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La clase de la Señorita Estrella en tercer grado era… bueno, digamos que era un desafío. Los niños, en lugar de ser las estrellitas brillantes que la Señorita Estrella esperaba, parecían más pequeños cometas chocando entre sí. Hablaban con palabras feas, como si tuvieran espinas en lugar de letras. No escuchaban las instrucciones, dejando sus trabajos a medio hacer, como castillos de arena a punto de ser derribados por la marea. Se peleaban por todo: un lápiz, un color, el orden en la fila. Y lo peor de todo, a menudo le faltaban el respeto a la Señorita Estrella y a sus compañeros, haciendo muecas y comentarios hirientes.
La Señorita Estrella, a pesar de su nombre, se sentía cada día más apagada. Había probado todo: estrellitas doradas por buen comportamiento, tiempo extra de juego, incluso un rincón de la calma con almohadas suaves. Pero nada parecía funcionar. El caos reinaba en su aula, y su corazón se entristecía al ver cómo la alegría de aprender se desvanecía en sus alumnos.
Un viernes por la mañana, la Señorita Estrella llegó al aula con una gran caja de cartón. Los niños, como de costumbre, estaban gritando y corriendo, empujándose unos a otros para ver quién llegaba primero al pupitre. "¡Silencio, por favor!", pidió la Señorita Estrella, su voz un poco más firme de lo habitual. Lentamente, el bullicio se calmó, no por respeto, sino por curiosidad.
"Hoy vamos a hacer un experimento muy especial", anunció la Señorita Estrella, mostrando la caja. "Dentro de esta caja, tengo dos manzanas idénticas. Durante los próximos días, vamos a observar lo que les sucede".
La Señorita Estrella sacó las dos manzanas. Eran rojas, brillantes y se veían deliciosas. Las colocó en dos mesas separadas, una a cada lado del aula. "A una de estas manzanas", continuó la Señorita Estrella, "le diremos cosas bonitas. Le daremos cumplidos, le diremos cuánto la apreciamos. A la otra manzana, le diremos cosas feas. La insultaremos, la criticaremos, le diremos lo mala que es".
Los niños se miraron confundidos. ¿Hablarle a una manzana? Les pareció una tontería. Pero la Señorita Estrella insistió. Durante toda la semana, los niños, siguiendo las instrucciones de la Señorita Estrella, se turnaron para hablar con las manzanas. A la manzana "buena", le decían: "¡Qué hermosa eres!", "¡Eres tan roja y brillante!", "¡Gracias por estar aquí!". A la manzana "mala", le decían: "¡Eres fea!", "¡Nadie te quiere!", "¡Eres una manzana horrible!".
Al principio, los niños se reían. Era divertido insultar una manzana. Pero a medida que pasaban los días, empezaron a notar algo extraño. La manzana "buena", aunque empezaba a mostrar algunas pequeñas manchas, seguía viéndose relativamente fresca y saludable. La manzana "mala", en cambio, se estaba poniendo blanda, marrón y arrugada. Tenía moretones por todas partes, como si hubiera recibido una paliza.
El viernes siguiente, la Señorita Estrella reunió a la clase alrededor de las dos manzanas. La diferencia era impactante. La manzana "buena" todavía tenía un brillo tenue, mientras que la manzana "mala" era casi irreconocible.
"¿Qué ven?", preguntó la Señorita Estrella, su voz suave pero seria.
Un niño, llamado Miguel, que era uno de los más problemáticos de la clase, levantó la mano tímidamente. "La manzana mala… está muy fea", dijo.
"Sí, Miguel", respondió la Señorita Estrella. "Está fea por las palabras que le dijimos. Nuestras palabras la lastimaron, la hicieron sentirse mal por dentro, y eso se reflejó por fuera".
La Señorita Estrella levantó la manzana "buena". "Esta manzana también tiene algunas manchas, ¿verdad? Pero aún se ve mucho mejor. Las palabras amables la ayudaron a mantenerse fuerte, a pesar de las pequeñas imperfecciones".
La Señorita Estrella miró a sus alumnos a los ojos. "Las palabras tienen poder", dijo. "Pueden construir o destruir. Pueden curar o herir. Pueden hacer que alguien se sienta feliz y amado, o triste y solo. Igual que estas manzanas, nosotros también nos vemos afectados por las palabras que escuchamos y las palabras que decimos".
Un silencio profundo llenó el aula. Los niños, por primera vez en mucho tiempo, parecían estar realmente escuchando.
"¿Qué creen que podemos aprender de este experimento?", preguntó la Señorita Estrella.
Una niña, llamada Sofía, que siempre había sido muy callada, levantó la mano. "Debemos ser amables con nuestras palabras", dijo. "Debemos pensar antes de hablar y asegurarnos de que nuestras palabras no lastimen a los demás".
"Exactamente, Sofía", dijo la Señorita Estrella, sonriendo. "Y también debemos ser amables con nosotros mismos. Debemos recordarnos a nosotros mismos que somos valiosos y capaces, y no permitir que las palabras negativas nos afecten".
Ese día, la clase de la Señorita Estrella aprendió una valiosa lección. Dejaron de usar palabras feas y empezaron a ser más amables entre ellos. Empezaron a escuchar las instrucciones y a terminar sus trabajos, sabiendo que el esfuerzo valía la pena. Dejaron de pelear y empezaron a ayudarse mutuamente. Y lo más importante, empezaron a respetar a la Señorita Estrella y a sí mismos. La clase de la Señorita Estrella, finalmente, se convirtió en el lugar brillante y lleno de alegría que ella siempre había soñado.
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