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Mateo era un niño muy inquieto, con rodillas siempre raspadas y una imaginación que volaba más alto que las cometas. Pero Mateo tenía un deseo secreto, un deseo que guardaba en lo más profundo de su corazón: quería ser grande. Veía a sus padres, grandes y fuertes, capaces de alcanzar las galletas del estante más alto y de quedarse despiertos hasta tarde viendo películas. "¡Cuando sea grande, podré hacer lo que quiera!", pensaba Mateo, mientras intentaba, sin éxito, alcanzar un frasco de caramelos en la despensa.
Un día, mientras jugaba en el jardín, Mateo encontró una flor muy peculiar. Era pequeña y de un color azul celeste, un color que nunca antes había visto en una flor. Una mariposa, con alas pintadas de mil colores, revoloteaba a su alrededor. De repente, Mateo escuchó una vocecita suave que venía de la flor. "Si deseas crecer, solo debes pedirlo con todo tu corazón", susurró la flor.
Mateo, emocionado, cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas ser grande. ¡Lo deseó tanto! Cuando abrió los ojos, sintió un mareo. Miró sus manos y vio, con asombro, que eran mucho más grandes. Miró a su alrededor y todo, la casa, los árboles, ¡todo parecía más pequeño! ¡Su deseo se había hecho realidad!
Al principio, Mateo estaba feliz. Podía alcanzar los caramelos, quedarse despierto hasta tarde y comer helado antes de la cena. Ya no tenía que pedir permiso para ver la televisión y podía jugar con los juguetes de sus hermanos mayores. Pero, poco a poco, la alegría de ser grande se fue desvaneciendo.
Sus padres, ahora más pequeños en comparación, ya no lo abrazaban con la misma fuerza. Sus juegos ya no eran divertidos para él. Sus hermanos, que antes lo admiraban, ahora lo veían como un extraño. Mateo se sentía solo. Muy solo.
Un día, Mateo encontró la flor azul celeste, marchita y triste, en el mismo lugar del jardín. La mariposa ya no estaba. Mateo sintió un nudo en la garganta. Recordó las noches en las que sus padres le leían cuentos antes de dormir, las tardes jugando en el parque y las risas compartidas durante las cenas familiares. Todo eso parecía tan lejano.
"Quiero volver a ser pequeño", susurró Mateo a la flor, con lágrimas en los ojos. "Quiero volver a estar con mis padres". La flor, aunque marchita, pareció reaccionar al oír sus palabras. Una pequeña luz brilló en su centro.
"Para deshacer el deseo", susurró la flor con una voz débil, "debes encontrar la semilla de la flor olvidada y plantarla donde la encontraste. Pero recuerda, Mateo, el verdadero tesoro está en el presente, en los momentos que compartes con tus seres queridos".
Mateo buscó por todo el jardín la semilla de la flor olvidada. Buscó entre las hojas, debajo de las piedras, y removió la tierra con cuidado. Después de mucho buscar, encontró una pequeña semilla, casi invisible, escondida entre las raíces de un rosal.
Con mucho cuidado, Mateo plantó la semilla en el mismo lugar donde había encontrado la flor. Cerró los ojos y esperó. Al principio, no pasó nada. Pero, de repente, sintió un cosquilleo en las manos y en los pies. Miró sus manos y vio, con alegría, que se estaban haciendo más pequeñas. Miró a su alrededor y todo volvía a su tamaño normal.
Cuando abrió los ojos, vio a sus padres en el jardín, buscándolo. "¡Mateo! ¿Dónde estabas?", preguntó su madre, preocupada. Mateo corrió hacia ellos y los abrazó con todas sus fuerzas. "¡Los extrañé tanto!", exclamó Mateo.
Sus padres lo abrazaron con cariño y lo llevaron de vuelta a casa. Esa noche, Mateo se acurrucó en la cama con sus padres y escuchó, feliz, sus cuentos. Ya no quería ser grande. Había aprendido que el verdadero tesoro estaba en el amor de su familia y en los momentos compartidos con ellos.
Al día siguiente, Mateo volvió al jardín y vio que la flor azul celeste había vuelto a florecer, más hermosa que nunca. La mariposa, con sus alas pintadas de mil colores, revoloteaba a su alrededor. Mateo sonrió. Había aprendido una valiosa lección: el amor y la compañía son los tesoros más grandes del mundo.
Desde ese día, Mateo disfrutó cada momento de su infancia. Jugaba con sus hermanos, ayudaba a sus padres en el jardín y, sobre todo, apreciaba el amor y la compañía de su familia. Ya no deseaba crecer tan rápido. Sabía que la vida, en cada etapa, tenía su propia magia y que el verdadero secreto era disfrutarla al máximo, rodeado de las personas que más amaba.
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