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Aris Arboleda infló sus mejillas como un globo a punto de explotar. ¡Puf! Cruzó los brazos y miró por la ventana, donde el sol brillaba con una alegría que ella no sentía. Hoy era lunes, pero el domingo, ¡ay, el domingo! Había sido el Día de la Madre, y José Aguirre, su novio, ¡lo había pasado con su mamá!
"¡Era mi día también!" pensó Aris, pateando una piedrita imaginaria en el suelo. José y ella llevaban saliendo casi un año. Un año lleno de risas, helados compartidos y paseos por el parque. Ella pensaba que ya eran lo suficientemente serios como para… bueno, ¡para que él entendiera que el Día de la Madre también era un poco suyo!
De repente, sonó el timbre. Aris frunció el ceño. ¿Quién podía ser a estas horas? Abrió la puerta y allí estaba, José, con una sonrisa enorme y un ramo de flores silvestres que olían a miel y pradera.
"¡Hola, Aris!" saludó José. "Sé que estuve con mi mamá ayer, y… bueno, quería compensarte."
Aris no pudo evitar sonreír un poquito. Las flores eran preciosas. Pero la molestia aún revoloteaba en su estómago como una mariposa atrapada.
"¿Compensarme?" preguntó Aris, intentando sonar molesta pero fallando miserablemente.
José entró tímidamente. "Sí. Ayer fue el Día de la Madre para todas las mamás, pero hoy… hoy es el día para celebrar a la persona especial que hace que mi corazón baile." Sacó de su bolsillo una cajita pequeña, envuelta en papel de colores. "Feliz… casi Día de la Madre para ti, Aris."
Aris sintió que sus mejillas se calentaban. Abrió la caja con cuidado. Dentro, encontró un collar con un pequeño dije en forma de corazón. El corazón era de un color rosa suave y brillante.
"¡Es precioso, José!" exclamó Aris, olvidando por completo su enfado. Pero luego, recordó. "Pero… ¿por qué casi Día de la Madre?"
José se rascó la cabeza, un poco avergonzado. "Bueno… es que aún no eres mamá. Pero… yo… yo te veo como… como la futura mamá de mis… de nuestros… ¡de nuestros cachorritos!" Tartamudeó, poniéndose rojo como un tomate.
Aris soltó una carcajada. "¡Cachorritos! José, eres increíble." Le abrazó fuerte. "Gracias por el collar. Y gracias por pensar en mí."
José sonrió. "De nada, Aris. Pero… tengo otra sorpresa."
"¿Otra sorpresa?" preguntó Aris, con los ojos brillantes de curiosidad.
"Sí. Mi mamá… bueno, ella también quería darte algo." José sacó de su mochila un pequeño tarro de cristal lleno de galletas caseras. "Dice que son sus famosas galletas de la abuela, y que te ayudarán a tener mucha paciencia… por si algún día tienes que lidiar con… cachorritos."
Aris se echó a reír de nuevo. Tomó el tarro de galletas. "Dile a tu mamá que muchas gracias. Y dile que estas galletas son… ¡perfectas!"
Esa tarde, Aris y José fueron al parque. Se sentaron bajo un árbol frondoso y comieron galletas. Aris le contó a José por qué se había sentido molesta. Le explicó que a veces, sentía la necesidad de ser importante, de ser la prioridad.
José la escuchó con atención. Le tomó la mano y le dijo: "Aris, tú eres muy importante para mí. Eres mi prioridad. A veces, simplemente no sé cómo demostrarlo de la manera correcta. Pero te prometo que voy a intentarlo."
Aris sonrió. "Yo también te prometo que voy a intentar ser más paciente… y a no esperar que leas mi mente."
De repente, un niño pequeño se acercó a ellos, llorando. Se había caído y se había raspado la rodilla. Aris, instintivamente, se acercó al niño y lo consoló. Le limpió la rodilla con un pañuelo y le puso una curita con un dibujo de un oso panda. El niño dejó de llorar y le dio las gracias con una sonrisa.
José miró a Aris con admiración. "Ves, Aris? Ya tienes el instinto maternal. Eres una persona increíble."
Aris se sonrojó. Se dio cuenta de que, tal vez, no necesitaba un título oficial para sentirse importante. Lo importante era el amor, la comprensión y la capacidad de cuidar a los demás. Y eso, ella ya lo tenía.
Esa noche, Aris se puso el collar de corazón que le había regalado José. Se miró al espejo y sonrió. Sabía que aún tenían mucho que aprender el uno del otro. Pero también sabía que su amor era fuerte y que, juntos, podrían superar cualquier obstáculo. Y quizás, algún día, tendrían sus propios… cachorritos. Pero por ahora, se conformaba con las galletas de la abuela y el amor de José. El Día de la Madre, después de todo, podía celebrarse cualquier día del año, siempre y cuando hubiera amor y comprensión en el corazón.
Al día siguiente, Aris fue a la floristería y compró un ramo de flores para la mamá de José. Quería agradecerle por las galletas y por criar a un hombre tan especial. Sabía que, a partir de ahora, el Día de la Madre sería un día para celebrar a todas las madres… y a todas las futuras mamás, como ella. Y eso, la hacía muy feliz.
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