Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozEn la pequeña y aromática cocina de la abuela Rosa, algo extraordinario estaba a punto de suceder. No era el día de Navidad, ni el cumpleaños de nadie, pero el horno despedía un brillo dorado que no era normal. Allí, en una bandeja de plata, acababa de nacer Don Galletón. A diferencia de sus compañeras, que eran redondas y predecibles, Don Galletón tenía una chispita de chocolate justo donde iría un monóculo y una corona natural de cristales de azúcar que brillaba más que el sol de la mañana.
—Escuchen bien, terrones de azúcar y granos de harina —anunció Don Galletón con una voz sorprendentemente firme para alguien hecho de masa quebrada—. El mundo allá afuera es un caos. La gente olvida merendar, los niños corren sin calcetines y las tazas de té están vacías. Yo, Don Galletón Primero, he decidido tomar el mando.
Las demás galletas, asombradas, soltaron un suspiro de vainilla. Nadie se atrevió a contradecirlo. Con un salto ágil, Don Galletón bajó de la bandeja y aterrizó sobre un paño de cocina. Su primer acto oficial fue organizar a los cubiertos. Los tenedores se convirtieron en su guardia de honor, y las cucharas, con sus reflejos plateados, en sus mensajeras oficiales.
—¡Cucharas! —ordenó—. Vayan a cada rincón de la casa. Digan a todos que el Gran Reinado de la Dulzura ha comenzado.
En menos de una hora, Don Galletón ya no solo dominaba la cocina. Había logrado que el gato de la casa, un felino perezoso llamado Bigotes, aceptara ser su transporte oficial a cambio de una caricia en la oreja (bueno, una caricia hecha con una patita de galleta). Montado sobre el lomo de Bigotes, Don Galletón salió al jardín. Allí, las hormigas se detuvieron en seco. Nunca habían visto a un líder tan fragante.
—Desde hoy —declaró Don Galletón ante una asamblea de saltamontes y mariposas—, no habrá más peleas por las migas. Estableceré el Decreto de la Merienda Universal. Cada ser vivo tendrá derecho a diez minutos de sol, una gota de rocío dulce y un cuento antes de dormir.
La noticia del pequeño emperador se extendió por todo el vecindario. Los pájaros llevaban el mensaje en sus cantos. Pronto, las nubes parecían algodón de azúcar y el viento soplaba con un suave aroma a canela. Don Galletón era un gobernante justo. No usaba la fuerza, sino el aroma. Cuando alguien estaba triste, él se acercaba y desprendía un poco de su perfume de mantequilla tostada, lo que instantáneamente hacía que la persona recordara su infancia y sonriera.
Sin embargo, gobernar el mundo no era tarea fácil para una galleta de apenas diez centímetros. Un día, mientras supervisaba la construcción de un castillo hecho de barquillos en el parque central, una sombra enorme se cernió sobre él. Era un perro salchicha llamado Bruno, conocido por su apetito voraz. Bruno se acercó, olfateando con fuerza. Don Galletón no se movió. Se ajustó su corona de azúcar y miró al can a los ojos.
—Señor Perro —dijo con calma—, si me come, el mundo perderá su dulzura y volverá a ser un lugar gris y aburrido. Pero si se une a mi consejo, será nombrado Gran Protector de las Galletas y tendrá un cojín de terciopelo junto a la chimenea.
Bruno, que nunca había sido tratado con tanta dignidad por una comida, se sentó y movió la cola. Había sido conquistado por la diplomacia (y el aroma a chocolate). Con Bruno y Bigotes a su lado, el imperio de Don Galletón alcanzó su máximo esplendor. Las escuelas reemplazaron los exámenes por concursos de dibujo, y las oficinas cerraban temprano para que todos pudieran ir a ver el atardecer.
Pero una tarde, mientras descansaba en un trono hecho de una caja de cerillas forrada en seda, Don Galletón sintió un pequeño crujido en su espalda. Se dio cuenta de que ser un líder mundial era agotador y que, como toda galleta, el tiempo pasaba para él. No quería desmoronarse en pleno discurso.
Llamó a los niños del barrio, a los animales y a los utensilios de cocina.
—He cumplido mi misión —dijo con voz suave—. El mundo ya sabe cómo ser dulce por sí mismo. No necesitan que una galleta les diga que deben ser amables. Mi último decreto es este: compartan siempre lo que tienen, especialmente si es algo crujiente.
Don Galletón decidió retirarse a una hermosa caja de cristal decorada con flores secas, donde viviría como una leyenda. Se dice que, de vez en cuando, si pasas cerca de esa caja, todavía puedes oler la vainilla y sentir un impulso irresistible de dar un abrazo a alguien. El mundo ya no estaba dominado por una galleta, pero gracias a ella, se había vuelto un lugar mucho más sabroso para vivir.
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