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Hola, me llamo Mateo y tengo un secreto que no mucha gente conoce: mi corazón no late, baila. Desde que tengo memoria, cualquier sonido se convierte en un ritmo en mi cabeza. El goteo de una canilla es un metrónomo, el motor del autobús es un bajo profundo y el viento entre los árboles es el susurro de una melodía suave. Sin embargo, una cosa es bailar en la soledad de mi habitación frente al espejo y otra muy distinta es hacerlo frente a toda la escuela.
Todo empezó un martes por la mañana cuando la profesora Martínez entró al salón con una sonrisa que solo podía significar una cosa: proyectos especiales. «Este año», anunció con entusiasmo, «nuestra escuela celebrará el Festival de las Artes con un baile grupal inspirado en la alegría de la amistad». Mis manos empezaron a sudar de inmediato. Me encantaba bailar, pero la idea de que cientos de ojos me observaran me ponía los pelos de punta.
Para el proyecto, nos asignaron parejas. Me tocó con Sofía, una niña que siempre llevaba trenzas perfectas y que parecía no tenerle miedo a nada. «Vamos a ser los mejores, Mateo», me dijo con determinación. Yo solo pude asentir, esperando que mis piernas no se convirtieran en gelatina en ese mismo instante. Pasamos las siguientes tres semanas ensayando en el gimnasio después de clase. Al principio, yo estaba rígido como un tronco. Mis movimientos eran torpes y siempre terminaba pisando los zapatos nuevos de Sofía.

—Relájate, Mateo —me decía ella con paciencia—. No pienses en los pasos, siente la música. Es como si el suelo fuera parte de ti.
Poco a poco, empecé a soltarme. Dejamos de practicar solo los pasos obligatorios y empezamos a añadirle nuestro propio estilo. Un giro por aquí, un salto por allá. La música era una mezcla de ritmos modernos con un toque de folklore, algo que te obligaba a mover los hombros sin darte cuenta. En el gimnasio, entre el olor a cera de piso y el eco de nuestras risas, el baile se sentía como un juego. Pero el día de la presentación finalmente llegó y los nervios regresaron con más fuerza que nunca.
El auditorio estaba lleno. Podía escuchar el murmullo de los padres, los gritos de los niños más pequeños y el sonido de las cámaras siendo probadas. Detrás de las pesadas cortinas rojas, mi grupo esperaba su turno. Llevábamos trajes de colores vibrantes: camisas azul eléctrico y pantalones blancos. Sentía que mi pecho iba a estallar. Sofía se acercó y me tomó de la mano.

—¿Recuerdas lo que dijimos? —susurró—. Solo somos tú, yo y la música. El resto no existe.
Las luces se apagaron y el silencio inundó la sala. Se abrió el telón y un foco brillante nos cegó por un momento. Empezaron a sonar los primeros acordes de la guitarra. Mis pies se movieron por instinto. Al principio, mis movimientos eran cautelosos, pero al ver la sonrisa de Sofía y sentir el ritmo vibrando en el escenario de madera, me olvidé de las butacas llenas. Estábamos en la mitad de la coreografía, justo antes del gran giro final, cuando sucedió lo que más temía.
Al intentar un paso deslizado, mi zapato derecho encontró una mancha de agua que alguien había dejado caer. Mi pie salió volando y sentí que perdía el equilibrio. El tiempo pareció detenerse. Podía ver las caras de sorpresa en la primera fila. Pero entonces, recordé lo que siempre hacía en mi habitación: improvisar. En lugar de caerme de bruces, convertí el resbalón en una voltereta lateral, apoyando una mano en el suelo y levantándome con un salto impulsado por la inercia.
Sofía, sin perder un segundo, me siguió el juego y extendió su mano para que yo girara debajo de su brazo. El público soltó un «¡Ah!» de asombro, pensando que todo era parte del espectáculo. Terminamos la rutina con una pose triunfal, jadeando y con el corazón a mil por hora. Hubo un segundo de silencio absoluto antes de que el auditorio estallara en aplausos y vítores.
Al bajar del escenario, mis compañeros nos rodearon. «¡Ese truco del suelo fue increíble!», decían todos. Yo miré a Sofía y ella me guiñó un ojo. No les dije que fue un accidente; a veces, los mejores momentos de la vida son aquellos que no planeamos. Esa noche comprendí que bailar no se trata de no cometer errores, sino de lo que haces con ellos. Mi corazón sigue bailando, pero ahora ya no le importa si alguien lo está mirando.
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