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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un bosque lleno de colores otoñales, un conejito llamado Benito. Era el Día de Muertos, y Benito, emocionado por la celebración, se había alejado demasiado de su madriguera. Estaba maravillado con las flores de cempasúchil que adornaban los altares improvisados por los animales del bosque. El aroma dulce del pan de muerto lo distrajo por completo, y de pronto, ¡se dio cuenta de que estaba perdido!
Benito saltó de un lado a otro, con el corazón latiendo a mil por hora. "¡Mamá! ¡Papá!", gritaba con su vocecita temblorosa, pero solo el viento respondía a su llamado. Las sombras comenzaban a alargarse, anunciando la llegada de la noche. Benito sabía que, con la oscuridad, saldrían espíritus no tan amigables y criaturas traviesas, y tenía mucho miedo.
De repente, una luz suave y cálida iluminó el camino frente a él. Benito, con los ojos entrecerrados, vio una figura transparente, como hecha de pétalos de cempasúchil. Era un espíritu, pero no uno de esos que asustan. Este espíritu tenía una sonrisa amable y ojos brillantes como luciérnagas.
"Hola, pequeño", dijo el espíritu con una voz dulce como la miel. "¿Estás perdido?"
Benito, aún temblando un poco, asintió con la cabeza. "Me llamo Benito y me perdí buscando flores de cempasúchil. ¡Quiero volver con mi familia antes de que anochezca!"
El espíritu sonrió. "No te preocupes, Benito. Yo te ayudaré. Me llamo Cempasúchil, y soy un espíritu guardián de este bosque en el Día de Muertos. Conozco todos los rincones y caminos."
Cempasúchil flotó hacia Benito y le indicó que lo siguiera. El camino se iluminaba con la luz que emanaba del espíritu, haciendo que las sombras del bosque parecieran menos amenazantes. Mientras caminaban, Cempasúchil le contaba historias sobre el Día de Muertos, sobre cómo las familias honran a sus antepasados con ofrendas y altares llenos de comida y flores.
"El cempasúchil", explicó Cempasúchil, "es la flor que guía a las almas de regreso a casa. Su aroma y color brillante les ayudan a encontrar el camino."
Benito escuchaba atentamente, maravillado con cada palabra. De repente, un ruido extraño rompió el silencio. Unas risitas agudas y unos pasos rápidos se escuchaban cerca.
"¡Son los duendes del bosque!", exclamó Benito, asustado. "Dicen que les gusta gastar bromas pesadas a los conejos perdidos."
Cempasúchil sonrió con picardía. "No te preocupes, Benito. Yo me encargaré de ellos." El espíritu extendió sus manos y unas pequeñas flores de cempasúchil aparecieron en el aire, rodeando a Benito como un escudo protector. Las flores emitían un aroma tan dulce que los duendes, al acercarse, se sintieron mareados y comenzaron a reír a carcajadas, olvidándose por completo de gastar bromas.
Continuaron su camino, dejando atrás a los duendes confundidos y risueños. Después de un rato, Cempasúchil se detuvo. "Creo que estamos cerca", dijo el espíritu. "¿Reconoces algo?"
Benito miró a su alrededor. Entre los árboles, vio una pequeña colina con una madriguera al pie. ¡Era su hogar! Con un grito de alegría, Benito corrió hacia la madriguera. Sus padres, al verlo, lo abrazaron con fuerza, aliviados de que estuviera a salvo.
"¡Benito, estábamos tan preocupados! ¿Dónde estabas?", preguntó su madre con lágrimas en los ojos.
Benito les contó su aventura, cómo se había perdido y cómo el espíritu de Cempasúchil lo había ayudado a encontrar el camino a casa. Sus padres, agradecidos, miraron a su alrededor, pero Cempasúchil ya no estaba.
"Debió irse", dijo el padre de Benito, "pero siempre recordaremos su bondad."
Esa noche, la familia de Benito celebró el Día de Muertos con aún más alegría y gratitud. Benito aprendió la importancia de no alejarse de su familia, y también aprendió que, incluso en la oscuridad, siempre hay espíritus buenos dispuestos a ayudar. Y cada año, en el Día de Muertos, Benito dejaba una ofrenda especial de flores de cempasúchil en la entrada de su madriguera, en agradecimiento al espíritu que lo había salvado.
Desde aquel día, Benito nunca más se separó de su familia, y siempre recordó con cariño al espíritu del cempasúchil, el amigo que lo guio de vuelta a casa en la noche más mágica del año.
Fin.
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