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Lucía y Tomás vivían en un mundo blanco. Todo era blanco: las casas, los árboles, el cielo, ¡incluso sus juguetes! No era un blanco brillante y feliz, sino un blanco apagado y un poco aburrido. A Lucía le gustaba dibujar, pero sus dibujos siempre eran líneas blancas sobre papel blanco, lo cual era, para ser honestos, bastante difícil de ver. Tomás, por su parte, adoraba construir castillos, pero todos sus castillos de bloques parecían iglúes gigantes.
Un día, mientras caminaban por el parque, notaron algo extraño. Debajo de un viejo roble, encontraron una caja. No era una caja blanca, ¡sino una caja de madera oscura con dibujos extraños! Con cuidado, la abrieron. Dentro, encontraron pequeños frascos llenos de… ¡cosas brillantes!
"¿Qué es esto?" preguntó Tomás, mirando con curiosidad un frasco lleno de un líquido rojo brillante.
Lucía, que siempre había sido más curiosa, tomó el frasco y lo olió con cuidado. "¡Huele a fresas!" exclamó.
Otro frasco contenía un líquido amarillo que olía a limones. Uno más tenía un líquido azul que olía… ¡a nada! Pero era un azul tan profundo y hermoso que a Lucía le recordó el océano que había visto en un libro.
"Creo… creo que son colores," dijo Tomás, con los ojos muy abiertos. "¡Colores!"
Lucía asintió con entusiasmo. Tomó el frasco rojo y con un pincel que también estaba en la caja, pintó una pequeña flor en el suelo. ¡La flor roja resaltaba sobre la hierba blanca! Tomás tomó el frasco amarillo y pintó un sol en el tronco del árbol. ¡El sol amarillo brillaba con una luz cálida y alegre!
Pronto, ambos estaban pintando todo lo que veían. Pintaron las hojas del árbol de verde (había un frasco verde que olía a hierba recién cortada). Pintaron el cielo de azul. Pintaron las casas de todos los colores imaginables: rosa, naranja, morado. ¡El mundo blanco se estaba transformando en un mundo lleno de vida y alegría!
Pero entonces, se dieron cuenta de que algo faltaba. "¿Y nosotros?" preguntó Lucía, mirando sus ropas blancas.
Tomás sonrió. Tomó el frasco de pintura azul y le pintó a Lucía un gran círculo en la mejilla. Lucía rió y le pintó a Tomás una nariz roja. ¡Ahora también ellos estaban llenos de color!
Mientras pintaban, otros niños se acercaron a ver qué estaban haciendo. Al principio, estaban un poco asustados del color, pero pronto la curiosidad pudo más que el miedo. Lucía y Tomás les ofrecieron los frascos y los pinceles. Juntos, pintaron el parque entero. Los columpios se volvieron rojos y amarillos, los toboganes se volvieron azules y verdes, y los bancos se volvieron un arcoíris de colores.
El pueblo, antes blanco y aburrido, se convirtió en un lugar vibrante y lleno de vida. La gente salía de sus casas para admirar la transformación. Sonreían, reían y se maravillaban con la belleza de los colores.
Pero, poco a poco, los frascos de pintura comenzaron a vaciarse. Lucía y Tomás sabían que el día estaba llegando a su fin. Cuando el último frasco de pintura, uno de color violeta que olía a uvas, se vació, miraron a su alrededor. El mundo era hermoso, pero también sabían que debían cuidar los colores para que no se desvanecieran.
"Debemos recordar cómo se sienten estos colores," dijo Lucía. "Debemos recordar la alegría que nos dan."
Tomás asintió. "Y debemos seguir creando cosas hermosas, incluso si no tenemos pintura."
Esa noche, cuando se fueron a dormir, Lucía y Tomás soñaron con un mundo lleno de colores. Soñaron con flores rojas, soles amarillos, cielos azules y árboles verdes. Y cuando despertaron a la mañana siguiente, aunque el mundo seguía siendo blanco, sabían que dentro de sus corazones, los colores vivirían para siempre. Habían descubierto que la verdadera magia no estaba en los frascos de pintura, sino en la alegría de crear y compartir la belleza con los demás. Y aunque los colores pintados comenzarían a desvanecerse lentamente, el recuerdo de la alegría que trajeron permanecería brillante y fuerte. Sabían que, con imaginación y creatividad, siempre podrían volver a pintar el mundo, incluso si solo fuera en sus sueños. Y así, Lucía y Tomás, los niños que pintaron el mundo, vivieron felices para siempre, recordando siempre el día en que descubrieron los colores.
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