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Gratis · elegí una vozLucía era una niña con ojos grandes y un corazón aún más grande. Le encantaba dibujar arcoíris, cantar canciones tontas y jugar con su perro, Trueno. Pero últimamente, Lucía no dibujaba tantos arcoíris ni cantaba tantas canciones. Sus padres ya no vivían juntos, y eso le dolía mucho, como si tuviera un nudo apretado en el estómago.
Antes, su casa era un lugar lleno de risas y abrazos. Ahora, tenía dos casas: la de mamá, donde olía a galletas recién horneadas y sonaba música suave, y la de papá, donde jugaban videojuegos y construían castillos de almohadas. Lucía amaba a sus dos padres con todo su corazón, pero sentía que su propio corazón estaba dividido en dos, uno para cada casa.
Un día, Lucía estaba sentada en el parque, observando a los niños jugar. Se sentía muy sola. De repente, vio una anciana sentada en un banco cercano. La anciana tenía el pelo blanco como la nieve y una sonrisa cálida. Se llamaba Abuela Elena.
"¿Qué te pasa, mi niña?", preguntó la Abuela Elena con una voz suave como la seda.
Lucía, con los ojos llenos de lágrimas, le contó sobre sus padres y cómo se sentía dividida entre dos casas. La Abuela Elena escuchó atentamente, asintiendo con la cabeza de vez en cuando.
Cuando Lucía terminó de hablar, la Abuela Elena le sonrió. "Lucía", dijo, "imagina que tus padres son dos orillas de un río. El río es tu vida. Ahora mismo, sientes que estás nadando entre las dos orillas, sin saber dónde aferrarte".
Lucía asintió. Eso era exactamente como se sentía.
"Pero", continuó la Abuela Elena, "puedes construir un puente entre esas dos orillas. Un puente hecho de amor, comprensión y comunicación. Ese puente es el arcoíris que tú dibujas tan bien".
La Abuela Elena le explicó a Lucía que no podía controlar las decisiones de sus padres, pero sí podía controlar cómo reaccionaba ella. Le sugirió que hablara con sus padres sobre cómo se sentía, que les dijera que los amaba a ambos y que necesitaba que trabajaran juntos para hacerla sentir segura y feliz.
Lucía, inspirada por las palabras de la Abuela Elena, decidió seguir su consejo. Al día siguiente, habló con su mamá. Le contó que la extrañaba cuando estaba en casa de papá y que le dolía no verlos juntos. Su mamá la abrazó fuerte y le dijo que entendía cómo se sentía. Le prometió que harían más cosas juntas y que siempre estaría ahí para ella.
Después, Lucía habló con su papá. Le dijo que le encantaba jugar videojuegos con él, pero que también necesitaba hablar con él sobre sus sentimientos. Su papá la escuchó con atención y le dijo que también la extrañaba mucho. Le prometió que la llamaría más seguido y que intentarían hacer actividades que les gustaran a ambos.
Poco a poco, Lucía empezó a sentirse mejor. Aprendió que, aunque sus padres no vivieran juntos, ambos la amaban profundamente. Empezó a dibujar más arcoíris, no solo en papel, sino también en su corazón. Cada color del arcoíris representaba algo bueno de cada casa: el amarillo era la alegría de jugar con Trueno, el azul era la tranquilidad de leer un cuento con su mamá, el rojo era la emoción de construir castillos de almohadas con su papá.
Un día, Lucía tuvo una idea. Decidió hacer un dibujo gigante de un arcoíris y regalarlo a sus padres. En el dibujo, había dos orillas de un río conectadas por un brillante arcoíris. Cuando les dio el dibujo, sus padres se emocionaron mucho. Comprendieron que Lucía necesitaba que trabajaran juntos para hacerla sentir completa.
Aunque las cosas no volvieron a ser exactamente como antes, Lucía aprendió a vivir feliz en sus dos casas. Sabía que tenía dos orillas a las que amar y un puente arcoíris en su corazón que las conectaba. Y lo más importante, sabía que sus padres, aunque vivieran separados, siempre estarían unidos por el amor que sentían por ella. El nudo en su estómago se aflojó, y Lucía volvió a cantar canciones tontas y a jugar con Trueno, con un arcoíris brillante siempre presente en su corazón. Ahora entendía que el amor puede existir en diferentes formas, y que incluso un corazón dividido puede ser un corazón lleno de alegría.
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