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Gratis · elegí una vozUn día, mi mamá me mandó a cuidar a mi abuela porque estaba enferma. Fui con la peor de las ondas. ¡Uf! Llovía a cántaros y tuve que ponerme mi capa de lluvia roja, esa que tanto detesto porque me hace sentir como un tomate gigante con capucha. Además, tenía que llevar la canasta, ¡una canasta que parecía llena de piedras en lugar de galletas y sopa! Era pesadísima.
Bufé y resoplé mientras salía de casa. Las gotas de lluvia me golpeaban la cara y la canasta se balanceaba peligrosamente. "¡Qué día más horrible!", pensé. La calle parecía un río marrón y los charcos eran trampas traicioneras esperando a empapar mis zapatos.
Finalmente, llegué a la casa de mi abuela. Toqué el timbre, y después de un rato, la puerta se abrió lentamente. Allí estaba mi abuela, con su bata floreada y una carita triste. Parecía un pajarito mojado.
"¡Ay, mi amor!", dijo con una voz débil. "Qué bueno que llegaste. No me siento nada bien."
Entré a la casa y dejé la pesada canasta en la mesa. "¿Qué te duele, abuela?", le pregunté, tratando de sonar menos gruñón de lo que me sentía.
"Me duele la garganta y tengo mucho frío", respondió. "Y no tengo ganas de comer nada."
Recordé lo que mi mamá me había dicho. "Tienes que darle la sopa de pollo y las galletas de jengibre. ¡Eso la animará!"
Pero, ¿cómo animar a alguien cuando yo mismo estaba de tan mal humor? Miré alrededor. La casa de mi abuela siempre olía a canela y libros viejos, pero hoy solo olía a medicina y tristeza.
Decidí empezar por la sopa. La calenté en la estufa y preparé una taza de té con miel. Luego, con mucho cuidado, llevé la bandeja a la habitación de mi abuela.
"Aquí tienes, abuela", dije. "Sopa caliente y té para que te sientas mejor."
Mi abuela tomó un sorbo de sopa y cerró los ojos. "¡Qué rica!", dijo con una pequeña sonrisa. "Gracias, mi cielo."
Verla sonreír me hizo sentir un poquito mejor. Tal vez cuidar a mi abuela no era tan malo después de todo. Después de la sopa, le ofrecí las galletas de jengibre. Las mordisqueó lentamente, disfrutando cada bocado.
"¿Sabes?", dijo mi abuela. "Estas galletas me recuerdan a cuando eras pequeño y venías a visitarme. Siempre te gustaba ayudarme a hornearlas."
Me quedé pensando. Era verdad. Cuando era más pequeño, me encantaba pasar tiempo con mi abuela en la cocina. Me dejaba amasar la masa y decorar las galletas con chispas de colores.
"Sí, me acuerdo", dije. "Era divertido."
"Deberíamos hornear galletas juntos de nuevo pronto", dijo mi abuela. "Cuando me sienta mejor."
"¡Sí!", exclamé. "Podemos hacer galletas con forma de dinosaurios y cohetes espaciales."
Mi abuela se rió. Su risa era suave y melodiosa, como el sonido de una campanilla. Y de repente, toda la habitación pareció iluminarse. Incluso la lluvia afuera parecía haber amainado un poco.
Pasé el resto de la tarde cuidando a mi abuela. Le leí un cuento, jugamos a las cartas y le conté chistes tontos. Y aunque todavía me sentía un poco cansado y la capa roja seguía siendo un tomate gigante con capucha, ya no estaba de tan mal humor.
Cuando mi mamá vino a recogerme, mi abuela estaba mucho mejor. Ya no tenía tanta fiebre y hasta se había comido dos galletas más.
"Gracias por cuidar a tu abuela", me dijo mi mamá. "Sé que no te hacía mucha ilusión venir con este día."
"No fue tan malo", dije. "Incluso fue divertido."
De camino a casa, pensé en todo lo que había pasado. Tal vez la capa roja no era tan mala después de todo. Tal vez, incluso, me había traído un poco de suerte. Porque al final, no solo cuidé a mi abuela, sino que también me divertí y recordé lo mucho que la quiero. Y eso, sin duda, valía la pena, incluso bajo la lluvia torrencial y con una canasta pesadísima. La capa roja no era solo un disfraz de tomate gigante, ¡era una capa de superhéroe! ¡La capa roja salvó el día de Abuela!
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