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Gratis · elegí una vozEra un día lluvioso, un día de esos que parecen grises y aburridos. Mateo estaba sentado junto a la ventana, con la nariz pegada al cristal empañado. Afuera, el cielo lloraba a cántaros. Gotas gordas y juguetonas resbalaban por el vidrio, dibujando carreras locas. Mateo suspiró. ¡Qué ganas tenía de salir a jugar al parque!
De repente, algo llamó su atención. Al otro lado de la calle, una niña estaba de pie bajo la lluvia, con los brazos extendidos y la cara hacia arriba. No parecía preocupada por mojarse. Al contrario, ¡parecía estar disfrutando cada gota! Reía y giraba, como si la lluvia fuera una lluvia de confeti. Mateo la observó asombrado. Nunca había visto a nadie tan feliz bajo la lluvia.
En ese momento, sintió un empujón suave en su pierna. Era Rufo, su cerdito. Rufo no era un cerdito cualquiera. Era un cerdito muy especial, con el pelo rosa, una nariz respingona y una energía inagotable. A Rufo le encantaba jugar, y los días de lluvia no eran una excepción. Rufo gruñó suavemente, mirándolo con sus ojitos brillantes, como diciendo: "¿Qué esperas? ¡La lluvia es divertida!"
Mateo sonrió. Rufo siempre sabía cómo animarlo. Pero la idea de salir bajo la lluvia… no le terminaba de convencer. Estaba seguro de que se llenaría de barro. Y a su mamá no le gustaba nada cuando se llenaba de barro.
Rufo, al ver su duda, comenzó a dar saltitos alrededor de sus pies, gruñendo con entusiasmo. Señalaba con su hocico la ventana, donde la niña seguía bailando bajo la lluvia. Mateo miró a la niña, luego a Rufo, y luego otra vez a la niña. Algo en la alegría despreocupada de la niña lo contagió. Quizás, solo quizás, la lluvia no era tan mala después de todo.
"Está bien, Rufo," dijo Mateo finalmente, "pero prométeme que no nos llenaremos mucho de barro." Rufo respondió con un chillido de alegría y comenzó a dar vueltas alrededor de Mateo, moviendo su colita rosada.
Mateo se puso sus botas de agua amarillas y su impermeable azul. Rufo, por supuesto, no necesitaba botas ni impermeable. Los cerditos son felices bajo la lluvia, pensó Mateo. Abrió la puerta y salió al jardín.
¡Guau! El jardín se había transformado en un mundo mágico. Las hojas de los árboles brillaban bajo la lluvia, como si estuvieran cubiertas de diamantes. El césped estaba empapado y suave. Y, por supuesto, ¡charcos de lodo por todas partes!
Rufo, sin pensarlo dos veces, corrió hacia el charco más grande y se revolcó en él, gruñendo de felicidad. Mateo lo miró con los ojos muy abiertos. "¡Rufo! ¡Te dije que no te llenaras de barro!"
Pero Rufo no lo escuchaba. Seguía revolcándose en el barro, disfrutando cada segundo. Mateo suspiró. ¿Qué podía hacer? Él también quería divertirse.
Así que, con una sonrisa, Mateo se unió a Rufo en el charco de lodo. Al principio, fue un poco asqueroso. El lodo era frío y pegajoso. Pero pronto, la risa de Rufo y la alegría de chapotear en el barro lo contagiaron. Comenzaron a jugar juntos, salpicándose de lodo y riendo a carcajadas.
Mateo olvidó por completo que estaba mojado y embarrado. Solo recordaba que se estaba divirtiendo mucho, muchísimo. Nunca había sentido tanta libertad y alegría.
De repente, Mateo se acordó de la niña que había visto desde la ventana. Miró hacia la calle y la vio de pie en la acera, observándolos con una sonrisa. Mateo le hizo un gesto con la mano y ella respondió con otro gesto.
Mateo invitó a la niña a jugar con ellos, pero ella negó con la cabeza y señaló hacia su casa. Parecía que tenía que entrar. Mateo la entendió. Tal vez otro día podrían jugar juntos.
La lluvia comenzó a amainar. Las nubes grises se fueron abriendo, dejando ver un trozo de cielo azul. El sol comenzó a brillar tímidamente entre las nubes. La lluvia estaba terminando.
Mateo y Rufo volvieron a casa, empapados y llenos de lodo, pero con el corazón lleno de alegría. Sabían que su mamá no estaría muy contenta al verlos en ese estado, pero también sabían que habían vivido una aventura inolvidable.
Después de un buen baño caliente, Mateo y Rufo se acurrucaron en el sofá, mirando por la ventana. El sol brillaba con fuerza y el jardín parecía otro. Todo estaba limpio y fresco. Mateo sonrió. Aunque la lluvia había parado, el recuerdo de su día mágico con Rufo permanecería con él para siempre. Y sabía que, la próxima vez que lloviera, ya no se quedaría mirando por la ventana, sino que saldría a disfrutar de la lluvia con su amigo cerdito.
Esperarían a que escampe para invitar a la niña a jugar. Imaginó los tres corriendo y saltando en los charcos, riendo bajo el sol naciente después de la lluvia. Sería una aventura aún más grande, ¡una aventura con amigos!
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