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Gratis · elegí una vozEn la soleada ciudad de Colores Brillantes, vivía la Maestra Estela, una persona especial. Ella era maestra de apoyo a la inclusión en la clase de los Conejitos Saltarines, ¡una sala llena de niños de tres años con la energía de un torbellino! Pero entre todos los conejitos, había uno muy especial: Tomás. Tomás tenía un pequeño secreto: a veces, las palabras jugaban al escondite en su boca. Tomás tenía Trastorno del Habla, y aunque entendía todo perfectamente, expresar lo que sentía podía ser como intentar atrapar una mariposa con guantes de boxeo.
La Maestra Estela amaba su trabajo. Cada día era una aventura, una oportunidad para ayudar a sus pequeños a florecer. Y con Tomás, la aventura era aún más emocionante. Ella sabía que la paciencia y la creatividad eran sus mejores herramientas.
Un lunes por la mañana, el sol brillaba con fuerza, prometiendo un día lleno de juegos y risas. Cuando Tomás entró en la clase, abrazó a la Maestra Estela con fuerza. “¡Hola, Tomás! ¡Qué alegría verte!”, exclamó ella, devolviéndole el abrazo. Tomás sonrió, pero no dijo nada. En lugar de hablar, señaló un dibujo de un sol sonriente pegado en la pared.
La Maestra Estela entendió al instante. “¡Te gusta el sol! ¡A mí también! Hoy vamos a pintar soles gigantes con nuestros dedos.”, dijo con entusiasmo. Tomás asintió, sus ojos brillando como pequeñas estrellas.
La mañana transcurrió entre canciones, bailes y, por supuesto, ¡pintura! La Maestra Estela se aseguró de que Tomás se sintiera incluido en cada actividad. Si los demás niños cantaban “La Vaca Lola”, ella adaptaba la canción para que Tomás pudiera participar con gestos y movimientos. Si jugaban a construir torres de bloques, ella le proporcionaba bloques con diferentes texturas para que experimentara con sus manos.
Durante el tiempo de juego libre, Tomás se acercó a un grupo de niños que estaban jugando con coches. Quería unirse, pero no sabía cómo pedir un coche. La Maestra Estela observaba desde la distancia, lista para intervenir si era necesario. Tomás señaló un coche rojo y dijo, con un poco de esfuerzo: "¡Rojo!". Los otros niños no entendieron al principio. Uno de ellos frunció el ceño.
La Maestra Estela se acercó suavemente. “Tomás quiere jugar con el coche rojo. ¿Quién le presta un ratito?”, preguntó con una sonrisa amable. Los niños, al ver que la maestra entendía a Tomás, le ofrecieron el coche rojo con entusiasmo. Tomás sonrió ampliamente y empezó a jugar con ellos, haciendo ruidos de coches y compartiendo risas.
Después del almuerzo, era hora del cuento. La Maestra Estela sacó su libro favorito: “El Elefante Elmer”. A Tomás le encantaba Elmer. La Maestra Estela leyó la historia con entusiasmo, haciendo diferentes voces para cada personaje. Cuando llegó la parte en la que Elmer se pintaba de colores, Tomás soltó una pequeña risita.
De repente, Tomás señaló una palabra en el libro y murmuró algo ininteligible. La Maestra Estela se inclinó hacia él, con paciencia. “¿Qué quieres decir, Tomás? ¿Puedes intentar repetirlo?”, le animó suavemente. Tomás respiró hondo y, con gran esfuerzo, dijo: “¡Co-lo-res!”.
La Maestra Estela sintió una oleada de alegría. “¡Sí, Tomás! ¡Colores! ¡Muy bien!”, exclamó, abrazándolo con fuerza. Los otros niños aplaudieron, celebrando el pequeño gran logro de Tomás.
Después del cuento, la Maestra Estela organizó una actividad sorpresa: ¡una búsqueda del tesoro de palabras! Escondió tarjetas con dibujos de diferentes objetos por toda la clase. Cada vez que los niños encontraban una tarjeta, tenían que intentar decir la palabra representada en el dibujo.
Tomás estaba muy emocionado. Encontró una tarjeta con el dibujo de una manzana. Con mucho esfuerzo, logró decir: “¡Ma-a!”. La Maestra Estela lo felicitó con entusiasmo. “¡Eres un campeón, Tomás! ¡Has encontrado el tesoro de la manzana!”, dijo, dándole un pequeño abrazo.
Al final del día, Tomás se acercó a la Maestra Estela con una sonrisa radiante. Cogió su mano y, con una voz suave pero clara, dijo: “¡Gra-cias, Ma-es-tra!”. La Maestra Estela sintió que su corazón se llenaba de alegría. Ese pequeño "Gracias" era el tesoro más valioso que podía recibir.
Cuando Tomás se fue a casa, la Maestra Estela se sentó en su silla, cansada pero feliz. Sabía que el trabajo con Tomás era un desafío, pero también era una gran recompensa. Cada pequeño avance, cada palabra pronunciada, era una victoria que celebraba con todo su corazón. Porque la Maestra Estela sabía que cada niño, sin importar sus dificultades, tenía un tesoro de palabras esperando a ser descubierto.
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