Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozLuna era una niña pequeña con ojos grandes y curiosos, y un cabello que parecía un campo de trigo dorado bajo el sol. Mañana era su primer día de jardín de infancia, y aunque estaba emocionada, una pequeña mariposa revoloteaba en su estómago. No conocía a nadie, y la idea de separarse de su mamá por unas horas la hacía sentir un poquito triste.
La noche anterior, Luna no pudo dormir bien. Daba vueltas en la cama, imaginando cómo sería el jardín de infancia. ¿Habría muchos juguetes? ¿Los niños serían amables? ¿La maestra sería como la abuelita que siempre le contaba cuentos?
Finalmente, amaneció. El sol entraba por la ventana, pintando la habitación de un color naranja suave. Luna se levantó, se vistió con su vestido favorito, uno con florecitas bordadas, y bajó a desayunar. Su mamá le preparó su plato favorito: tostadas con mermelada de fresa y un vaso de leche tibia.
"¿Estás lista, mi amor?", preguntó su mamá con una sonrisa. Luna asintió, aunque la mariposa en su estómago seguía revoloteando.
Al llegar al jardín de infancia, Luna se sintió un poco abrumada. Había muchos niños corriendo, riendo y jugando. El lugar estaba lleno de colores: dibujos pegados en las paredes, juguetes esparcidos por el suelo y una maestra sonriente que daba la bienvenida a todos.
Su mamá la tomó de la mano y la llevó hasta la maestra, una señora amable con el pelo recogido en un moño y unos ojos que brillaban como estrellas. "Buenos días, Luna. Bienvenida al Jardín de las Sonrisas", dijo la maestra con una voz dulce.
Luna se escondió detrás de la falda de su mamá, tímidamente. La maestra se agachó para estar a su altura. "Mira, Luna, ¿ves esa esquina con los bloques? A Juan le encanta construir torres altísimas. Y allá, en la mesa, están pintando con acuarelas. ¡Qué divertido!", dijo la maestra, señalando diferentes áreas del salón.
Un niño pequeño, con un overol azul y el pelo alborotado, se acercó a Luna. "Hola, me llamo Tomás. ¿Quieres jugar conmigo a los autos?", le preguntó.
Luna miró a su mamá, quien le sonrió y le hizo un gesto de ánimo. Respiró hondo y asintió. "Sí, quiero jugar", respondió, sintiendo que la mariposa en su estómago se calmaba un poco.
Tomás la llevó a la esquina de los autos, donde había una pista de carreras improvisada con bloques de madera. Juntos, empujaron los autos, haciendo ruidos de motores y riendo a carcajadas. Luna olvidó por completo su timidez y se divirtió mucho.
Luego, la maestra los llamó para la hora del círculo. Todos se sentaron en una alfombra grande y colorida. La maestra les contó un cuento sobre un osito que aprendió a compartir sus juguetes. Luna escuchó atentamente, sintiendo que el jardín de infancia no era tan aterrador como había imaginado.
Después del cuento, fue la hora de la merienda. Luna sacó su sandwich de queso y jamón y su jugo de naranja. Se sentó junto a Tomás y una niña llamada Sofía, que tenía coletas y una sonrisa contagiosa. Los tres compartieron sus meriendas y rieron juntos.
Durante el resto del día, Luna jugó con los bloques, pintó con acuarelas y cantó canciones con la maestra. Descubrió que el jardín de infancia era un lugar lleno de sorpresas y nuevas amistades.
Cuando llegó la hora de irse, Luna corrió hacia su mamá y la abrazó fuerte. "¡Mamá, me divertí mucho! Hice dos amigos y jugamos a los autos y pintamos un sol gigante", exclamó Luna, llena de entusiasmo.
Su mamá sonrió. "Me alegro mucho, mi amor. Sabía que te iba a gustar el Jardín de las Sonrisas", dijo, abrazándola.
De camino a casa, Luna le contó a su mamá todo lo que había hecho en el jardín de infancia. Estaba tan emocionada que no paró de hablar ni un segundo.
Esa noche, Luna durmió profundamente, soñando con autos de carreras, acuarelas de colores y las sonrisas de sus nuevos amigos. La mariposa en su estómago había desaparecido por completo, reemplazada por una sensación de alegría y anticipación por el día siguiente. Sabía que el Jardín de las Sonrisas era un lugar mágico donde podía aprender, jugar y crecer. Y estaba deseando volver a visitarlo.
Al día siguiente, Luna se levantó temprano, lista para su segundo día en el Jardín de las Sonrisas. Ya no sentía miedo, solo emoción. Sabía que la esperaban nuevas aventuras y nuevas amistades. El jardín de infancia se había convertido en su lugar favorito, un lugar donde cada día era una nueva oportunidad para descubrir el mundo y sonreír.
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