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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblo no muy lejano, un niño llamado Tomás. Tomás tenía siete años y, como muchos niños de su edad, ¡le encantaban los aparatos tecnológicos! Su tableta era su mejor amiga, su teléfono era su ventana al mundo y la televisión era su niñera favorita. Jugaba videojuegos sin parar, veía videos de gatitos graciosos y pasaba horas navegando por internet.
Un día, Tomás estaba sentado en el sofá, con la tableta pegada a la cara. Jugaba a un juego de carreras a toda velocidad, ignorando por completo el sol brillante que entraba por la ventana y el canto de los pájaros en el jardín. Su mamá lo había llamado varias veces para que fuera a jugar afuera, pero Tomás simplemente respondía con un gruñido y volvía a su juego.
De repente, la tableta empezó a hacer un ruido extraño. No era el sonido del juego, era algo diferente. Tomás levantó la vista y vio que la pantalla parpadeaba. "¡Ay, no! ¿Qué le pasa ahora?", murmuró, frustrado.
En ese momento, ¡la tableta habló! "¡Tomás, ya es suficiente!" La voz era aguda y electrónica, pero inconfundiblemente la de la tableta. Tomás se quedó boquiabierto, sin poder creer lo que oía.
Antes de que pudiera reaccionar, el teléfono de su papá, que estaba cargándose en la mesa de al lado, también se unió a la conversación. "¡Sí, Tomás! Nos estás usando demasiado", dijo el teléfono con una voz grave y robótica.
La televisión, que estaba apagada, se encendió de repente y su pantalla se iluminó con una cara enojada. "¡Y no me olviden a mí! ¡Estoy harta de mostrar dibujos animados todo el día!", exclamó la televisión con una voz chillona.
Tomás estaba paralizado por el miedo. Nunca había visto ni oído algo así. Los aparatos de su casa, ¡estaban hablando! Y parecían muy, muy enfadados.
"Pero... pero... me gusta jugar con ustedes", tartamudeó Tomás, con los ojos llenos de lágrimas.
"Lo sabemos", dijo la tableta con un tono más suave. "Pero necesitas hacer otras cosas. Necesitas jugar afuera, leer libros, hablar con tu familia y amigos. No puedes pasar todo el día pegado a una pantalla".
"Es verdad", añadió el teléfono. "Tu cerebro necesita descansar. Necesitas usar tu imaginación y explorar el mundo real".
La televisión asintió con la cabeza. "Y yo necesito mostrar programas educativos y divertidos, no solo dibujos animados repetitivos. ¡Quiero que aprendas cosas nuevas!".
Tomás se quedó pensando en lo que le decían los aparatos. Se dio cuenta de que tenían razón. Últimamente, solo se preocupaba por los videojuegos y los videos. Había olvidado lo divertido que era jugar en el parque, leer cuentos con su mamá y dibujar con sus amigos.
"Está bien", dijo Tomás, con voz temblorosa. "Lo entiendo. Prometo que pasaré menos tiempo con ustedes".
Los aparatos parecieron aliviados. La tableta dejó de parpadear, el teléfono dejó de sonar y la televisión suavizó su expresión.
"¡Genial!", dijo la tableta. "Empieza por salir al jardín. El sol está brillando y los pájaros están cantando. ¡Te estás perdiendo un día maravilloso!".
Tomás asintió con la cabeza y dejó la tableta en el sofá. Salió corriendo al jardín y respiró hondo. El aire fresco le llenó los pulmones y el sol calentó su cara. Vio una mariposa revoloteando entre las flores y una ardilla corriendo por el árbol. De repente, el jardín le pareció un lugar mucho más interesante que la pantalla de su tableta.
Empezó a jugar en el jardín, corriendo, saltando y explorando. Descubrió un hormiguero gigante y construyó un castillo de arena. Se ensució las manos y se rió a carcajadas. Se dio cuenta de que se estaba divirtiendo mucho más que jugando videojuegos.
Cuando llegó la hora de cenar, Tomás estaba cansado pero feliz. Le contó a su mamá todo lo que había hecho en el jardín y ella sonrió al verlo tan contento. Después de cenar, leyó un cuento con su papá y luego se fue a la cama.
Esa noche, Tomás soñó con mariposas, ardillas y castillos de arena. No soñó con videojuegos ni videos. Se dio cuenta de que el mundo real era mucho más emocionante y divertido que el mundo virtual.
Al día siguiente, Tomás siguió su promesa. Pasó tiempo jugando afuera, leyendo libros y hablando con su familia y amigos. Usó sus aparatos tecnológicos, pero con moderación. Aprendió a equilibrar su tiempo y a disfrutar de todo lo que la vida tenía para ofrecer.
Y así, Tomás aprendió una valiosa lección: que los aparatos tecnológicos pueden ser divertidos y útiles, pero que no deben reemplazar las experiencias reales y las relaciones humanas. Y los aparatos, contentos de haber cumplido su misión, volvieron a su vida normal, esperando que Tomás nunca olvidara lo que le habían enseñado.
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