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Gratis · elegí una vozEra un día lluvioso. Las gotas golpeaban el cristal de la ventana de la habitación de Sofía como pequeños tamborileros. Sofía, con su pijama de ositos y el pelo revuelto, miraba el jardín, donde todo parecía brillar bajo la lluvia. Normalmente, los días de lluvia la ponían triste, porque significaba que no podía salir a jugar con sus amigos. Pero hoy, algo era diferente. Hoy, la lluvia parecía invitarla a una aventura.
De repente, un rayo de luz, tímido y juguetón, se coló entre las nubes. Sofía juró haber visto una sonrisa en una de ellas. “¡Están jugando a las escondidas!”, exclamó, dando un saltito.
Con esa idea en la cabeza, Sofía decidió que ella también jugaría. Pero, ¿cómo jugar a las escondidas con las nubes desde su habitación? Primero, intentó imitarlas, haciendo caras graciosas frente al espejo, inflando sus mejillas y moviendo los brazos como si fueran vapor. Pero no era lo mismo.
Entonces, recordó el baúl de los disfraces que guardaba en el ático. ¡Allí encontraría la solución! Subió las escaleras corriendo, sorteando cajas y juguetes olvidados. Al abrir el baúl, un torbellino de colores y texturas la recibió. Había sombreros con plumas, vestidos brillantes, capas de superhéroe y hasta un disfraz de león. Pero nada que se pareciera a una nube.
Decepcionada, Sofía estaba a punto de rendirse cuando, en el fondo del baúl, encontró una tela blanca, suave y ligera como el algodón. ¡Era perfecta! Se la envolvió alrededor del cuerpo, sintiéndose como una verdadera nube. Cogió un par de almohadas pequeñas y las escondió debajo de la tela para darle forma.
Ahora sí, estaba lista. Bajó las escaleras con cuidado, sintiéndose como si flotara. Al llegar al salón, se encontró con su abuela, que tejía sentada en su sillón favorito. La abuela, al verla, soltó una carcajada. “¡Pero mira qué nube tan hermosa ha entrado en casa!”, exclamó.
Sofía, sonriendo, comenzó a moverse por el salón, imitando el movimiento de las nubes en el cielo. Se balanceaba de un lado a otro, giraba lentamente y hasta hacía ruidos de tormenta con la boca. La abuela la observaba divertida, siguiendo su juego con la mirada.
De repente, Sofía tuvo una idea. “¡Abuela, juguemos juntas!”, propuso. La abuela, aunque un poco sorprendida, aceptó encantada. Juntas, buscaron más telas blancas y grises, y se disfrazaron de nubes de diferentes formas y tamaños. La abuela se convirtió en una nube grande y esponjosa, mientras que Sofía era una nube pequeña y traviesa.
El salón se transformó en un cielo lleno de nubes danzantes. Bailaban al son de la música que salía de la radio, reían a carcajadas y se contaban historias de otros días de lluvia. La abuela le contó a Sofía que, cuando era niña, también le encantaba jugar a las escondidas con las nubes, y que su abuela, la bisabuela de Sofía, le había enseñado a encontrar formas divertidas en ellas.
Mientras jugaban, Sofía se dio cuenta de que los días de lluvia no eran tan malos después de todo. Podían ser divertidos, incluso mágicos, si se les daba una oportunidad. Y, sobre todo, podían ser una oportunidad para pasar tiempo con las personas que más quería.
La lluvia seguía cayendo, pero ya no era un problema. Ahora, era parte del juego. Cada gota que golpeaba la ventana era como un aplauso para su improvisada obra de teatro. Y cada rayo de luz que se colaba entre las nubes era una invitación a seguir jugando.
Cuando la lluvia finalmente cesó, y el sol volvió a brillar, Sofía y su abuela recogieron las telas y las almohadas. El salón volvió a ser el salón, pero algo había cambiado. Sofía ya no veía los días de lluvia con tristeza. Ahora, los veía como una oportunidad para crear recuerdos inolvidables.
Antes de acostarse, Sofía miró por la ventana. Las nubes, ahora rosadas por el atardecer, parecían despedirse de ella. Sofía les sonrió y les susurró: “Gracias por jugar conmigo. Mañana volveremos a vernos”. Y, con una sonrisa en los labios, se quedó dormida, soñando con nubes danzantes y abuelas juguetonas.
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