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Gratis · elegí una vozLa Doctora Dientes Dulces tenía el consultorio más colorido de toda la ciudad. Las paredes eran de color rosa chicle, las sillas parecían caramelos gigantes y hasta el cepillo de dientes que usaba para mostrar cómo cepillarse era ¡con sabor a fresa! Pero hoy, el consultorio estaba un poco… caótico. Además de ser dentista, ¡la Doctora Dientes Dulces también atendía la recepción! Era un trabajo muy difícil, especialmente cuando llegaban muchos pacientes a la vez.
"¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarles?" preguntó la Doctora Dientes Dulces con una sonrisa, mientras intentaba equilibrar una pila de radiografías, un teléfono que no paraba de sonar y una lista de pacientes.
Primero llegó la Señora Tortuga, que necesitaba una limpieza dental antes de su gran viaje a la playa. Luego, apareció el Señor Lobo, con un dolor de muelas terrible por comer demasiados caramelos de miel (¡qué ironía!). Y justo después, llegó la pequeña Alicia, que había perdido su primer diente y estaba muy emocionada de mostrarle el hueco a la Doctora Dientes Dulces.
"¡Un momento, por favor!" exclamó la Doctora Dientes Dulces, corriendo de un lado a otro. Anotó a la Señora Tortuga en la agenda, le dio al Señor Lobo un analgésico y felicitó a Alicia por su diente perdido. ¡Uf, qué ajetreo!
Mientras atendía a la Señora Tortuga, el Señor Lobo se impacientó. "¡Doctora, me duele mucho! ¿Cuándo me va a atender?" gritó desde la sala de espera.
"¡Enseguida voy, Señor Lobo!" respondió la Doctora Dientes Dulces, intentando calmarlo. Pero antes de que pudiera terminar la limpieza de la Señora Tortuga, llegó un nuevo paciente: ¡el Conejo Saltarín, que se había roto un diente jugando al baloncesto!
"¡No puede ser!" murmuró la Doctora Dientes Dulces, sintiendo que su cabeza daba vueltas. Le explicó al Conejo Saltarín que estaba muy ocupada y le pidió que volviera más tarde. El Conejo, decepcionado, se marchó saltando tristemente.
Y así continuó el día. Pacientes llegaban, pacientes se iban porque la Doctora estaba ocupada. Limpiezas, empastes, extracciones… ¡La Doctora Dientes Dulces no paró ni un segundo! Entre paciente y paciente, también tenía que contestar el teléfono, pedir materiales dentales y… ¡comprobar las ofertas online! Le encantaba comprar cosas nuevas, aunque a veces no las necesitara mucho. En una esquina del consultorio, se amontonaban cajas llenas de cosas extrañas: un sombrero de mariachi gigante, un juego de té para hormigas, una máquina para hacer burbujas con sabor a pizza… ¡Una locura!
Finalmente, el sol comenzó a ponerse y el último paciente se fue. La Doctora Dientes Dulces se desplomó en su silla, exhausta. "¡Qué día!" exclamó, suspirando. Miró la pila de facturas y recibos sobre su escritorio. "Ahora solo falta cobrar a los pacientes… pero, ¡ay no!"
La Doctora Dientes Dulces miró la lista de pacientes y luego la pila de dinero en su caja registradora. ¡No coincidían! No recordaba a quién le había cobrado y a quién no. Se había confundido tanto con tanto ajetreo que había perdido la cuenta.
"¡Oh, no! ¿Qué voy a hacer?" se lamentó la Doctora Dientes Dulces. Estaba a punto de rendirse cuando escuchó un pequeño ruido. Miró hacia la esquina donde estaban las cajas amontonadas y vio a Alicia, la niña del diente perdido, jugando con el sombrero de mariachi gigante.
"Alicia, ¿qué haces aquí?" preguntó la Doctora Dientes Dulces.
"Estaba esperando para agradecerle por ser tan amable conmigo", respondió Alicia. "Y también… vi que estaba preocupada por el dinero. ¿Puedo ayudar?"
La Doctora Dientes Dulces se sorprendió. "¿Sabes contar dinero?"
"¡Claro! Mi abuela me enseñó", dijo Alicia con una sonrisa.
Y así, Alicia y la Doctora Dientes Dulces se pusieron a trabajar juntas. Alicia revisó la lista de pacientes y preguntó a la Doctora Dientes Dulces quién había pagado y quién no. Con la ayuda de Alicia, la Doctora Dientes Dulces logró cuadrar las cuentas. ¡Qué alivio!
"¡Gracias, Alicia! Eres una genio", dijo la Doctora Dientes Dulces, abrazando a la niña. "Me has salvado el día."
Alicia sonrió. "De nada, Doctora. Me gusta ayudar."
Esa noche, la Doctora Dientes Dulces aprendió una valiosa lección. Se dio cuenta de que no podía hacerlo todo sola. Necesitaba ayuda, y también necesitaba dejar de comprar tantas cosas innecesarias. Decidió contratar a una recepcionista para que la ayudara con los pacientes y prometió donar las cajas llenas de cosas raras a una organización benéfica.
Al día siguiente, el consultorio de la Doctora Dientes Dulces estaba mucho más tranquilo y organizado. Tenía una nueva recepcionista, la Señora Oso, que era muy eficiente y amable. Y en la esquina, donde antes había un montón de cajas, solo quedaba un pequeño cartel que decía: "¡Menos compras, más sonrisas!" La Doctora Dientes Dulces sonrió. ¡Este sí que iba a ser un buen día!
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