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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle prehistórico lleno de helechos gigantes y volcanes gruñones, un dinosaurio muy peculiar llamado Dino. Dino era un Diplodocus, largo y verde, con una cola que parecía una soga gigante. Pero lo que hacía a Dino realmente especial era su risa. No era una risita tímida, ¡no señor! Era una risotada estruendosa que hacía temblar las hojas de los árboles y despertaba a las mariposas dormilonas.
El problema era que Dino no podía controlar su risa. Se reía de todo. Si una hormiga le hacía cosquillas en la pata, ¡ja, ja, ja! Si veía una nube con forma de brócoli, ¡jo, jo, jo! Incluso si tropezaba con una piedra, ¡ji, ji, ji! Su risa era contagiosa, pero también a veces… un poco molesta.
Un día, el Gran Jefe Rex, un Tyrannosaurus Rex con un gruñido más fuerte que un trueno, anunció un concurso de talentos. “¡El dinosaurio con el talento más impresionante recibirá la Corona de Hojas Brillantes!” rugió el Rex, haciendo temblar el suelo.
Todos los dinosaurios se emocionaron. La Triceratops Trina planeaba mostrar su habilidad para tejer coronas de flores. El Estegosaurio Tito quería demostrar su equilibrio haciendo malabares con cocos. Incluso el Pterodáctilo Pedro, normalmente tímido, se animó a cantar una canción.
Dino también quería participar, pero estaba preocupado. “¿Qué talento tengo yo?” se preguntó. “Solo sé reír.”
Su amiga, la Ankylosaurus Ana, le animó. “¡Tu risa es un talento, Dino! Es única y contagiosa. ¡Úsala!”
Dino no estaba muy convencido. ¿Cómo podía ganar un concurso solo riéndose? Pero Ana insistió, y finalmente, Dino aceptó a regañadientes.
Llegó el día del concurso. El Gran Jefe Rex se sentó en su trono de piedra, con la Corona de Hojas Brillantes a su lado. Los dinosaurios se reunieron en el claro, expectantes.
Trina tejió una corona de flores tan hermosa que hasta el Gran Jefe Rex sonrió (un poquito). Tito hizo malabares con cocos tan rápido que parecía que tenía seis manos. Pedro cantó una canción tan dulce que hizo llorar a algunas Brachiosaurus.
Finalmente, llegó el turno de Dino. Subió al escenario, temblando un poco. Miró al público y… vio una abeja intentando posarse en la nariz del Gran Jefe Rex. ¡Y ahí fue cuando empezó todo!
Dino soltó una risotada. ¡Ja, ja, ja! ¡Jo, jo, jo! ¡Ji, ji, ji! Su risa era tan fuerte y contagiosa que pronto todo el público estaba riendo a carcajadas. Trina se reía tanto que se le cayó la corona de flores. Tito dejó caer los cocos, que salieron rodando por el escenario. Incluso el Gran Jefe Rex, a pesar de sus esfuerzos por mantener la compostura, soltó una pequeña risita.
La risa de Dino era tan genuina y alegre que llenó el valle de felicidad. Los dinosaurios se olvidaron de la competencia y simplemente disfrutaron del momento. La risa resonó entre los árboles y se extendió por todo el valle.
Cuando la risa finalmente amainó, el Gran Jefe Rex se levantó de su trono. Miró a Dino con una sonrisa genuina. “Dino,” dijo, “tu risa es el talento más impresionante que he visto en mi vida. No solo nos has hecho reír, sino que nos has recordado la importancia de la alegría y la diversión.”
Y así, el Gran Jefe Rex colocó la Corona de Hojas Brillantes en la cabeza de Dino. Dino, sorprendido y feliz, soltó otra risotada, ¡ja, ja, ja! ¡Jo, jo, jo! ¡Ji, ji, ji!, que fue acompañada por una ola de risas de todos los presentes.
Desde ese día, Dino se convirtió en el dinosaurio más querido del valle. Su risa, antes considerada molesta por algunos, se convirtió en un símbolo de alegría y optimismo. Y Dino aprendió que su talento, aunque inusual, era valioso y especial. Y cada vez que alguien se sentía triste o desanimado, solo tenía que acercarse a Dino y escuchar su risa contagiosa para sentirse mejor.
Un día, un pequeño Velociraptor llamado Velo se sentía muy triste porque había perdido su juguete favorito, una piedra brillante. Dino lo vio y, en lugar de reírse directamente, se sentó junto a Velo y le preguntó qué le pasaba. Velo le contó sobre su piedra. Dino, pensando un momento, empezó a hacer sonidos graciosos con la boca, imitando el sonido de un pequeño dinosaurio llorando y luego el sonido de una piedra rodando. Era tan gracioso que Velo no pudo evitar reírse. Luego, juntos, buscaron la piedra brillante y, al encontrarla, Velo abrazó a Dino, agradecido por haberlo animado. Dino entendió que su risa era poderosa, pero también que la empatía y la amistad eran igual de importantes. Y así, Dino, el dinosaurio que no podía dejar de reír, se convirtió en el dinosaurio que siempre hacía sonreír a los demás, no solo con su risa, sino también con su corazón. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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