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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblo lleno de casitas de colores y árboles frutales, dos niños llamados Mateo y Sofía. Ambos vivían en la misma calle, iban a la misma escuela y hasta tenían el mismo columpio en el parque. Pero, aunque compartían tanto, ¡veían el mundo de maneras muy diferentes!
Un lunes por la mañana, Mateo se despertó con el sonido de la lluvia golpeando su ventana. "¡Oh, no!", pensó Mateo. "¡No podré jugar al fútbol con mis amigos! ¡Qué día tan aburrido!". Mateo se levantó de la cama arrastrando los pies, con una nube gris sobre su cabeza. El desayuno no le supo a nada y el camino a la escuela le pareció interminable. En clase, el profesor anunció un examen sorpresa de matemáticas. "¡Justo lo que me faltaba!", murmuró Mateo. "Nunca voy a aprobar este examen. Soy un desastre en matemáticas". Durante el recreo, Mateo vio a sus amigos jugando bajo el techado del patio. Se sintió excluido y triste. "Nadie quiere jugar conmigo cuando llueve", pensó.
Mientras tanto, al otro lado de la calle, Sofía también se despertó con el sonido de la lluvia. "¡Qué bien!", exclamó Sofía. "¡Hoy puedo leer mi libro favorito junto a la ventana y escuchar la lluvia! ¡Qué día tan acogedor!". Sofía se levantó de la cama con una sonrisa y desayunó con entusiasmo. El camino a la escuela le pareció una aventura bajo el paraguas. Cuando el profesor anunció el examen sorpresa de matemáticas, Sofía pensó: "¡Un reto! Voy a repasar todo lo que sé y dar lo mejor de mí. Si no me sale bien, aprenderé de mis errores". Durante el recreo, Sofía se unió a sus amigos bajo el techado del patio y propuso un juego de adivinanzas. Todos se divirtieron mucho.
Por la tarde, Mateo llegó a casa frustrado. Había suspendido el examen de matemáticas y, además, se había peleado con su mejor amigo. "¡Hoy es el peor día de mi vida!", gritó Mateo, tirando su mochila al suelo. Se encerró en su habitación y se negó a hablar con nadie.
Sofía, por otro lado, llegó a casa con una sonrisa, aunque tampoco le había ido perfecto en el examen. "No saqué la mejor nota, pero aprendí mucho", pensó Sofía. "Además, ¡ya sé en qué necesito practicar más!". Sofía ayudó a su mamá a preparar la cena, leyó un cuento a su hermano pequeño y luego se sentó a pintar con acuarelas.
Al día siguiente, Mateo se despertó sintiéndose aún peor. La nube gris seguía sobre su cabeza. "Seguro que hoy también va a ser un desastre", pensó. Pero, al bajar a desayunar, su mamá le preparó su plato favorito: ¡panqueques con fresas! Mateo sonrió tímidamente. Tal vez, pensó, el día no sería tan malo después de todo.
Ese mismo día, Sofía se despertó con el sol brillando a través de su ventana. "¡Qué día tan maravilloso!", exclamó. Bajó a desayunar con una sonrisa radiante y abrazó a su mamá. En la escuela, Mateo y Sofía coincidieron en el columpio del parque. Mateo estaba sentado, con la cabeza gacha. Sofía se acercó y le preguntó: "¿Estás bien, Mateo?".
Mateo negó con la cabeza. "Hoy es otro día horrible", dijo. "No entiendo las matemáticas, me peleo con mis amigos y siempre me pasan cosas malas".
Sofía se sentó a su lado en el columpio. "Yo también tuve un día difícil ayer", dijo Sofía. "Pero aprendí que las cosas pueden mejorar si cambiamos nuestra forma de pensar. En lugar de enfocarnos en lo malo, podemos buscar lo bueno. Y si algo no sale bien, podemos aprender de ello y seguir adelante".
Mateo miró a Sofía con curiosidad. "¿En serio crees eso?", preguntó.
"¡Claro que sí!", respondió Sofía. "Mira, el sol está brillando, los pájaros están cantando y tenemos este maravilloso columpio para nosotros. ¿No crees que eso es algo bueno?".
Mateo miró a su alrededor y sonrió tímidamente. "Supongo que sí", dijo.
Sofía le extendió la mano. "¿Quieres que te ayude con las matemáticas? Podemos estudiar juntos".
Mateo asintió con entusiasmo. "¡Sí, por favor!", dijo. Juntos, Mateo y Sofía se columpiaron en el parque, compartiendo risas y aprendiendo a ver el mundo con una perspectiva más positiva. Mateo aprendió que, aunque a veces las cosas sean difíciles, siempre hay algo bueno que buscar. Y Sofía aprendió que compartir su optimismo podía ayudar a los demás a encontrar su propia luz.
Desde ese día, Mateo y Sofía siguieron siendo amigos. Aprendieron a columpiarse juntos entre las emociones, entendiendo que tanto los pensamientos positivos como los negativos forman parte de la vida, pero que siempre podemos elegir en qué columpio nos queremos sentar.
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