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Gratis · elegí una vozLa duquesa Doña Pomposa, con un nombre tan inflado como su ego, se pavoneaba por las calles de Castilla. Su collar de plata, ¡ay, su collar!, era la envidia de todas las damas empolvadas y los caballeros con pelucas ladeadas. No era gran cosa, en realidad. Unos cuantos eslabones delgados, un brillo apagado, pero... ¡plata! En Castilla, la plata era como el agua en el desierto: escasa, preciosa y motivo de codicia. Doña Pomposa, con su andar afectado, dejaba a su paso un rastro de suspiros envidiosos y comentarios mordaces que ella, por supuesto, ignoraba olímpicamente. Pensaba, con aire de superioridad, que su collar la hacía más importante que el mismísimo Rey.
Mientras tanto, al otro lado del charco, en un lugar llamado Nuevo Mundo (que, por cierto, ya estaba bastante viejo para los que vivían allí), un perro callejero, al que llamaban Peluso (irónicamente, porque era más bien lampiño), disfrutaba de un baño en un río tan dulce que parecía hecho de miel. Peluso era un perro feliz, despreocupado y con un gusto peculiar por los adornos. En lugar de un collar de plata, Peluso lucía una enorme pepita de oro, ¡del tamaño de un huevo de gallina!, colgando de su hocico. La había encontrado a la orilla del río y, como le pareció brillante y divertida, la usaba para rascarse la barbilla. El oro, en el Nuevo Mundo, era tan común como las piedras. Los pájaros lo picoteaban, los niños jugaban con él y los adultos... bueno, a los adultos del Nuevo Mundo les preocupaban cosas más importantes, como encontrar la mejor sombra para una siesta o pescar el pez más gordo para la cena.
La duquesa Doña Pomposa, ajena a la existencia de Peluso y a la abundancia de oro, seguía presumiendo su collar. “¿Ven? ¡Plata auténtica!”, exclamaba, con la nariz respingada. “Un símbolo de mi linaje y mi buen gusto”. Los nobles a su alrededor asentían con la cabeza, babeando disimuladamente. Todos querían un pedacito de ese metal escaso, aunque fuera para fundirlo y hacerse un dedal.
Un día, llegó a Castilla un barco cargado de noticias del Nuevo Mundo. Los marineros, borrachos y locuaces, contaron historias de ríos llenos de oro, de montañas de plata (aunque de eso no les importaba mucho a los castellanos, ya tenían su cuota de plata escasa), y de perros que usaban pepitas de oro como juguetes. La noticia llegó a oídos de Doña Pomposa, quien casi se atraganta con su pastel de almendras. “¿Oro? ¿Perros con oro?”, gritó, escandalizada. “¡Es una blasfemia! ¡Una afrenta a la nobleza!”.
Doña Pomposa, furiosa, decidió embarcarse hacia el Nuevo Mundo. No iba a permitir que un perro callejero se pavoneara con más riqueza que ella. Llevó consigo su preciado collar de plata, pensando que sería la joya más valiosa de todo el continente. ¡Qué equivocada estaba!
Al llegar al Nuevo Mundo, Doña Pomposa se encontró con un panorama desolador para sus expectativas. Nadie le prestaba atención a su collar de plata. La gente estaba más interesada en encontrar frutas exóticas, dormir la siesta bajo la sombra de un árbol gigante o, simplemente, disfrutar de la vida sin preocuparse por el brillo de los metales. Doña Pomposa, con su vestido pomposo y su andar afectado, parecía un pavo real perdido en un gallinero.
Finalmente, encontró a Peluso, el perro con la pepita de oro. Peluso estaba durmiendo plácidamente a la orilla del río, con la pepita colgando de su hocico. Doña Pomposa, con la voz temblorosa de indignación, le gritó: “¡Perro insolente! ¿Cómo te atreves a usar oro como si fuera una baratija? ¡Ese oro me pertenece!”.
Peluso, sobresaltado, se despertó y miró a Doña Pomposa con curiosidad. Lamió la pepita de oro y luego, con un gesto de indiferencia, la escupió a los pies de la duquesa. “Tómala”, dijo Peluso con un ladrido suave. “Hay muchas más por ahí. A mí me da comezón en la nariz”.
Doña Pomposa se quedó boquiabierta. Recogió la pepita de oro, que pesaba más que su collar de plata, y la observó con incredulidad. Se dio cuenta, por fin, de lo ridícula que había sido al darle tanta importancia a un pedazo de metal escaso. El verdadero tesoro no estaba en la riqueza material, sino en la libertad, la alegría y la capacidad de disfrutar de las cosas sencillas.
Doña Pomposa regresó a Castilla, no con más oro, sino con una nueva perspectiva. Dejó de presumir su collar de plata y empezó a valorar las cosas que realmente importaban: la amistad, la naturaleza y un buen pastel de almendras. Y Peluso, en el Nuevo Mundo, siguió durmiendo plácidamente a la orilla del río, sin importarle un bledo el brillo del oro ni las pretensiones de las duquesas empolvadas. Fin.
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