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Gratis · elegí una vozEn la ciudad de Huaraz, entre las cumbres nevadas de la Cordillera Blanca, vivía Amaru y su pequeña hija, Illari. Desde la partida de Mama Quilla, la esposa y madre, un velo de tristeza cubría su hogar. Amaru, con el rostro curtido por el sol y el viento, intentaba llenar el vacío, pero el dolor era un río subterráneo que siempre volvía a brotar.
Un día, el repique de las campanas anunció la procesión del Señor de la Soledad. Illari, con sus ojitos brillantes como luceros, jaló la mano de su padre. "¡Papá, vamos! ¡Quiero ver la danza de las Shacshas!"
Amaru, a pesar de su pesar, no pudo negarse. Se dirigieron a la Plaza de Armas, donde el bullicio y el color inundaban el aire. La plaza era un hervidero de gente: campesinos con sombreros de paja, mujeres con polleras bordadas de flores, niños corriendo entre la multitud, vendedores ambulantes ofreciendo chicha y anticuchos. El sol brillaba con fuerza, reflejándose en las paredes blancas de la iglesia matriz, imponente con sus torres que parecían tocar el cielo.
Alrededor del anda del Señor de la Soledad, engalanada con flores y velas, se congregaban los danzantes. Los Shacshas, con sus trajes multicolores, sus penachos de plumas y sus cascabeles resonantes, eran el centro de la atención. Sus movimientos, acompasados al ritmo de la flauta y el tambor, contaban historias ancestrales, relatos de dioses y héroes, de la lucha entre el bien y el mal.
Illari, fascinada, observaba cada detalle. Sus ojos seguían el vuelo de las plumas, el brillo de los cascabeles, la fuerza de los movimientos. Amaru, sin embargo, sentía una punzada en el corazón. Recordaba a Mama Quilla, que amaba danzar y que siempre participaba en las festividades. La nostalgia lo invadió, y una sombra de amargura se dibujó en su rostro.
De pronto, Amaru notó una irregularidad en la danza. Los Shacshas, embriagados por la chicha y la euforia, habían perdido la sincronía. Sus movimientos se volvían torpes y desordenados, faltándole el respeto a la tradición. La indignación creció en el pecho de Amaru. Él, que había crecido respetando las costumbres ancestrales, no podía tolerar tal falta de respeto.
"¡Basta!", gritó Amaru, interrumpiendo la danza. "¡Están profanando nuestra tradición! ¡Sus movimientos son una burla a nuestros ancestros!"
Los Shacshas, sorprendidos por la interrupción, se detuvieron y lo rodearon con miradas hostiles. "¿Quién te crees que eres para criticarnos?", le increpó el jefe de los danzantes, un hombre corpulento con el rostro enrojecido por el alcohol. "¡Esta es nuestra fiesta, y bailamos como queremos!"
"Esta no es una fiesta cualquiera", respondió Amaru con firmeza. "Esta es una celebración sagrada, una ofrenda a nuestros dioses. No pueden mancillarla con su embriaguez y su falta de respeto."
La discusión se acaloró. Los Shacshas, envalentonados por el alcohol, comenzaron a empujar a Amaru. Illari, asustada, se aferró a la pierna de su padre. La situación amenazaba con salirse de control.
Alarmado, Amaru tomó a Illari de la mano y se alejó de la plaza. La discusión lo había dejado exhausto y desilusionado. Sentía que algo se había roto dentro de él, que la tradición que tanto amaba se estaba desmoronando. Decidió que necesitaba un cambio, un nuevo comienzo.
Unos días después, Amaru tomó una decisión radical. Dejó Huaraz y se mudó a Yungay, un pueblo cercano al Parque Nacional Huascarán. Allí, encontró trabajo como guardaparques, protegiendo la flora y la fauna de la región. El trabajo era duro, pero la paz de la montaña lo reconfortaba. Illari, aunque extrañaba su hogar, se adaptó rápidamente a la vida en la naturaleza. Amaba explorar los senderos, observar los animales y escuchar las historias que su padre le contaba sobre los espíritus de la montaña.
Pero la tranquilidad no duraría mucho. Una tarde, un violento terremoto sacudió la región. Una avalancha de lodo y piedras se desprendió del Huascarán, sepultando Yungay bajo un mar de escombros. Amaru, que se encontraba patrullando cerca del pueblo, fue alcanzado por la avalancha.
Illari, que se había quedado en la cabaña de los guardaparques, sobrevivió al terremoto. Desesperada, salió a buscar a su padre. Caminó entre los escombros, llamando su nombre con la voz quebrada por el miedo y la angustia. Buscó durante días, sin descanso, aferrándose a la esperanza de encontrarlo con vida.
Finalmente, encontró su cuerpo entre las rocas y el barro. Amaru yacía inerte, con el rostro sereno, como si estuviera dormido. Illari se arrodilló a su lado y lo abrazó con fuerza. Las lágrimas corrían por su rostro, mezclándose con el barro y la tierra. El silencio de la montaña resonaba en su corazón, un silencio que parecía anunciar el fin del mundo.
Illari lloró desconsoladamente la pérdida de su padre, su protector, su amigo. Con él, sentía que había perdido una parte de sí misma, una conexión con sus raíces, con su cultura, con su historia. El corazón de la Shacsha se había apagado, dejando a Illari sola en el silencio de la montaña.
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