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Gratis · elegí una vozEmiliano amaba dibujar. Sus cuadernos siempre estaban llenos de coloridos dragones, valientes caballeros y princesas exploradoras. Pero a Sebastián no le gustaban los dibujos de Emiliano. Un día, mientras Emiliano dibujaba un majestuoso unicornio en el patio de la escuela, Sebastián se acercó con una mirada burlona.
"¡Ja! ¡Qué dibujo tan tonto! Los unicornios no existen, Emiliano. Deberías dibujar algo que sea de verdad, como un coche de carreras," dijo Sebastián, empujando a Emiliano.
El amigo de Emiliano, Tomás, que siempre estaba cerca para defenderlo, se interpuso entre ellos. "¡Déjalo en paz, Sebastián! Los dibujos de Emiliano son geniales. Tienen mucha imaginación," protestó Tomás.
Sebastián, enfurecido por la defensa de Tomás, empujó a Emiliano con más fuerza. Emiliano tropezó y, en un intento por no caerse, agarró a Sebastián. En la confusión, Sebastián le dio un puñetazo a Emiliano en el brazo. Tomás, al intentar separarlos, se cayó y se golpeó la cabeza contra el borde de una jardinera.
Emiliano, viendo a su amigo lastimado, sintió una rabia que nunca antes había experimentado. Se levantó y empujó a Sebastián. Los dos empezaron a forcejear, empujándose y gritándose. El dibujo del unicornio, ahora arrugado y manchado de tierra, yacía olvidado en el suelo.
Justo en ese momento, la señorita Elena, la maestra de música, y el señor Ricardo, el profesor de gimnasia, vieron la pelea. Corrieron rápidamente hacia ellos, gritando: "¡Basta! ¡Sepárense! ¡Ya basta!"
Con gran esfuerzo, los maestros lograron separarlos. Emiliano tenía un labio roto y Sebastián un rasguño en la mejilla. Tomás, aún aturdido por el golpe, se sostenía la cabeza. La señorita Elena llevó a Tomás a la enfermería mientras el señor Ricardo regañaba a Emiliano y a Sebastián.
"¡Esto es inaceptable! ¡Pelearse no soluciona nada! Van a ir a la dirección y llamaremos a sus padres," dijo el señor Ricardo con voz severa.
En la dirección, Emiliano y Sebastián esperaban nerviosos. El silencio era tenso. Finalmente, la puerta se abrió y entraron los padres de ambos. La madre de Emiliano lo abrazó con preocupación, mientras que el padre de Sebastián lo miraba con desaprobación.
El director explicó lo sucedido, y los padres de Emiliano y Sebastián intercambiaron miradas serias. La madre de Sebastián fue la primera en hablar. "Lo siento mucho, señor y señora Pérez. No apruebo en absoluto el comportamiento de mi hijo. Sebastián, ¿tienes algo que decir?"
Sebastián, con la cabeza gacha, murmuró: "Lo siento, Emiliano. No debí burlarme de tus dibujos. Y lo siento mucho por golpear a Tomás."
Emiliano, sintiendo un poco de lástima por Sebastián, respondió: "Yo también lo siento, Sebastián. No debí haberte empujado. Estaba preocupado por Tomás."
El padre de Emiliano intervino: "Es importante que ambos aprendan a resolver sus diferencias hablando, no peleando. La violencia nunca es la respuesta."
Después de una larga conversación, y con la mediación de los padres y el director, Emiliano y Sebastián se dieron la mano. Decidieron dejar atrás la pelea y empezar de nuevo.
Al día siguiente, Sebastián se acercó a Emiliano en el patio. Llevaba consigo un nuevo cuaderno de dibujo y una caja de colores. "Emiliano," dijo tímidamente, "¿podrías enseñarme a dibujar dragones? Siempre he querido aprender."
Emiliano sonrió. "¡Claro, Sebastián! Me encantaría."
Y así, lo que comenzó con una burla y una pelea, terminó con una amistad inesperada. Sebastián aprendió a apreciar la imaginación de Emiliano, y Emiliano aprendió que incluso las personas que parecen malas a veces solo necesitan un poco de comprensión. Juntos, dibujaron dragones, caballeros y princesas, llenando el patio de la escuela con color y alegría. Tomás, recuperado del golpe, se unió a ellos, y los tres se convirtieron en inseparables. Aprendieron que los puños no resuelven nada, pero los abrazos y la amistad pueden cambiarlo todo. Incluso el dibujo arrugado del unicornio, ahora guardado como un recuerdo, les recordaba el día en que los puños se convirtieron en abrazos y una gran amistad floreció.
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