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Gratis · elegí una vozUn día soleado, estaba caminando con mi mamá hacia el supermercado. El sol brillaba como un limón gigante en el cielo, y yo iba dando saltitos, ¡estaba muy emocionado por comprar mis galletas favoritas! De repente, ¡miren quiénes estaban allí! ¡Rodrigo y Mario! Los dos chicos más divertidos del barrio.
"¡Hola, Rodrigo! ¡Hola, Mario!" grité, agitando mi mano como un loco.
"¡Hola, Sofía!" respondieron ellos al unísono, con sus sonrisas brillantes. Parecían tan contentos como yo de vernos.
Después de saludar a Rodrigo y Mario, le pregunté a mi mamá si podíamos ir al parque con ellos después de comprar las galletas. Mi mamá, que siempre sabe cómo hacerme feliz, sonrió y dijo: "¡Claro que sí, Sofía! Pero primero, tenemos que comprar las galletas".
Entramos al supermercado. ¡Era un mundo de colores y olores deliciosos! Pasamos por el pasillo de las frutas, donde las manzanas rojas brillaban como rubíes y las bananas amarillas parecían sonreír. Luego, llegamos al pasillo de los cereales, donde las cajas estaban llenas de personajes divertidos y promesas de aventuras.
Finalmente, llegamos al pasillo de las galletas. ¡Oh, las galletas! Había galletas de chocolate, galletas de vainilla, galletas con chispas de colores, ¡galletas de todo tipo! Después de una larga deliberación, elegí mis favoritas: las galletas de avena con pasas. ¡Son las más deliciosas del mundo!
Después de comprar las galletas, salimos del supermercado y nos encontramos con Rodrigo y Mario. Estaban esperándonos pacientemente, jugando a las piedritas en la entrada.
"¡Vamos al parque!" grité, y los tres salimos corriendo, riendo a carcajadas. Mi mamá nos siguió, caminando tranquilamente y sonriendo al vernos tan felices.
El parque estaba lleno de niños jugando, pájaros cantando y flores de todos los colores. ¡Era un lugar mágico! Nos dirigimos directamente a los columpios. Rodrigo y Mario se subieron a los columpios más altos, mientras yo elegí uno más bajito. Me daba un poco de miedo subir muy alto.
Después de un rato, nos aburrimos de los columpios y decidimos jugar a las carreras. Rodrigo fue el primero en correr, seguido de Mario y yo. ¡Corrimos tan rápido como pudimos, gritando y riendo sin parar!
Luego, decidimos jugar a empujarnos en el césped. Era muy divertido. Rodrigo empujaba a Mario, Mario me empujaba a mí, y yo empujaba a Rodrigo. ¡Nos reíamos a carcajadas cada vez que alguien se caía!
Pero entonces, pasó algo inesperado. Estábamos jugando tan intensamente que no nos dimos cuenta de que estábamos cerca de un árbol. Cuando Mario me empujó, perdí el equilibrio y caí. ¡Pero no caí en el césped suave! Caí sobre una raíz del árbol, que era dura y puntiaguda.
"¡Ay!" grité, sintiendo un dolor agudo en mi brazo. Rodrigo y Mario se detuvieron de inmediato y se acercaron a mí, con caras de preocupación.
"¿Estás bien, Sofía?" preguntó Rodrigo, con su voz llena de angustia.
"No, me duele mucho el brazo," dije, con lágrimas en los ojos. Mi mamá, que había estado sentada en un banco cerca, corrió hacia nosotros al escuchar mi grito.
"¿Qué pasó, mi amor?" preguntó, abrazándome con fuerza. Le expliqué lo que había sucedido, y ella examinó mi brazo con cuidado.
"Creo que tenemos que ir al hospital," dijo, con una voz seria. "Parece que te has lastimado el brazo".
Rodrigo y Mario se sintieron muy culpables. "Lo sentimos mucho, Sofía," dijeron al unísono. "No queríamos que te lastimaras".
"No pasa nada," dije, aunque todavía me dolía mucho el brazo. "Fue un accidente".
Mi mamá me llevó al hospital, donde un médico me examinó el brazo. Después de hacerme una radiografía, el médico me dijo que tenía una fractura. ¡Una fractura! Nunca antes me había roto nada.
Me pusieron un yeso en el brazo, que era blanco y grande. Me sentía un poco incómoda, pero también un poco como una heroína. ¡Tenía una historia que contar!
Cuando salimos del hospital, Rodrigo y Mario estaban esperándonos en la entrada. Se acercaron a mí con caras tristes.
"¿Cómo estás, Sofía?" preguntó Mario.
"Tengo un yeso," dije, mostrando mi brazo. "Pero estoy bien".
Rodrigo y Mario me ofrecieron disculpas nuevamente, y prometieron que nunca más jugarían tan bruscamente.
"Lo importante es que estás bien," dijo mi mamá, abrazándome. "Ahora, vamos a casa a descansar".
Aunque me había caído y me había roto el brazo, todavía recordaba ese día como un día divertido. Había jugado con mis amigos, había comido galletas deliciosas y, lo más importante, había aprendido una lección importante: ¡hay que tener cuidado al jugar!
Además, ¡tenía un yeso que todos mis amigos podían firmar! Y así, mi día en el supermercado y el parque se convirtió en una aventura inolvidable, con un pequeño viaje al hospital como bono. Ahora, cuando voy al parque, siempre recuerdo tener cuidado y prestar atención a mi entorno. Y también, siempre me acuerdo de mis amigos, Rodrigo y Mario, y de lo mucho que los quiero.
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