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Había una vez, en un pueblo escondido entre montañas violetas, un niño llamado Chispas. Chispas no era un niño malo, ¡al contrario! Era curioso, creativo y le encantaba jugar. Pero Chispas tenía un pequeño… bueno, ¡enorme!… problema: le costaba muchísimo controlar sus emociones. Si se alegraba, saltaba y gritaba hasta quedarse sin aliento. Si se enfadaba, sus mejillas se ponían rojas como tomates y pataleaba con tanta fuerza que hacía temblar las mesas. Si se ponía triste, lloraba a mares, inundando todo a su alrededor.
Un día, mientras jugaba a las canicas con sus amigos, perdió la partida. La frustración lo invadió como una ola gigante. Sus mejillas se encendieron y un rugido salió de su garganta. No era un rugido normal; era un rugido… ¡de dragón! De repente, pequeñas chispas empezaron a salir de sus manos. Sus amigos, asustados, se alejaron corriendo. Chispas se sintió aún peor. ¡Nadie quería jugar con un niño que se convertía en dragón de chispas cuando se enfadaba!
Con el corazón apesadumbrado, Chispas corrió al bosque. Allí, entre los árboles altos y los pájaros cantores, se sentó al pie de un sauce llorón y comenzó a llorar. Sus lágrimas formaron un pequeño charco a sus pies. De repente, una voz suave lo llamó: "¿Por qué lloras, pequeño?"
Chispas levantó la vista y vio a una anciana sentada en una mecedora, tejiendo una bufanda de colores. Su rostro estaba lleno de arrugas amables y sus ojos brillaban como estrellas. "Soy la Abuela Calma," dijo ella, sonriendo. "He oído tus rugidos desde mi cabaña. Cuéntame qué te pasa."
Chispas le contó a la Abuela Calma sobre sus problemas con las emociones, sobre cómo se convertía en un dragón de chispas cuando se enfadaba y sobre cómo sus amigos se asustaban. La Abuela Calma escuchó con atención, asintiendo de vez en cuando. Cuando Chispas terminó, ella le sonrió y dijo: "Todos tenemos un pequeño dragón dentro de nosotros, Chispas. Lo importante es aprender a controlarlo."
La Abuela Calma invitó a Chispas a su cabaña. Allí, le mostró un jardín secreto, lleno de flores de todos los colores y tamaños. "Este es el Jardín de la Calma," explicó. "Cada flor representa una emoción. Cuando sientas que tu dragón interior se despierta, ven aquí y elige una flor. Observa sus pétalos, siente su aroma y respira profundamente. Te ayudará a calmarte."
Chispas visitó el Jardín de la Calma todos los días. Aprendió a respirar hondo cuando se sentía frustrado, a contar hasta diez cuando estaba enfadado y a expresar sus sentimientos con palabras en lugar de rugidos. Poco a poco, las chispas dejaron de salir de sus manos y su dragón interior se fue calmando.
Un día, sus amigos lo invitaron a jugar de nuevo a las canicas. Esta vez, Chispas volvió a perder. Sintió la frustración subir por su garganta, pero recordó el Jardín de la Calma. Cerró los ojos, respiró hondo y pensó en la flor de la paciencia, una pequeña margarita blanca que crecía en el jardín de la Abuela Calma.
Cuando abrió los ojos, la frustración había disminuido. En lugar de rugir, dijo: "¡Vaya! He perdido. Pero no importa, ¡echemos otra partida!"
Sus amigos lo miraron sorprendidos. ¡Chispas no se había enfadado! Jugaron durante horas y Chispas se divirtió muchísimo, incluso cuando perdía. Había aprendido a controlar su dragón interior gracias a la Abuela Calma y al Jardín de la Calma. Y así, Chispas se convirtió en un niño feliz y equilibrado, que sabía cómo expresar sus emociones sin convertirse en un dragón de chispas. Aprendió que sentir está bien, y que existen herramientas para manejar esas emociones grandes y a veces aterradoras. Desde ese día, Chispas ayudó a otros niños del pueblo a encontrar su propio Jardín de la Calma interior.
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