Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMateo era un niño como cualquier otro. Le gustaba jugar al fútbol, construir castillos de arena en la playa y comer helado de fresa. Pero Mateo tenía un secreto: un pequeño dragón de fuego vivía dentro de él. No era un dragón real, claro, pero así sentía su rabia. Cuando algo no le gustaba, el dragón se despertaba y Mateo sentía un calor en el pecho, las manos le temblaban y las palabras salían disparadas como llamaradas.
Un día, Mateo estaba construyendo una torre de bloques altísima. Estaba a punto de colocar el último bloque cuando su hermana Sofía, sin querer, la tiró al suelo. ¡Crash! Todos los bloques esparcidos por la alfombra. El dragón de fuego de Mateo despertó de golpe. Sintió el calor en su pecho, sus manos se cerraron en puños y gritó: "¡Sofía, eres tonta! ¡Siempre lo arruinas todo!". Sofía, asustada por el grito, salió corriendo llorando. Mateo se quedó solo, con el dragón rugiendo dentro de él. Se sentía mal por haber gritado a su hermana, pero el dragón era muy fuerte.
Otro día, en la escuela, el profesor le pidió a Mateo que leyera en voz alta. Mateo se puso muy nervioso. Le daba mucha vergüenza leer delante de todos. Empezó a leer, pero se equivocó en una palabra. Los niños se rieron. El dragón de fuego de Mateo se despertó furioso. Sintió las mejillas rojas y las ganas de salir corriendo. Esta vez, en lugar de gritar, Mateo se quedó callado, con la cabeza baja. Se sentía pequeño y avergonzado. Después de la clase, Mateo se encerró en el baño y lloró.
La mamá de Mateo, que siempre lo observaba con atención, se dio cuenta de que algo no andaba bien. Una noche, después de cenar, se sentó con Mateo y le dijo: "Mateo, he notado que últimamente te enfadas mucho. ¿Quieres contarme qué te pasa?". Mateo, con lágrimas en los ojos, le contó a su mamá sobre el dragón de fuego que vivía dentro de él. Le explicó cómo se sentía cuando se enfadaba y cómo no podía controlarlo.
La mamá de Mateo lo escuchó con mucha paciencia y luego le dijo: "Cariño, todos nos enfadamos a veces. Es normal. Pero es importante aprender a controlar la rabia. El dragón de fuego no tiene que controlarte a ti, tú tienes que controlar al dragón". Le explicó que la rabia era como un volcán: si no la dejabas salir poco a poco, explotaría. Le enseñó algunas técnicas para controlar al dragón de fuego.
La primera técnica era respirar hondo. Cuando sintiera que el dragón se despertaba, debía cerrar los ojos y contar hasta diez, respirando lenta y profundamente. La segunda técnica era hablar. Debía expresar sus sentimientos con palabras, en lugar de gritar o enfadarse. La tercera técnica era hacer algo que le gustara: dibujar, leer un libro, jugar al fútbol. Esto le ayudaría a distraerse y a calmar al dragón.
Al día siguiente, Mateo probó las técnicas de su mamá. En la escuela, un niño le quitó su lápiz favorito. El dragón de fuego empezó a despertarse. Mateo sintió el calor en el pecho, pero recordó lo que le había dicho su mamá. Cerró los ojos, respiró hondo y contó hasta diez. Cuando abrió los ojos, se sintió un poco más calmado. En lugar de gritar, le dijo al niño: "Por favor, devuélveme mi lápiz. Es mi favorito". El niño se sorprendió y le devolvió el lápiz. Mateo se sintió muy orgulloso de sí mismo. Había logrado controlar al dragón de fuego.
Esa tarde, Sofía estaba jugando con los juguetes de Mateo sin permiso. El dragón de fuego volvió a despertarse. Mateo sintió las ganas de gritarle a su hermana, pero recordó la segunda técnica. Le dijo: "Sofía, no me gusta que juegues con mis juguetes sin pedírmelo. Por favor, pregúntame antes la próxima vez". Sofía lo entendió y le pidió disculpas. Mateo se sintió mucho mejor por haber hablado en lugar de gritar.
Con el tiempo, Mateo aprendió a controlar cada vez mejor al dragón de fuego. Ya no gritaba ni se enfadaba tanto. Cuando sentía que el dragón se despertaba, respiraba hondo, hablaba sobre sus sentimientos o hacía algo que le gustaba. Descubrió que el dragón de fuego no era tan malo como pensaba. Era solo una señal de que algo no le gustaba y necesitaba expresarlo. Pero ahora, Mateo sabía cómo expresarlo sin lastimar a los demás. El dragón de fuego se convirtió en su amigo, un amigo que le ayudaba a entender sus emociones y a ser una mejor persona. Y Mateo aprendió que incluso los dragones de fuego, con un poco de paciencia y cariño, pueden aprender a bailar al ritmo de la calma.
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