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En un pueblito arrullado por el Río Risueño, vivía un indígena llamado Rufino, famoso por su… bueno, por su capacidad de quejarse. No es que fuera un mal tipo, ¡no, no! Era solo que veía el mundo de una manera… peculiar. Un día, el Cacique, un señor con un penacho más grande que su sentido común, le encomendó una tarea: recoger arena del río para construir su nueva choza, ¡que iba a ser la más grande del pueblo, por supuesto!
Rufino, con su canasta de mimbre (que también se quejaba un poco por lo vieja que era), se dirigió al río. Se metió hasta las rodillas, ¡y ahí empezó el drama! "¡Ay, ay, ay!", exclamó Rufino, salpicando agua con furia. "¡Este río está imposible! ¡Imposible!".
Los demás indígenas, que sí estaban recogiendo arena (con menos drama, todo hay que decirlo), lo miraron con curiosidad. "¿Qué pasa, Rufino? ¿Te mordió una piraña imaginaria?", bromeó una anciana.
"¡Pirañas no! ¡Peor!", respondió Rufino, con un tono dramático. "¡Oro! ¡Oro por todas partes! ¡No se puede ver ni un grano de arena! ¡Está todo obstruido con pepitas brillantes! ¡Qué barbaridad! ¡Uno no puede trabajar así!".
Los demás se rieron. "¡Oro! ¡Rufino, estás delirando! ¡Desde cuándo el Río Risueño tiene oro! ¡Siempre ha tenido piedritas y algún que otro renacuajo!".
Pero Rufino insistió. "¡Es la verdad! ¡Está lleno! ¡Es un estorbo, un verdadero estorbo!".
Al día siguiente, Rufino se presentó ante el Cacique, con la canasta vacía y una cara de mártir. "Mi Cacique", dijo, con voz temblorosa. "Lo siento muchísimo, pero no pude cumplir con su honorable encargo. El río… ¡está lleno de oro! ¡Tanto oro que no deja ver la arena! Es… es una calamidad!".
El Cacique, que ya estaba imaginando su choza gigante, se puso rojo de furia. "¡¿Oro?! ¡¿Y por eso no trajiste arena?! ¡Eres un inútil! ¡Despedido! ¡No sirves para nada! ¡En mis tiempos, la gente tenía vocación! Ahora solo hay… ¡gente que se queja del oro!".
Y así, Rufino fue despedido. "¡Qué barbaridad!", se quejaba mientras caminaba de regreso a su cabaña. "¡Ahora qué voy a hacer! ¡Tendré que buscar otro trabajo! ¡Con lo cómodo que era quejarse recogiendo arena!".
Al día siguiente, el Cacique, todavía indignado, tuvo una idea "brillante". "¡Si hay oro en el río, lo vamos a explotar!", exclamó, con los ojos brillando más que las supuestas pepitas de Rufino. Ordenó vallar el río y puso letreros que decían: "¡Prohibido bañarse! Zona de recolección de arena (y, tal vez, oro)".
Mientras tanto, ¿qué hacía Rufino? Pues, sorprendentemente, ¡vendía pepitas de oro en el mercado! Sí, sí, pepitas de oro. Resulta que, aunque se quejaba mucho, Rufino no era tonto. Había recogido unas cuantas (bueno, bastantes) pepitas mientras "intentaba" recoger arena.
"¡Vendo oro, vendo oro! ¡El oro más barato del pueblo! ¡Directo del Río Risueño!", gritaba Rufino, con una sonrisa irónica. Pero, incluso vendiendo oro, ¡seguía quejándose! "¡Qué calor hace! ¡Qué gente tan regateadora! ¡Este oro pesa mucho! ¡Qué barbaridad!".
El Cacique, al ver a Rufino vendiendo oro, se puso aún más furioso. "¡Ese vago! ¡Se está enriqueciendo con MI oro!", gritaba, mientras intentaba recoger "arena" en el río, encontrando solo barro y algún que otro renacuajo.
Al final, nadie encontró oro en el río, excepto Rufino (que ya lo había vendido todo). El Cacique se quedó con su choza a medio construir, llena de barro en lugar de arena, y Rufino… bueno, Rufino seguía quejándose, pero ahora desde su nueva y confortable cabaña, construida con las ganancias de la venta del oro. Y, aunque parezca mentira, ¡se quejaba de que la cabaña era demasiado grande! ¡Qué barbaridad!
Y así termina la historia de Rufino, el indígena que se quejaba del oro. Una historia que nos enseña que a veces, las cosas que parecen un estorbo pueden ser una oportunidad, y que siempre, siempre, habrá alguien que se queje de algo. ¡Incluso si es del oro!
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