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Emiliano, de ocho años, y Renatha, de cinco, vivían en un barrio tranquilo de Quito, donde el aire frío bajaba de los volcanes Pichincha y Cotopaxi. Las calles empedradas olían a pan recién horneado de la panadería de la esquina. Pero, a pesar de la belleza que los rodeaba, Emiliano y Renatha pasaban la mayor parte del tiempo frente a la televisión.
"¡Emiliano, mira, están dando mi programa favorito!" gritaba Renatha, corriendo hacia el sofá.
Emiliano, con un control remoto en la mano, apenas levantaba la vista de la pantalla. "Ya, ya, Renatha. Solo un ratito más de mi videojuego", murmuraba.
Sus papás, aunque preocupados, esperaban que el interés por la televisión disminuyera. Pero los días se convertían en semanas, y las semanas en meses, sin que nada cambiara. Los niños preferían las aventuras en la pantalla a las que ofrecía la ciudad.
Un día, mientras Emiliano y Renatha estaban absortos en un programa de dibujos animados, ¡PUM! La luz se fue. La televisión se apagó, dejando un silencio repentino en la sala.
"¡Ay, no! ¿Qué pasó?" gritó Renatha, con los ojos llenos de lágrimas.
"Parece que hubo un apagón", dijo su papá, entrando a la sala. "Pero no se preocupen, siempre hay algo divertido que hacer".
Emiliano y Renatha pusieron caras largas. ¿Divertido sin televisión? ¡Imposible!
"¿Qué tal si vamos al Parque Itchimbía?" propuso su mamá. "Podemos ver toda la ciudad desde allá arriba".
Al principio, los niños se mostraron reacios. Pero la insistencia de sus padres y la promesa de un helado los convencieron. Se abrigaron bien con chompas y bufandas, y salieron a la calle.
El Parque Itchimbía era un lugar mágico. Desde allí se veía toda la ciudad de Quito, con sus casas de colores y las imponentes montañas alrededor. Los niños corrieron por el césped, jugaron a las escondidas entre los árboles y se maravillaron con las vistas.
Al día siguiente, la televisión seguía sin funcionar. "¿Y si vamos a La Ronda?" sugirió el papá. "Podemos probar unos deliciosos dulces y escuchar historias antiguas".
La Ronda era una calle empedrada llena de vida. Artesanos trabajaban en sus talleres, músicos tocaban melodías tradicionales y el aire olía a canela y miel. Los niños probaron empanadas de viento y melcochas, y escucharon historias de duendes y fantasmas que vivían en las montañas. Un anciano les contó la leyenda del gallo de la catedral, que cantaba para avisar de los peligros.
El tercer día, la mamá propuso ir al Mercado de San Francisco. "Allí podemos ver frutas y verduras que nunca hemos visto antes, y probar la colada morada", dijo.
El Mercado de San Francisco era un laberinto de colores y aromas. Vendedores ambulantes ofrecían sus productos a gritos: "¡Caseras, caseritos, lleve la mejor fruta de la sierra!". Los niños se asombraron con la variedad de papas, frutas exóticas y hierbas medicinales. Probaron la colada morada, una bebida dulce y espesa hecha con frutas andinas, y comieron humitas, unos pastelitos de choclo envueltos en hojas de maíz.
Por la noche, después de cenar, la familia se sentó en el balcón a mirar las estrellas. El cielo de Quito era limpio y brillante, lleno de constelaciones.
"¿Se divirtieron hoy?" preguntó la mamá.
Emiliano y Renatha asintieron con entusiasmo. "Sí, mucho", dijo Emiliano. "La Ronda fue increíble, y el mercado… ¡nunca había visto tantas cosas diferentes!"
"A mí me gustó el Parque Itchimbía", añadió Renatha. "Correr por el césped fue muy divertido".
El papá abrazó a sus hijos. "¿Saben qué es lo mejor de todo?", preguntó. "Que pudimos compartir estos momentos juntos. El tiempo en familia es el regalo más valioso que tenemos".
Emiliano y Renatha entendieron. La televisión era divertida, pero no podía reemplazar la alegría de explorar el mundo con sus padres, de escuchar sus historias y de sentir su amor.
Al día siguiente, la televisión volvió a funcionar. Pero Emiliano y Renatha ya no la veían con los mismos ojos. Decidieron que dedicarían menos tiempo a la pantalla y más tiempo a explorar su ciudad y a compartir con su familia. Aprendieron que la verdadera aventura no estaba en la televisión, sino en el mundo que los rodeaba, y en el amor que compartían con sus padres. Desde entonces, los fines de semana los dedicaban a descubrir nuevos rincones de Quito, a jugar en los parques y a escuchar las historias de sus papás. Y así, la familia encontró la felicidad en las cosas sencillas, en los momentos compartidos y en el amor que los unía.
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