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Gratis · elegí una vozEn un valle montañoso, dividido por una guerra que nadie entendía del todo, vivían dos niños. El valle era hermoso, con bosques frondosos y ríos cristalinos, pero el eco de los cañones y el miedo constante nublaban su belleza. Ana, de un lado del valle, tenía ojos color miel y un cabello castaño que le llegaba hasta la cintura. Mateo, del otro lado, tenía ojos azules como el cielo después de la lluvia y una sonrisa que podía derretir la nieve.
Ana vivía en una cabaña pequeña con su abuela. Le encantaba leer cuentos de hadas y soñaba con un mundo sin guerras. Mateo, por su parte, ayudaba a su padre en la granja. Le gustaba cuidar de las palomas mensajeras, que usaban para comunicarse entre las aldeas.
Un invierno particularmente crudo, una nevada torrencial cubrió el valle. La nieve caía sin cesar, borrando fronteras y silenciando los ruidos de la guerra. Ana, aburrida en casa, decidió salir a jugar. Construyó un muñeco de nieve gigante y, sin darse cuenta, se adentró en la tierra de nadie, la franja de tierra entre los dos bandos.
Mientras tanto, Mateo, preocupado por sus palomas que no regresaban a causa de la tormenta, salió a buscarlas. Siguió las huellas en la nieve y, de repente, la vio: una niña, sola, jugando con la nieve. Era Ana.
Al principio, ambos sintieron miedo. Recordaban las historias que les contaban sus familias sobre el "enemigo". Pero la nieve, cayendo suavemente sobre sus rostros, parecía lavar esos prejuicios. Mateo se acercó tímidamente.
"Hola," dijo Mateo, con voz suave.
Ana lo miró con cautela. "Hola," respondió.
La nieve siguió cayendo. Mateo le ofreció a Ana una galleta de jengibre que llevaba en el bolsillo. Ana la aceptó, sonriendo por primera vez. Durante horas, jugaron juntos en la nieve. Construyeron un fuerte, hicieron ángeles de nieve y se contaron historias. Descubrieron que ambos amaban los cuentos de hadas y que soñaban con un mundo en paz.
Mateo le enseñó a Ana a cuidar de las palomas mensajeras. Le explicó cómo las palomas encontraban el camino a casa, incluso en medio de la tormenta. Ana, a su vez, le contó a Mateo historias de princesas y dragones.
Con el tiempo, se hicieron amigos inseparables. Se encontraban en secreto en la tierra de nadie, siempre bajo la atenta mirada de la nieve que borraba las huellas de la guerra. Se llevaban pequeños regalos: una flor silvestre, una piedra brillante, una pluma de paloma.
Un día, Mateo le regaló a Ana una pequeña paloma mensajera blanca como la nieve. "Cuídala bien," le dijo. "Ella te recordará a mí." Ana nombró a la paloma "Esperanza".
Pero la guerra no podía ser olvidada para siempre. Un día soleado, la nieve dejó de caer y los ruidos de la guerra volvieron a resonar con fuerza. Ana y Mateo sabían que sus encuentros secretos serían más difíciles.
Una tarde, mientras Mateo alimentaba a las palomas, un ataque sorpresa sacudió la granja. Las bombas cayeron del cielo, destruyendo todo a su paso. Ana, que estaba esperándolo cerca, vio la explosión a lo lejos. Corrió hacia la granja, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
Encontró a Mateo herido, rodeado de escombros. A su lado, yacía la pequeña paloma Esperanza, ilesa. Mateo la miró con una sonrisa débil.
"Cuida de Esperanza," susurró Mateo. "Recuerda... el copo de nieve..."
Ana tomó su mano, sintiendo el frío de la muerte. Mateo cerró los ojos y expiró. La guerra le había arrebatado a su amigo, a su primer amor.
Ana regresó a su cabaña con el corazón roto. Abrazó a Esperanza con fuerza. La paloma, como si entendiera su dolor, arrulló suavemente. Ana sabía que nunca olvidaría a Mateo, el niño de los ojos azules que le había enseñado que incluso en medio de la guerra, el amor y la esperanza podían florecer, como un pequeño copo de nieve en la palma de la mano.
A partir de ese día, Ana se dedicó a cuidar de Esperanza. La paloma se convirtió en su mensajera de paz, volando entre las aldeas, llevando mensajes de esperanza y reconciliación. Y aunque la guerra tardó en terminar, el recuerdo de Mateo y el copo de nieve siempre inspiraron a Ana a creer en un futuro mejor.
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