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Katerin amaba Zipaquirá con todo su corazón salado. Sí, salado, porque sus ojos siempre se humedecían un poquito cada vez que veía las montañas verdes abrazando el pueblo. Vivía en una casita pintada de colores brillantes, justo al lado de la Plaza de los Comuneros, donde los palomas revoloteaban como confeti y el señor del helado siempre le regalaba una probadita extra de arequipe.
Pero un día, su mamá, con una voz suave pero firme como la sal de las minas de Zipaquirá, le dijo: "Katerin, mi amor, nos vamos a mudar a Bogotá."
Katerin sintió como si una piedra de sal se le atascara en la garganta. "¿A Bogotá? ¡Pero mamá! ¡Aquí tengo a mis amigos, a Doña Sofía la del helado, y a la Plaza que me conoce de memoria!"
Su mamá la abrazó fuerte. "Lo sé, mi vida. Pero en Bogotá tengo un nuevo trabajo que nos ayudará mucho. Y Bogotá también tiene cosas maravillosas, ya verás."
Katerin no quería ver nada maravilloso en Bogotá. Quería quedarse en Zipaquirá, donde conocía cada piedra, cada olor, cada sonido. Los días previos a la mudanza fueron como caminar sobre carbón caliente. Ayudó a empacar sus juguetes, sus libros y su ropa, pero cada objeto que entraba en una caja era como un pedacito de su corazón que se iba con él.
El día de la mudanza, Katerin se despidió de sus amigos con un nudo en la garganta. Les regaló sus canicas favoritas y les prometió que volvería a visitarlos. Doña Sofía le dio un abrazo apretado y un helado gigante de arequipe, diciéndole: "No olvides el sabor de Zipaquirá, Katerin. Llévalo siempre contigo."
El viaje a Bogotá fue silencioso. Katerin miraba por la ventana, viendo cómo Zipaquirá se hacía cada vez más pequeño hasta desaparecer detrás de las montañas. Sintió una lágrima salada resbalar por su mejilla.
Bogotá era enorme y ruidosa. Edificios altos rascaban el cielo, buses rojos corrían por las calles y la gente caminaba a prisa, sin tiempo para saludar. Su nuevo apartamento era pequeño, pero tenía una ventana grande que daba a un parque.
Los primeros días fueron difíciles. Katerin extrañaba su casa, sus amigos y la tranquilidad de Zipaquirá. No quería ir al nuevo colegio, no quería explorar el parque, no quería hacer nada. Se pasaba las tardes sentada en la ventana, mirando el cielo gris de Bogotá y sintiendo la sal en su corazón.
Un día, su mamá la invitó a dar un paseo por el parque. Katerin fue a regañadientes, arrastrando los pies. Pero al llegar al parque, se sorprendió. Había árboles altísimos, flores de todos los colores y niños jugando a la pelota.
Un grupo de niños la invitó a jugar. Al principio, Katerin se sintió tímida, pero pronto se unió a la diversión. Corrieron, saltaron y rieron hasta que el sol se escondió. Katerin descubrió que los niños de Bogotá eran tan amables y divertidos como sus amigos de Zipaquirá.
Al día siguiente, Katerin fue al colegio con una sonrisa. Conoció a su nueva maestra, la Señorita Elena, que tenía una voz dulce como el caramelo y le contó historias fascinantes sobre Bogotá. También hizo nuevos amigos, como Sofía, que amaba dibujar, y Juan, que era un experto en fútbol.
Poco a poco, Katerin empezó a descubrir las maravillas de Bogotá. Visitó el Museo del Oro, donde vio tesoros brillantes hechos por los antiguos indígenas. Exploró el Jardín Botánico, donde descubrió plantas exóticas y flores multicolores. Subió a Monserrate en teleférico y contempló la ciudad desde arriba.
Aunque seguía extrañando Zipaquirá, Katerin se dio cuenta de que Bogotá también tenía su encanto. Descubrió que la sal de su corazón no desaparecía, sino que se mezclaba con nuevos sabores y colores. Aprendió que podía amar dos lugares al mismo tiempo y que la mudanza, aunque difícil, le había abierto las puertas a nuevas aventuras.
Un día, Katerin le preguntó a su mamá si podían volver a Zipaquirá de visita. Su mamá sonrió y le dijo: "Claro que sí, mi amor. Zipaquirá siempre será parte de nosotros."
Katerin sonrió. Sabía que, aunque su vida estaba en Bogotá, su corazón siempre tendría un pedacito salado en Zipaquirá, el pueblo que la vio crecer y donde aprendió a amar el mundo.
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