Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una casita llena de libros y tazas de té vacías, un escritor llamado Don Escribano. Don Escribano amaba las historias, pero a veces... ¡ay, a veces las odiaba! Hoy era uno de esos días. Estaba escribiendo un cuento sobre un valiente caballito de mar que quería encontrar el tesoro perdido del Pirata Barbaverde. Pero no salía. Las palabras se le atascaban en la punta de la pluma como mermelada pegajosa.
"¡No! ¡Esto es horrible!" exclamó Don Escribano, arrugando la hoja de papel. La hizo una bolita y la lanzó al cesto de la basura, donde ya había un montón de otros cuentos fallidos. "¡Nunca seré un buen escritor!", se lamentó, tapándose la cara con las manos.
Pero lo que Don Escribano no sabía era que, dentro del cesto de la basura, la bolita de papel empezaba a temblar. Lentamente, se desenrolló, tomando forma. ¡Era el cuento del caballito de mar! Y estaba vivo, ¡de verdad!
"¡Ay! ¡Qué mareo!" exclamó el caballito de mar, estirándose. Era un caballito de mar pequeño, dibujado con tinta azul y ojos grandes y curiosos. Miró a su alrededor, confundido. "¿Dónde estoy? ¿Y por qué huele a papel arrugado y frustración?"
Escuchó un sollozo proveniente de arriba. Con un salto (bueno, más bien un flotar torpe), salió del cesto de la basura y vio a Don Escribano sentado en su escritorio, con la cabeza entre las manos.
"¡Hola!" dijo el caballito de mar, con su vocecita aguda. Don Escribano levantó la vista, sorprendido. Sus ojos se abrieron como platos.
"¿Quién... quién eres tú? ¿Y cómo... cómo estás hablando?" tartamudeó.
"Soy el caballito de mar de tu cuento," respondió el caballito de mar, inflando su pequeño pecho. "El que acabas de tirar a la basura."
Don Escribano se quedó sin palabras. Nunca había visto algo así. Un cuento que cobra vida... ¡era increíble! Pero también un poco aterrador.
"No me gustó tu cuento," dijo Don Escribano, cruzándose de brazos. "No era lo suficientemente bueno."
El caballito de mar suspiró. "Pero no me dejaste terminarlo. Yo sé dónde está el tesoro del Pirata Barbaverde. ¡Está escondido en la concha más grande del Arrecife Arcoíris!"
Don Escribano frunció el ceño. "El Arrecife Arcoíris... no es muy original."
"¡Pero está lleno de corales brillantes y peces de colores! Y el Pirata Barbaverde lo escondió allí porque era su lugar favorito," explicó el caballito de mar, agitando sus pequeñas aletas.
Don Escribano lo pensó un momento. "¿Y qué pasa con el tesoro? ¿Qué hay dentro?"
"¡Eso es lo mejor! No son monedas de oro, ni joyas. ¡Son semillas de flores marinas! El Pirata Barbaverde quería que el arrecife fuera aún más hermoso," respondió el caballito de mar, con entusiasmo.
Don Escribano sonrió un poco. La idea de las semillas de flores marinas era mucho mejor que las típicas monedas de oro. "Hmm... tal vez no sea tan malo después de todo," murmuró.
"¡Por favor, Don Escribano! Dame una oportunidad. Déjame contarte mi historia. Juntos, podemos hacerla increíble," suplicó el caballito de mar, mirándolo con sus grandes ojos azules.
Don Escribano miró al pequeño personaje que había creado. Vio su entusiasmo, su deseo de vivir su historia. Y se dio cuenta de que tal vez, solo tal vez, había sido demasiado duro. No solo con el cuento, sino también consigo mismo.
"Está bien," dijo Don Escribano, tomando una nueva hoja de papel. "Cuéntame tu historia, caballito de mar. Empecemos de nuevo."
Y así, Don Escribano y el caballito de mar trabajaron juntos. Don Escribano escribía las palabras, y el caballito de mar le daba ideas, le contaba sobre los peces parlanchines del Arrecife Arcoíris y los cangrejos ermitaños que jugaban al escondite entre las anémonas. Don Escribano aprendió a escuchar a su personaje, a dejar que la historia fluyera naturalmente.
Finalmente, terminaron el cuento. Era mucho mejor que la primera versión. Era una historia llena de aventura, amistad y la importancia de cuidar el medio ambiente marino.
Don Escribano sonrió. "¡Lo hicimos!" exclamó, abrazando el cuento del caballito de mar. "¡Es perfecto!"
El caballito de mar sonrió también. "Gracias, Don Escribano. Por darme una oportunidad, y por creer en mí."
Desde ese día, Don Escribano nunca más arrugó un cuento. Aprendió que incluso las ideas más frustrantes pueden convertirse en algo maravilloso si se les da la oportunidad de florecer. Y el caballito de mar, bueno, él se convirtió en el personaje más famoso de todas las historias de Don Escribano. Y juntos, vivieron muchas aventuras más, siempre aprendiendo y creciendo juntos, escritor y personaje, unidos por el poder de la imaginación.
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