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Luna era una niña pequeña con una trenza larga y un corazón… bueno, un corazón que a veces se sentía como una piedra. No es que Luna fuera mala, ¡para nada! Es que a veces, las cosas no salían como ella quería. Si llovía el día del picnic, era culpa de Luna. Si se le caía el helado, ¡claro que era su culpa! Al menos, así lo sentía ella.
Luna guardaba sus problemas en una mochila invisible que siempre llevaba consigo. Cada vez que algo malo pasaba, metía el problema en la mochila. Un día, la mochila estaba tan llena que Luna se sentía muy, muy pesada. Era difícil correr, difícil reír, incluso difícil sonreír.
Un día soleado, Luna caminaba por el parque con su pesada mochila. Vio a un anciano sentado en un banco, rodeado de cometas de colores brillantes. El anciano la miró con ojos amables y le dijo: "Hola, pequeña. ¿Qué te hace andar tan despacio?"
Luna suspiró y le contó sobre su mochila y todos los problemas que guardaba dentro. El anciano asintió con la cabeza. "Ya veo", dijo. "¿Y si intentamos algo diferente?"
El anciano le ofreció a Luna una cometa. Era una cometa preciosa, de color azul cielo con una larga cola amarilla. "Esta cometa", dijo el anciano, "tiene el poder de llevarse tus problemas al cielo. Escribe cada uno de tus problemas en un trozo de papel pequeño y átalo a la cola de la cometa. Luego, déjala volar."
Luna, un poco escéptica, aceptó la cometa. Encontró un lápiz y un trozo de papel en su bolsillo y pensó en el primer problema que quería deshacerse: "No soy buena jugando al fútbol". Escribió la frase en el papel, lo ató a la cola de la cometa y sintió un pequeño nudo en el estómago. ¿Realmente funcionaría?
Respiró hondo y corrió con la cometa, sintiendo el viento en su cara. La cometa se elevó lentamente, llevando consigo el pequeño papel con el problema escrito. Luna la observó hasta que se convirtió en un punto azul en el cielo. Se sintió… un poco más ligera.
Luego, pensó en otro problema: "Mi mejor amigo no me invitó a su fiesta". Escribió el problema, lo ató a la cometa y la dejó volar. Esta vez, sintió una pequeña sonrisa asomarse a sus labios. Era extraño, pero era como si la cometa se llevara consigo la tristeza.
Luna continuó escribiendo sus problemas y atándolos a la cometa. "Me da miedo hablar en público". "Se me da mal dibujar". "No me gusta comer brócoli". Cada papel que volaba al cielo la hacía sentir más y más ligera. La mochila invisible parecía hacerse más pequeña con cada cometa que se elevaba.
Después de un rato, Luna se dio cuenta de que ya no tenía más problemas que escribir. Miró al cielo, lleno de cometas azules y amarillas que bailaban con el viento. Sintió una alegría que no había sentido en mucho tiempo. La mochila invisible había desaparecido por completo.
"Gracias", le dijo Luna al anciano, con una gran sonrisa. "¡Esto ha sido increíble!"
El anciano sonrió. "No fui yo, pequeña", dijo. "Fuiste tú. Tú decidiste dejar volar tus problemas. Y recuerda, siempre puedes hacer cometas nuevas."
Luna abrazó al anciano y corrió a casa, sintiéndose libre y feliz. Al día siguiente, Luna fue al parque y jugó al fútbol con sus amigos, sin preocuparse por si era buena o no. Se divirtió mucho, corriendo y riendo a carcajadas. Aunque todavía no le gustaba el brócoli, ¡decidió probarlo de nuevo! Y cuando su mejor amigo se dio cuenta de que no la había invitado a la fiesta, se disculpó y la invitó a la siguiente.
Luna aprendió que los problemas siempre estarán ahí, pero no tienen por qué pesar tanto. Siempre podemos encontrar formas de hacerlos volar, como cometas al cielo. Y lo más importante, aprendió que ser feliz es una decisión, una decisión que ella podía tomar cada día.
Desde ese día, Luna siguió haciendo cometas. No solo para deshacerse de sus problemas, sino también para celebrar sus alegrías, sus sueños y sus esperanzas. Y cada vez que veía una cometa volar en el cielo, recordaba el día que dejó volar sus cometas tristes y comenzó a ser feliz.
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