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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza, pintando de dorado el río. El Tío Río, un hombre corpulento con una barba blanca que ondeaba como las olas, estaba listo para un día especial. "¡Hoy vamos de paseo!", anunció con una voz que resonaba como un trueno suave. Mamá, Papá y los pequeños Gujar y Aydar, sus sobrinos, lo miraban con ojos brillantes.
"¡Sí! ¡Un paseo!", exclamó Gujar, un niño de siete años con el pelo alborotado. Aydar, su hermana menor, de cinco años, aplaudía con entusiasmo. Mamá preparó una cesta llena de sándwiches de queso y mermelada, manzanas rojas y botellas de jugo de naranja. Papá revisó el mapa, asegurándose de que sabían el camino al claro secreto que el Tío Río les había prometido.
"¿Estamos listos?", preguntó el Tío Río, sonriendo. Todos asintieron con la cabeza, ansiosos por comenzar la aventura. Salieron de la casa y se dirigieron hacia el río. El Tío Río tenía una barca de madera, pintada de un azul brillante, con un nombre escrito en letras grandes y blancas: "La Aventurera".
Subieron a la barca, uno por uno. El Tío Río se sentó en la popa y comenzó a remar. La barca se deslizó suavemente por el agua, dejando una estela de espuma blanca. Gujar y Aydar miraban con asombro los árboles que pasaban a toda velocidad en la orilla del río. Vieron pájaros de colores cantando melodías alegres y peces plateados saltando fuera del agua. Mamá y Papá sonreían, disfrutando del paisaje y la compañía de su familia.
Después de un rato, el Tío Río detuvo la barca cerca de una pequeña isla cubierta de hierba verde. "¡Hemos llegado!", anunció. "Este es el claro secreto". Saltarón de la barca y exploraron la isla. Encontraron un columpio hecho de una vieja cuerda y una rama de árbol. Gujar y Aydar se turnaron para columpiarse, riendo a carcajadas.
Mamá extendió una manta a cuadros en la hierba y sacó la cesta de picnic. Todos se sentaron y comieron sándwiches, manzanas y bebieron jugo de naranja. Después de comer, jugaron a las escondidas. Gujar se escondió detrás de un árbol grande, mientras que Aydar se escondió debajo de la manta. Mamá y Papá se turnaron para buscar. El Tío Río se sentó en la orilla del río, observando a los niños jugar y sonriendo con ternura.
De repente, el teléfono de Papá sonó. Era una llamada. "¿Hola?… Sí, soy yo… Entiendo… Gracias por llamar". Papá colgó el teléfono y frunció el ceño. "Tenemos que volver a casa", dijo. "Hay una emergencia en el trabajo".
Todos se sintieron decepcionados, pero entendieron la situación. Recogieron la manta y la cesta de picnic, subieron a la barca y el Tío Río comenzó a remar de regreso a casa. El viaje de regreso fue más silencioso que el de ida. Gujar y Aydar estaban cansados después de tanto jugar, y se acurrucaron junto a sus padres en la barca.
Cuando llegaron a casa, encontraron al vecino, el Señor Pérez, esperándolos en la puerta. "Hola", dijo el Señor Pérez. "Me alegro de que hayan vuelto. Hay un problema con la tubería de agua. Está goteando y está inundando mi jardín".
Papá suspiró. Parecía que las emergencias venían de dos en dos. "Lo siento mucho, Señor Pérez", dijo Papá. "Voy a ver qué puedo hacer". Papá entró en la casa y buscó sus herramientas. El Tío Río se ofreció a ayudar. Juntos, Papá y el Tío Río fueron al jardín del Señor Pérez y comenzaron a arreglar la tubería de agua.
Mamá se quedó con Gujar y Aydar. Les leyó un cuento de hadas mientras esperaban a que Papá y el Tío Río terminaran de trabajar. Después de un rato, Papá y el Tío Río regresaron a la casa, cubiertos de barro y sudor, pero con una sonrisa en sus rostros. "¡Lo hemos arreglado!", anunció Papá. "La tubería ya no gotea".
El Señor Pérez vino a agradecerles. Estaba muy agradecido por su ayuda. "Gracias", dijo el Señor Pérez. "No sé qué habría hecho sin ustedes".
Esa noche, mientras Gujar y Aydar se preparaban para ir a la cama, le preguntaron al Tío Río: "Tío Río, ¿por qué hoy hubo tantas emergencias?".
El Tío Río sonrió. "A veces, la vida es así", dijo. "A veces, las cosas no salen como las planeamos. Pero lo importante es que estemos juntos y nos ayudemos unos a otros".
Gujar y Aydar abrazaron al Tío Río. Sabían que tenía razón. Aunque el día había sido diferente a lo que esperaban, había sido un día lleno de aventuras, risas y amor familiar. Y eso era lo más importante de todo.
Antes de dormir, Aydar le dijo a su mamá: "Mamá, el Tío Río es el mejor tío del mundo!". Mamá sonrió y le dio un beso en la frente. "Sí, cariño, lo es". Y así, terminaron un día lleno de sorpresas y aprendizajes, listos para soñar con nuevas aventuras junto al Tío Río.
Al día siguiente, el Tío Río prometió llevarlos nuevamente de paseo, pero esta vez, con el teléfono apagado y sin llamadas misteriosas, solo ellos y la naturaleza.
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