Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozOlivia era una niña muy curiosa. Le encantaba observar cada detalle del mundo que la rodeaba. Un día, mientras desayunaba con su mamá, escuchó un pequeño grito ahogado.
"¡Ay!" exclamó su mamá, llevándose una mano a la boca.
Olivia la miró con preocupación. "¿Qué pasa, Mamá? ¿Te duele algo?"
Mamá sonrió un poco, aunque parecía incómoda. "Creo… creo que se me ha movido un diente, Olivia. ¡Y mucho!"
Olivia abrió los ojos como platos. "¿Un diente? ¡Pero si eres mayor! ¡A los mayores no se les caen los dientes!"
Mamá se echó a reír. "Bueno, a veces sí. Este diente llevaba tiempo algo flojo. Supongo que ya le tocaba despedirse."
Esa noche, después de cenar, el diente de Mamá decidió que era el momento de partir. Mientras leía un cuento a Olivia, sintió algo extraño y, de repente, ¡el diente estaba en su mano!
"¡Se cayó! ¡Se cayó de verdad!" gritó Olivia, emocionada. "¡Ahora tenemos que ponerlo debajo de la almohada para el Ratoncito Pérez!"
Mamá sonrió y asintió. Juntas, envolvieron el diente en un pequeño trozo de papel de seda y lo colocaron cuidadosamente debajo de la almohada de Mamá.
Esa noche, Olivia apenas podía dormir. Estaba demasiado emocionada pensando en el Ratoncito Pérez. Se imaginaba cómo sería, si llevaría un sombrero diminuto o si tendría bigotes muy largos. Finalmente, el sueño la venció.
Mientras tanto, en el mundo mágico de los ratones dentales, el Ratoncito Pérez se preparaba para su ronda nocturna. Tenía su pequeño saco lleno de monedas brillantes y su mapa de la ciudad, marcado con las casas donde había dientes que recoger.
El Ratoncito Pérez era un ratón muy trabajador. Le encantaba su trabajo, porque sabía que hacía felices a los niños (y a las mamás, esta vez) cuando les dejaba una moneda a cambio de sus dientes de leche.
Cuando llegó a la casa de Olivia, miró el mapa. "Aquí está," murmuró, ajustándose sus gafas. "Un diente debajo de la almohada de… ¡la mamá! ¡Qué interesante!"
Con mucho cuidado, subió por la pata de la cama y se deslizó debajo de la almohada. Allí estaba el diente, envuelto en papel de seda. Lo sacó con delicadeza y lo guardó en su saco. A cambio, dejó una moneda brillante, ¡una moneda muy especial porque era para una mamá!
Pero justo cuando estaba a punto de marcharse, escuchó un pequeño ronquido. Era Olivia, que dormía profundamente.
El Ratoncito Pérez sintió curiosidad. Nunca había visto a una niña tan de cerca. Se acercó un poco más y la observó. Olivia tenía una sonrisa dulce incluso mientras dormía.
De repente, Olivia se movió y abrió un poco los ojos. Vio una pequeña figura con gafas y un saco lleno de monedas. Por un instante, pensó que estaba soñando.
"¿R-Ratoncito Pérez?" susurró Olivia, con los ojos muy abiertos.
El Ratoncito Pérez se quedó helado. ¡Nunca lo habían visto despierto! Normalmente, los niños dormían profundamente cuando él llegaba.
"¡Hola!" dijo el Ratoncito Pérez, con una voz muy suave para no despertarla del todo. "Soy… soy yo, sí."
Olivia se sentó en la cama, completamente despierta ahora. "¡No me lo puedo creer! ¡Eres de verdad! Siempre he querido conocerte."
El Ratoncito Pérez sonrió. "Bueno, pues aquí estoy. Pero tengo que irme. Tengo muchos más dientes que recoger esta noche."
"Espera," dijo Olivia. "¿Puedo hacerte una pregunta?"
"Claro," respondió el Ratoncito Pérez, haciendo una pausa.
"¿Qué haces con todos los dientes? ¿Construyes un castillo de dientes o algo así?"
El Ratoncito Pérez se echó a reír. "No, no construyo castillos. Los dientes se utilizan para… bueno, es un secreto. Pero te aseguro que se utilizan para algo muy importante."
"¿Me lo contarás algún día?" preguntó Olivia, con esperanza.
"Quizás… quizás algún día," dijo el Ratoncito Pérez, guiñándole un ojo. "Pero ahora tengo que irme. Adiós, Olivia."
Con un rápido movimiento, el Ratoncito Pérez saltó de la cama y desapareció por un agujero en la pared. Olivia se quedó sentada en la cama, con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Había conocido al Ratoncito Pérez! ¡Y había hablado con él!
A la mañana siguiente, Olivia corrió a contarle todo a su mamá. Mamá, por supuesto, no le creyó del todo, pero sonrió al ver la emoción en los ojos de su hija. Encontró la moneda brillante debajo de su almohada, lo que hizo que se preguntara si, quizás, la historia de Olivia era más real de lo que pensaba.
Desde ese día, Olivia miró el mundo con aún más curiosidad y emoción. Sabía que la magia existía, incluso en las cosas más pequeñas, como un diente que se cae y un ratoncito que recoge dientes por la noche. Y siempre recordaría la noche en que conoció al Ratoncito Pérez, el ratón que hacía felices a los niños (y a las mamás) con sus monedas brillantes.
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