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Gratis · elegí una vozHabía una vez una chica llamada Ana a quien siempre le gustaba ir al parque. El parque era su lugar favorito en el mundo. Le encantaba el olor de la hierba recién cortada, el sonido de los pájaros cantando y la sensación del sol en su cara. Cada tarde, después de terminar sus tareas, corría al parque con su libro de cuentos y su mochila llena de colores.
Una tarde, mientras se balanceaba en su columpio favorito, vio a un chico muy guapo sentado bajo el gran roble. Tenía el pelo castaño claro, ojos azules brillantes y una sonrisa que podría iluminar toda la ciudad. Ana sintió que su corazón daba un vuelco. Nunca antes había visto a nadie tan apuesto. Se sonrojó y rápidamente desvió la mirada, fingiendo estar muy interesada en su libro.
Pero no podía evitar echarle miradas furtivas al chico. Él estaba dibujando algo en un cuaderno, y parecía muy concentrado. Ana se preguntaba qué estaría dibujando. ¿Sería un paisaje? ¿Un retrato? ¿O tal vez… un dibujo de ella? (Aunque eso parecía poco probable).
Finalmente, el chico levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Ana. Él le sonrió, y Ana sintió que sus mejillas se calentaban aún más. ¡Él le había sonreído! Con el corazón latiendo a mil por hora, Ana le devolvió la sonrisa tímidamente.
El chico se levantó y se acercó a ella. "Hola", dijo con una voz suave. "Me llamo Mateo. ¿Vienes mucho a este parque?"
Ana, un poco nerviosa, respondió: "Sí, me llamo Ana. Vengo casi todos los días. Me encanta este parque".
Mateo se sentó en el columpio junto al de Ana. Empezaron a hablar de sus cosas favoritas: libros, películas, animales y, por supuesto, el parque. Ana descubrió que Mateo era tan amable y divertido como guapo. Le contó que le encantaba dibujar y que soñaba con convertirse en artista. Ana le contó que le encantaba leer y que aspiraba a ser escritora.
Pasaron las tardes siguientes juntos en el parque. Ana y Mateo se hicieron muy buenos amigos. Compartían secretos, risas y sueños. Ana se dio cuenta de que se estaba enamorando de Mateo. Pero también sabía que Mateo era diferente. Él era un espíritu libre, un viajero que soñaba con explorar el mundo. Ana, en cambio, amaba su hogar, su familia y su rutina en el parque.
Un día, Mateo le contó a Ana que se iba del pueblo. Su familia se mudaba a otra ciudad, muy lejos de allí. Ana sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. No podía imaginar su vida sin Mateo.
"Me voy a ir", dijo Mateo con tristeza en su voz. "Pero nunca te olvidaré, Ana. Siempre serás mi amiga especial".
Ana no pudo evitar las lágrimas que corrían por sus mejillas. "Yo tampoco te olvidaré nunca, Mateo", sollozó.
En la noche anterior a la partida de Mateo, Ana y él se sentaron juntos bajo el gran roble. El cielo estaba lleno de estrellas brillantes. De repente, una estrella fugaz cruzó el cielo.
"¡Pide un deseo!", exclamó Mateo.
Ana cerró los ojos y pidió con todo su corazón que Mateo fuera feliz, dondequiera que estuviera. Cuando abrió los ojos, Mateo la estaba mirando con una sonrisa triste.
"Yo también he pedido un deseo", dijo Mateo. "He pedido que nunca olvides este parque y los momentos que hemos compartido aquí".
Se abrazaron fuertemente. Sabían que su amistad era especial y que, aunque la distancia los separara, siempre estarían en el corazón del otro.
Mateo se fue al día siguiente. Ana sintió un gran vacío en su vida. Pero también sabía que tenía que seguir adelante. Siguió yendo al parque todos los días. Leía, dibujaba y recordaba los momentos felices que había compartido con Mateo.
Un día, mientras estaba sentada bajo el gran roble, encontró un pequeño dibujo que Mateo había dejado allí. Era un dibujo de Ana balanceándose en su columpio favorito, con el sol brillando en su rostro. Ana sonrió. Sabía que, aunque la distancia los separara, el corazón de Mateo siempre estaría con ella, al igual que el suyo estaría siempre con él. Y supo que, aunque su amor fuera imposible, el recuerdo de él siempre sería una estrella brillante en su corazón. Ana nunca dejo de visitar el parque, ya que sabia que el recuerdo de ese amor imposible la haría feliz por siempre.
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