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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, un conejo blanco que vivía en la pradera, un lugar mágico donde el pasto siempre estaba verde y su campo lleno de bellas flores de todos los colores imaginables. Su hogar era una pequeña choza acogedora, construida con ramas y hojas suaves, perfecta para descansar después de un largo día de aventuras. Un día soleado, el conejo blanco salió de su choza, estirándose y bostezando con alegría. Quería observar y explorar las hermosas flores del campo, cada una más deslumbrante que la anterior. Las mariposas revoloteaban a su alrededor, y el aire olía dulce a néctar y tierra húmeda.
Mientras saltaba entre las margaritas y los tulipanes, de repente escuchó un ruido misterioso, "snif, snif, snif". El conejo blanco sintió tanta curiosidad que detuvo su exploración y aguzó el oído. El sonido parecía venir de detrás de un gran arbusto de rosas silvestres. Con el corazón latiendo un poco más rápido, el conejo blanco fue a investigar de dónde provenía aquel lamento. Se movió con cautela, escondiéndose detrás de los tallos de las flores para no ser descubierto.
Finalmente, asomándose con cuidado, el conejo blanco observó de lejos a un zorro naranja que estaba sentado en el suelo, con la cabeza entre las patas, llorando desconsoladamente. Sus lágrimas brillaban como pequeñas gotas de rocío bajo el sol. El conejo blanco sintió lástima por el zorro y, olvidando su miedo, decidió acercarse para ayudar.
Con pequeños saltos silenciosos, se acercó de a poco para no asustarlo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, habló con voz suave y amable. "Zorro, ¿por qué estás llorando?", preguntó el conejo blanco.
El zorro naranja, sorprendido al escuchar la voz del conejo, levantó la cabeza de golpe. Sus ojos estaban rojos e hinchados por las lágrimas. "Snif, snif… es que no sé las partes de mi cuerpo", respondió el zorro con un sollozo. "¡No sé cómo se llaman! ¡Es terrible!"
El conejo blanco, al escuchar la razón del llanto del zorro, sintió aún más compasión. Le regaló una gran sonrisa brillante y le respondió con entusiasmo: "¡No te preocupes, zorro! ¡Yo te ayudaré con una canción! Aprender las partes del cuerpo puede ser divertido si lo hacemos juntos".
Y sin dudarlo, el conejo blanco comenzó a cantar con una voz clara y melodiosa: "Las partes de tu cuerpo, tú debes de aprender, en este bello día yo te enseñaré. Boca, nariz, ojos y orejas son las partes de tu cuerpo que debes saber, manos, brazos y tronco también, piernas y pies son las partes de tu cuerpo que debes saber".
Mientras cantaba, el conejo blanco señalaba cada parte del cuerpo del zorro con su patita. El zorro, con los ojos muy abiertos, escuchaba atentamente y trataba de repetir los nombres. Al principio, le costó un poco, pero con la ayuda del conejo y la pegadiza melodía, pronto comenzó a memorizar cada palabra.
El conejo cantó la canción varias veces, y el zorro la repitió con él, hasta que finalmente pudo recitarla de memoria. Estaba tan emocionado que comenzó a saltar y a dar vueltas de alegría. "¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Sé las partes de mi cuerpo!", exclamó el zorro naranja, con una gran sonrisa que iluminaba su rostro.
El conejo blanco, feliz de haber ayudado al zorro, sintió una gran satisfacción. "¡Lo hiciste muy bien, zorro! Estoy muy orgulloso de ti", le dijo el conejo con una sonrisa aún más grande.
El zorro naranja, profundamente agradecido por la ayuda del conejo blanco, le dio las gracias con un abrazo fuerte y sincero. "¡Muchas gracias, conejo! ¡Nunca olvidaré tu ayuda!", dijo el zorro.
Después de despedirse del conejo blanco, el zorro naranja se fue cantando la canción para jamás olvidar las partes de su cuerpo. Caminaba con paso firme y seguro, orgulloso de sí mismo y de su nuevo conocimiento. El conejo blanco, por su parte, regresó a su choza con el corazón lleno de alegría, sabiendo que había hecho una buena acción. Esa noche, durmió profundamente, soñando con flores, canciones y un zorro naranja que aprendió a quererse a sí mismo.
Desde ese día, el conejo blanco y el zorro naranja se convirtieron en grandes amigos. A menudo se encontraban en la pradera para jugar, cantar canciones y explorar juntos el maravilloso mundo que los rodeaba. Y cada vez que el zorro se sentía un poco inseguro, recordaba la canción del conejo y volvía a sentirse fuerte y confiado. La pradera siguió siendo un lugar mágico y lleno de felicidad, donde la amistad y la bondad florecían como las flores más hermosas.
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