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Gratis · elegí una vozMartín tenía un problema enorme, del tamaño de un elefante rosado bailando flamenco. Era el día de la Actividad Creativa en la escuela, y todos sus compañeros ya estaban ocupados: Sofía pintaba un dragón escupe-purpurina, Carlos construía un castillo de cartón digno de un rey hormiga, e Isabel tejía un suéter para su gato invisible (¡sí, invisible!).
Pero Martín… Martín no tenía ni la más remota idea de qué hacer. Su hoja de papel estaba tan blanca como la nieve recién caída. Sus lápices de colores yacían inertes, como si también hubieran perdido la inspiración. Miró a su alrededor, buscando una chispa, una señal, algo que encendiera la bombilla de su imaginación. Nada.
La maestra, la Señorita Elena, con su sonrisa cálida y sus ojos que brillaban como estrellas, se acercó a él. "¿Todo bien, Martín?", preguntó con suavidad.
Martín negó con la cabeza, sintiendo que un nudo se formaba en su garganta. "No sé qué hacer, Señorita Elena. No se me ocurre nada".
La Señorita Elena se sentó a su lado. "¿Y qué te gusta, Martín? ¿Qué te hace feliz?"
Martín pensó. Le gustaban los dinosaurios, las aventuras espaciales, los cuentos de hadas, los chistes tontos y, sobre todo, las galletas de chocolate de su abuela.
"Me gustan muchas cosas", dijo tímidamente.
"¡Exacto!", exclamó la Señorita Elena. "Entonces, ¿por qué no eliges una de esas cosas y la conviertes en tu actividad?"
Martín lo intentó. Pensó en dinosaurios. Podría dibujar un Tiranosaurio Rex con un sombrero de fiesta, pero no le emocionaba. Pensó en el espacio. Podría construir una nave espacial de plastilina, pero ya lo había hecho el año pasado. Suspiró. La inspiración seguía escondida.
La Señorita Elena, viendo su frustración, le sugirió: "A veces, la imaginación necesita un pequeño empujón. ¿Qué tal si cierras los ojos y piensas en tu lugar favorito?"
Martín cerró los ojos. Pensó en el jardín de su abuela. Con sus rosales trepadores, su estanque de peces dorados y, sobre todo, su viejo manzano. El manzano donde se sentaba a leer cuentos y comer galletas de chocolate.
De repente, ¡bam! Algo hizo clic en su cabeza. Abrió los ojos de golpe.
"¡Ya sé!", gritó, olvidándose de la necesidad de silencio en el aula. La Señorita Elena sonrió.
Martín corrió al rincón de materiales y buscó una caja de cartón, papeles de colores, tijeras, pegamento y lana verde. Empezó a trabajar con entusiasmo, cortando, pegando y dando forma a su idea.
Primero, construyó un pequeño manzano con la caja de cartón. Luego, usó la lana verde para crear las hojas y los papeles de colores para las manzanas rojas y jugosas. Después, recortó pequeñas figuras de papel: una abuela sonriente, un niño leyendo un libro y, lo más importante, ¡un plato lleno de galletas de chocolate!
Mientras trabajaba, los demás niños se acercaron para ver qué estaba haciendo. Carlos, el constructor de castillos, se ofreció a ayudar a construir un pequeño banco debajo del árbol. Sofía, la pintora de dragones, pintó un sol radiante en el cielo de cartón. E Isabel, la tejedora de suéteres invisibles, tejió una pequeña bufanda para la abuela de papel.
Cuando terminó, la actividad de Martín era mucho más que un simple trabajo manual. Era una recreación del jardín de su abuela, un lugar lleno de amor, alegría y, por supuesto, galletas de chocolate.
La Señorita Elena estaba encantada. "¡Es maravilloso, Martín! Has capturado la esencia de un lugar especial. Y has demostrado que la imaginación puede florecer incluso cuando parece que se ha escondido".
Martín sonrió. Había aprendido algo importante ese día. Que la inspiración no siempre llega de forma obvia. A veces, se esconde en los lugares más inesperados, como en el recuerdo de un jardín lleno de amor y galletas de chocolate. Y que, con un pequeño empujón, la imaginación puede convertirse en algo realmente especial.
Esa tarde, Martín llevó su creación a casa. Su abuela, al verla, se emocionó hasta las lágrimas. Colocó la pequeña maqueta en la repisa de la chimenea, justo al lado de su foto favorita de Martín. Y luego, como recompensa, le preparó un plato gigante de galletas de chocolate. Porque, después de todo, la imaginación y las galletas de chocolate siempre van de la mano.
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