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Gratis · elegí una vozMamá Margarita tenía un sol en el pelo y una sonrisa que iluminaba toda la casa. Cada mañana, al despertar, lo primero que hacía era darle un abrazo a su pequeño Pedrito, un niño de ojos brillantes y una risa contagiosa, y a su esposo, Don Ricardo, un hombre bueno con una barba suave como algodón.
Pero esta mañana era diferente. Mamá Margarita se levantó con la cabeza un poco nublada. No recordaba muy bien qué día era, pero sabía que tenía que preparar el desayuno. Bajó las escaleras tarareando una canción alegre y entró en la cocina, que olía a magia y a promesas de un nuevo día.
Pedrito ya estaba en la mesa, con su plato vacío y sus ojos fijos en la puerta. "¡Mamá! ¡Tengo mucha hambre!" exclamó, con su vocecita llena de energía. Mamá Margarita le sonrió y le revolvió el pelo. "Ya voy, mi amor. ¿Qué te apetece hoy? ¿Tortitas con fresas o huevos revueltos con jamón?"
"¡Tortitas con fresas!" gritó Pedrito, dando saltitos en la silla. Mamá Margarita se puso manos a la obra. Sacó la harina, los huevos, la leche y el azúcar. Mientras batía los ingredientes, Don Ricardo entró en la cocina, bostezando y estirándose. "Buenos días, mis amores," dijo con una voz ronca y un beso rápido en la frente de Mamá Margarita. "¿Qué tal amanecieron?"
"¡Bien! ¡Mamá va a hacer tortitas con fresas!" respondió Pedrito, emocionado. Don Ricardo sonrió y se sentó a la mesa, esperando con paciencia su desayuno. Mamá Margarita terminó de preparar la masa de las tortitas y puso una sartén grande al fuego. Las primeras tortitas salieron doradas y esponjosas. Pedrito las devoró en un abrir y cerrar de ojos. Don Ricardo, por su parte, las saboreaba lentamente, disfrutando del dulce sabor de las fresas y del aroma del café recién hecho.
Mientras preparaba más tortitas, Mamá Margarita sintió un dolor de cabeza punzante. Trató de ignorarlo, pero el dolor se hizo más intenso. Se agarró la cabeza con las manos y cerró los ojos por un momento. "¿Mamá, estás bien?" preguntó Pedrito, preocupado. Mamá Margarita respiró hondo y le sonrió. "Sí, mi amor. Solo es un pequeño dolor de cabeza. Ya se me pasará."
Pero el dolor no se pasaba. Al contrario, se hacía cada vez peor. Mamá Margarita se sentía confundida y desorientada. Ya no recordaba dónde había puesto el café, ni cómo se preparaba el té. Su mente era un laberinto oscuro y confuso. En un momento de desesperación, tomó un cuchillo de la encimera. No sabía por qué lo hacía, simplemente sintió la necesidad de tenerlo en sus manos.
Don Ricardo, al ver el cuchillo en la mano de Mamá Margarita, se levantó de la mesa con cautela. "Margarita, ¿qué haces con eso?" preguntó, con una voz suave y calmante. Mamá Margarita no respondió. Sus ojos estaban vacíos y su mirada perdida. De repente, sin que nadie pudiera evitarlo, se abalanzó sobre Don Ricardo y lo apuñaló.
Pedrito gritó con todas sus fuerzas al ver a su padre caer al suelo. Las tortitas quedaron olvidadas en la mesa, y el dulce aroma de las fresas se mezcló con el amargo olor de la sangre. Mamá Margarita, al darse cuenta de lo que había hecho, soltó el cuchillo y se desplomó en el suelo, llorando desconsoladamente.
"¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?" repetía una y otra vez, mientras las lágrimas corrían por su rostro. Pedrito, temblando de miedo, corrió a abrazar a su madre. "Mamá, ¿por qué hiciste eso?" le preguntó, con la voz entrecortada por el llanto. Mamá Margarita no supo qué responder. No entendía por qué había hecho algo tan terrible.
De repente, escucharon el sonido de las sirenas acercándose. Eran los policías, que habían sido alertados por los vecinos que escucharon los gritos de Pedrito. Los policías entraron en la casa y encontraron a Don Ricardo tirado en el suelo, rodeado de sangre, y a Mamá Margarita abrazada a su hijo, llorando sin consuelo.
Uno de los policías se acercó a Mamá Margarita y le dijo con voz firme: "Está usted arrestada por el asesinato de Don Ricardo." Mamá Margarita no opuso resistencia. Se dejó esposar y llevar a la patrulla, mientras Pedrito la miraba con los ojos llenos de lágrimas.
Al día siguiente, la abuela de Pedrito vino a buscarlo. Le explicó que Mamá Margarita estaba enferma y que necesitaba ayuda. Le dijo que a veces olvidaba tomar sus medicinas, y que eso la hacía hacer cosas que no quería hacer. Pedrito no entendía muy bien lo que le decía su abuela, pero sabía que su mamá no era mala. Sabía que la amaba mucho, y que ella lo amaba a él.
Cuando se fueron, Pedrito miró por última vez la casa donde había vivido con sus padres. La casa estaba silenciosa y vacía. Ya no olía a tortitas con fresas ni a café recién hecho. Solo olía a tristeza y a soledad. Pedrito sabía que su vida había cambiado para siempre, y que nunca olvidaría el desayuno olvidado de Mamá Margarita.
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