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Gratis · elegí una vozEra un recreo soleado, el sol brillaba con fuerza sobre el patio de la escuela. Los niños del curso estaban jugando fútbol, como casi todos los días. El césped, un poco gastado por tantas carreras y saltos, era el escenario de sus aventuras. Andrés era el capitán del equipo rojo, un chico alto y fuerte, siempre lleno de energía. Camila, con su cabello castaño recogido en una trenza, lideraba el equipo azul. Era rápida y ágil, una verdadera estrella en el campo.
A todos les gustaba jugar, eso era innegable. El fútbol los unía, les daba la oportunidad de correr, reír y sentir la emoción de la competencia. Pero últimamente, algo había cambiado. Los partidos terminaban mal: algunos se gritaban, otros se enojaban y nadie quería jugar juntos después. La diversión se había ido, reemplazada por la frustración y el resentimiento.
Ese día, el partido empezó igual que los anteriores. Los equipos se posicionaron, listos para luchar por la victoria. El silbato sonó y la pelota echó a rodar. Al principio, todo parecía normal. Pero pronto, la tensión empezó a crecer. Una jugada dudosa, un choque accidental, y las chispas empezaron a saltar.
—¡Eso fue falta! —gritó Camila, señalando con el dedo a un jugador del equipo rojo. Su voz, normalmente dulce y alegre, ahora sonaba tensa y acusadora.
—¡No fue! ¡Tú exageras! —respondió Andrés, cruzado de brazos y con el ceño fruncido. Su actitud era desafiante, como si estuviera listo para una pelea. La discusión subió de tono rápidamente. Los gritos se hicieron más fuertes, las acusaciones más directas. El ambiente se volvió pesado y desagradable.
Los demás se quedaron en silencio, sin saber qué hacer. Miraban de un lado a otro, con la incomodidad pintada en sus rostros. Nadie quería meterse en la pelea, pero tampoco podían ignorar lo que estaba pasando. La alegría del juego había desaparecido por completo, reemplazada por una atmósfera de tensión y conflicto.
Entonces, Valen, una compañera que no jugaba al fútbol, se acercó. Valen era una niña tranquila y observadora, a la que le gustaba leer y dibujar. No era una atleta, pero tenía una gran inteligencia emocional. Siempre sabía qué decir para calmar las aguas y encontrar soluciones a los problemas.
Con una voz suave pero firme, Valen dijo con calma: —Si siguen peleando, nadie se va a divertir. ¿Por qué no hablan y se ponen de acuerdo? Su comentario, sencillo pero directo, hizo que todos se detuvieran y reflexionaran. Tenía razón. La pelea no estaba llevando a ninguna parte. Solo estaba arruinando el juego y lastimando los sentimientos de todos.
Todos la miraron. Sus palabras resonaron en el silencio. Valen tenía razón. Si seguían así, el recreo se convertiría en un infierno. Nadie disfrutaría del juego, y la amistad entre ellos se resentiría. Era hora de cambiar las cosas.
Camila respiró hondo, tratando de controlar su enojo. Se dio cuenta de que había estado actuando de forma impulsiva y que sus gritos no estaban ayudando en nada. Con un tono más calmado, dijo: —Está bien, Andrés, tal vez me equivoqué. Sigamos jugando, pero con respeto.
Andrés sonrió, aliviado de que la discusión hubiera terminado. Reconoció que él también había sido parte del problema, reaccionando de forma exagerada y sin escuchar a los demás. —Trato hecho. Perdón por gritarte —respondió, extendiendo su mano hacia Camila.
Camila estrechó su mano, sellando la tregua. El ambiente se relajó de inmediato. Los demás jugadores suspiraron aliviados, sintiendo que la tensión se disipaba. El juego podía continuar, pero esta vez, con una actitud diferente.
El juego continuó, pero esta vez se escuchaban frases nuevas. En lugar de gritos y acusaciones, se oían palabras de aliento y apoyo. —¡Buen pase! —animaba un jugador. —¡Tranquilo, tú puedes! —gritaba otro. —¡Qué golazo! —exclamaba un tercero, celebrando una buena jugada.
La actitud de los jugadores había cambiado por completo. Ahora se concentraban en jugar en equipo, en ayudarse mutuamente y en disfrutar del juego. El respeto y la amistad habían reemplazado a la competencia desmedida.
Cuando terminó el recreo, nadie hablaba del marcador. El resultado del partido había perdido importancia. Lo que realmente importaba era que todos se habían divertido y habían jugado juntos en armonía. Todos reían y se daban la mano, celebrando el espíritu deportivo y la amistad.
La maestra, Doña Elena, los vio desde lejos, observando cómo los niños se reían y se abrazaban. Sonrió, sintiendo una gran satisfacción. Se acercó al grupo y les dijo: —Ese sí fue un verdadero partido ganador: ganaron en respeto y amistad.
Los niños la miraron con orgullo. Habían aprendido una lección importante: que la amistad y el respeto son más importantes que ganar un partido. Ese día, el fútbol aprendió a sonreír, gracias a la valentía de Valen y la disposición de Andrés y Camila para cambiar su actitud. Y así, cada recreo se convirtió en una oportunidad para disfrutar del juego y fortalecer los lazos de amistad.
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