explorar cuevas marcianas, por supuesto), un mapa del sistema solar (aunque ya se lo sabía de memoria), un bote de galletas (para el hambre, claro) y el juguete de cuerda favorito de Otto (para que no se aburriera durante el viaje).
Finalmente, llegó el gran día. Mateo se puso su traje espacial (un pijama blanco con una caja de cartón en la cabeza) y subió a "El Marciano Veloz". Otto, con su juguete en la boca, se acomodó a sus pies. "¡Preparados para el despegue!", gritó Mateo, apretando todos los botones que había dibujado en el panel de control (también de cartón).
Mateo cerró los ojos y empezó a imaginar. Sintió el rugido de los motores, el temblor de la nave y la fuerza que lo empujaba contra el asiento. Vio la Tierra alejándose, cada vez más pequeña, hasta convertirse en un punto azul en la inmensidad del espacio. Vio las estrellas brillar como diamantes y sintió la emoción de ser un verdadero astronauta.
Después de un rato, Mateo abrió los ojos. Seguía en el garaje, en "El Marciano Veloz", con Otto roncando suavemente a sus pies. No había viajado realmente a Marte, pero en su imaginación, había vivido una aventura increíble.
De repente, escuchó la voz de su mamá. "Mateo, cariño, ¿qué estás haciendo? ¡La cena está lista!".
Mateo sonrió. Aunque no había llegado a Marte, la aventura no había terminado. Bajó de la nave, con Otto siguiéndole de cerca, y corrió a la cocina. Mientras comía, le contó a su mamá todo sobre su viaje espacial, describiendo los paisajes marcianos y las criaturas extrañas que había encontrado.
Su mamá lo escuchó con atención, con una sonrisa en los labios. Sabía que Mateo tenía una imaginación maravillosa y que, aunque no viajara a Marte en una nave de cartón, sí lo haría en sus sueños.
Después de la cena, Mateo volvió al garaje y miró "El Marciano Veloz". Sabía que aún le quedaban muchos viajes por hacer, muchas aventuras por vivir. Y con la ayuda de su imaginación, y la compañía de su fiel amigo Otto, sabía que llegaría a cualquier parte, incluso a Marte.
Antes de acostarse, Mateo sacó su libro de astronomía y buscó información sobre Marte. Aprendió sobre los volcanes gigantes, los cañones profundos y la fina atmósfera del planeta rojo. Cerró el libro, cerró los ojos y se durmió, soñando con el día en que realmente podría pisar la superficie de Marte.
Sabía que el camino sería largo y difícil, pero con la misma determinación que había puesto en construir "El Marciano Veloz", estaba seguro de que algún día, su sueño se haría realidad. Y quizás, Otto iría con él.
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