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Ema y Luna saltan contentas. ¡Hoy es un día especial! Van de paseo con la tía Ana. Viven lejos, en un campo lleno de árboles y vacas, por eso pocas veces ven el mar. Para ellas, visitar la ciudad es una gran aventura.
La tía Ana las espera en la esquina, con una gran sonrisa y un bolso lleno de sorpresas. Suben al colectivo. ¡Qué suerte! El colectivo pasa por la costa. Ema y Luna pegan sus narices al vidrio, mirando las olas que rompen en la arena. El agua brilla bajo el sol, como si estuviera llena de diamantes.
Finalmente, el colectivo las deja en la plaza. ¡Es enorme! Hay niños corriendo por todas partes, palomas picoteando el suelo y un carrusel que gira sin parar. "¡La calesita!", grita Luna, señalando el carrusel con entusiasmo. Ema asiente con la cabeza, con los ojos brillantes.
La tía Ana compra tres boletos y pronto están montadas en sus caballos de madera. Ema elige un caballo blanco con una melena dorada, y Luna se sube a un caballo rojo con manchas negras. La música empieza a sonar, alegre y rápida, y la calesita comienza a girar. Ema y Luna cantan y se ríen a carcajadas, sintiendo el viento en sus caras.
Después de la calesita, van al tobogán. ¡Es muy alto! Ema sube primero, con cuidado, y se desliza hacia abajo con un grito de alegría. Luna la sigue, un poco más nerviosa, pero al final se divierte tanto como su hermana. Juegan al tobogán una y otra vez, hasta que están cansadas.
Luego juegan a la escondida detrás de los grandes árboles de la plaza. Ema se esconde detrás de un árbol con un tronco muy ancho, mientras Luna cuenta hasta diez. "¡Lista o no, allá voy!", grita Luna, y empieza a buscar a su hermana. Después de un rato, la encuentra y se ríen juntas.
"¿A dónde vamos ahora, tía Ana?", pregunta Ema, con curiosidad.
"¡Tenemos una sorpresa!", responde la tía Ana, guiñándoles un ojo. "Vamos al puerto a ver los barcos y los lobos marinos."
Ema y Luna se toman de la mano y siguen a la tía Ana hasta el puerto. ¡Es un lugar lleno de vida! Hay barcos de todos los tamaños, desde pequeños botes de pesca hasta grandes barcos de carga. El aire huele a sal y a pescado.
De repente, escuchan un sonido fuerte y grave. "¡Auuu!", aúlla un lobo marino. Ema y Luna se asustan un poco. Los lobos marinos son muy grandes y tienen unos bigotes largos y gruesos. Los miran de lejos, con un poco de miedo y mucha curiosidad. Ven a los lobos marinos tomando el sol en las rocas y jugando en el agua. Son animales muy simpáticos, aunque un poco ruidosos.
"¿Quieren verlos más de cerca?", pregunta la tía Ana.
Ema y Luna se miran entre ellas. Están un poco indecisas. "No sé...", dice Ema.
"Podemos quedarnos aquí, si quieren", dice la tía Ana, con cariño. "Lo importante es que se sientan cómodas."
Finalmente, deciden quedarse donde están y seguir observando a los lobos marinos desde la distancia. Después de un rato, la tía Ana dice: "¿Qué les parece si vamos a tomar un helado?".
"¡Sí!", exclaman Ema y Luna al unísono. Los helados son su postre favorito.
Van a una heladería que está cerca del puerto y cada una elige su sabor preferido. Ema elige helado de fresa, Luna elige helado de chocolate y la tía Ana elige helado de vainilla. Se sientan en un banco de la plaza y disfrutan de sus helados, mientras ven pasar a la gente.
Después de terminar sus helados, la tía Ana dice: "Bueno, chicas, tenemos que volver a casa. Mamá las está esperando para que le cuenten todo lo que vieron."
Ema y Luna se ponen un poco tristes al escuchar eso. No quieren que el día termine. Pero saben que la tía Ana tiene razón. Tienen que volver a casa.
Suben al colectivo de nuevo y se despiden del mar con la mano. El colectivo se aleja de la ciudad y se adentra en el campo. Ema y Luna se acurrucan en los brazos de la tía Ana y se quedan dormidas.
Cuando llegan a casa, mamá las está esperando en la puerta con una gran sonrisa. "¿Cómo les fue en la ciudad?", pregunta.
Ema y Luna se despiertan y empiezan a contarle a su mamá todo lo que vieron y todo lo que hicieron. Le cuentan sobre la calesita, el tobogán, los lobos marinos y el helado. Mamá escucha atentamente, con los ojos brillantes de alegría. Sabe que sus hijas han tenido un día maravilloso.
Antes de irse a dormir, Ema y Luna le dan un beso a su mamá y le agradecen por haberlas dejado ir a la ciudad con la tía Ana. Saben que nunca olvidarán este día mágico.
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