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Gratis · elegí una vozHabía una vez una chica llamada Ana a la que le gustaba el chocolate. ¡Le encantaba! Chocolate en barra, chocolate en leche, chocolate blanco, chocolate con nueces, chocolate en helado, chocolate en pastel… ¡todo tipo de chocolate! Su habitación parecía una pequeña fábrica de dulces, siempre con algún envoltorio brillante asomando por debajo de la cama o un aroma dulce flotando en el aire. Sus padres, aunque contentos de verla feliz, a veces se preocupaban un poco por su excesivo amor por el chocolate.
Pero un día, algo extraordinario ocurrió. Ana se despertó con un antojo de chocolate más grande que nunca. Era sábado, su día favorito, porque significaba que podía desayunar con sus padres y luego tener toda la tarde para jugar. Bajó corriendo las escaleras, casi tropezando con su gato, Mochi, que dormía plácidamente en el último escalón.
"¡Buenos días!" gritó Ana, entrando a la cocina donde sus padres ya estaban preparando el desayuno. El olor a tostadas recién hechas y café recién colado llenaba el aire. Pero Ana solo tenía ojos para el chocolate. Buscó con la mirada, pero no vio su barra de chocolate favorita, la de chocolate con leche y almendras.
"Mamá, papá, ¿dónde está mi chocolate?" preguntó Ana con un tono un poco impaciente.
Su madre sonrió. "Está en el armario, cariño. Pero recuerda, primero el desayuno, luego el postre."
Ana hizo un puchero, pero obedeció. Se sentó a la mesa y comió sus tostadas con mantequilla y mermelada. Mientras comía, no podía dejar de pensar en el chocolate. Imaginaba el crujido de las almendras, el sabor dulce y cremoso derritiéndose en su boca… ¡Era una tortura deliciosa!
Finalmente, terminó el desayuno. Corrió al armario y sacó su preciada barra de chocolate. Estaba tan emocionada que casi se le cayó de las manos.
"¡Por fin!" exclamó Ana, arrancando el envoltorio con entusiasmo. Pero justo cuando estaba a punto de darle el primer mordisco, ¡tragedia! Tropezó con Mochi, que se había enredado entre sus pies, y la barra de chocolate salió volando por los aires.
Ana observó horrorizada cómo su amado chocolate describía una parábola perfecta antes de aterrizar… ¡en el arenero de Mochi! La barra de chocolate quedó cubierta de arena y… bueno, ya se imaginan.
Ana se quedó paralizada. Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¡Su chocolate! ¡Arruinado! Empezó a llorar a moco tendido. Sus padres, al oír el alboroto, corrieron a la cocina.
"¿Qué pasa, cariño?" preguntó su madre, abrazándola.
Entre sollozos, Ana explicó lo sucedido. "¡Mi chocolate… en el arenero! ¡Ya no puedo comerlo!" La desesperación en su voz era palpable.
Su padre la abrazó también. "Lo siento mucho, Ana. Pero no te preocupes, podemos comprarte otro."
"¡Pero no es lo mismo!" gritó Ana, aún llorando. "¡Quería este chocolate!"
Su madre, con una idea en mente, le dijo: "Ana, ¿qué te parece si en lugar de comer chocolate hoy, hacemos algo diferente? Podríamos hornear galletas juntos, o ir al parque a jugar. ¡Podemos hacer lo que tú quieras!"
Ana se secó las lágrimas y miró a sus padres. La idea de hornear galletas sonaba bastante bien. Le encantaba amasar la masa y decorar las galletas con chispas de colores. Además, pasar tiempo con sus padres siempre era divertido.
"¿Podemos hacer galletas de chocolate?" preguntó Ana, con una pequeña sonrisa asomando entre las lágrimas.
Su padre se rió. "¡Por supuesto! Podemos hacer las galletas de chocolate más deliciosas del mundo."
Y así fue como Ana pasó la tarde horneando galletas de chocolate con sus padres. Se rieron, se ensuciaron las manos de harina y crearon galletas deliciosas. Al final del día, Ana estaba cansada pero feliz. Se dio cuenta de que, aunque le encantaba el chocolate, lo que realmente la hacía feliz era pasar tiempo con su familia.
Esa noche, antes de dormir, Ana pensó en el chocolate que se había caído en el arenero. Ya no se sentía tan triste. Había aprendido una valiosa lección: a veces, las cosas no salen como uno quiere, pero siempre hay otras cosas maravillosas que disfrutar en la vida. Y aunque el chocolate era delicioso, la compañía de su familia era aún más dulce. Al día siguiente, Ana comió una manzana. Y le supo… ¡a gloria! Poco a poco, su obsesión por el chocolate fue disminuyendo, y aprendió a disfrutar de otras cosas también.
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