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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas verdes, un niño llamado Mateo. Mateo tenía nueve años y un secreto: cuando se enfadaba o se frustraba, ¡se convertía en un pequeño dragón de humo! No literalmente, claro, pero su cara se ponía roja, sus ojos echaban chispas y, sin querer, decía cosas feas a la gente que más le quería.
Sus amigos, Sofía y Lucas, siempre intentaban ayudarle con los deberes, o cuando no entendía un juego nuevo. Pero, ¡ay!, si Mateo no lo conseguía a la primera, ¡pum! El dragón de humo aparecía. "¡Dejadme en paz! ¡Sois unos tontos!", gritaba, aunque en el fondo sabía que Sofía y Lucas solo querían ayudar.
Incluso su profesor, Don Ricardo, un hombre sabio con una barba blanca como la nieve, sufría los arrebatos de Mateo. Si Don Ricardo le corregía un ejercicio, Mateo fruncía el ceño y le respondía con malas palabras. "¡No entiendo nada! ¡Es culpa suya!", refunfuñaba, haciendo que Don Ricardo se sintiera un poco triste.
Un día, después de una de esas explosiones de humo, Mateo se quedó solo en el patio. Sofía y Lucas se habían ido a jugar a otro lado, y Don Ricardo le había dicho que necesitaba pensar en lo que había hecho. Mateo se sentía fatal. Se dio cuenta de que nadie quería estar cerca de él cuando se convertía en el dragón de humo.
Al día siguiente, Don Ricardo llamó a Mateo a su despacho. Mateo entró con la cabeza gacha, esperando un regaño. Pero Don Ricardo sonrió. "Mateo", dijo con voz suave, "¿te gustaría aprender a controlar ese dragón de humo?"
Mateo levantó la vista, sorprendido. "¿De verdad? ¿Cómo?"
Don Ricardo le explicó que todos sentimos enfado a veces, pero que es importante aprender a manejarlo. Le enseñó varias técnicas. La primera era la "respiración del oso". "Cuando sientas que el humo empieza a salir", le dijo Don Ricardo, "cierra los ojos y respira profundamente, como si fueras un oso que hiberna. Cuenta hasta diez, y verás cómo el humo se disipa."
La segunda técnica era la de las "pompas de jabón". "Imagina que tu enfado es como una burbuja de jabón", explicó Don Ricardo. "Sopla suavemente, visualizando cómo la burbuja se aleja y explota en el aire, llevándose el enfado con ella."
Y la tercera técnica era la de la "tortuga sabia". "Cuando sientas que vas a explotar", le aconsejó Don Ricardo, "métete en tu caparazón imaginario, como una tortuga. Piensa en algo bonito, en algo que te haga feliz. Cuando te sientas más tranquilo, sal de nuevo."
Mateo practicó estas técnicas todos los días. Al principio, fue difícil. A veces, el dragón de humo era demasiado fuerte. Pero poco a poco, Mateo aprendió a controlarlo.
Un día, mientras jugaban al fútbol en el recreo, Mateo falló un gol importante. Sintió que el humo empezaba a salir. Cerró los ojos, respiró como un oso, y contó hasta diez. El humo se disipó un poco. Luego, imaginó una pompa de jabón gigante llena de su enfado, y la sopló suavemente. ¡Puf! El enfado desapareció.
En lugar de gritar a sus amigos, Mateo sonrió y dijo: "¡No pasa nada! Lo intentaremos de nuevo." Sofía y Lucas le miraron sorprendidos. Nunca antes le habían visto reaccionar así. Le devolvieron la sonrisa y siguieron jugando.
Desde ese día, Mateo se convirtió en un niño mucho más feliz. Aprendió que el enfado es una emoción normal, pero que no tiene por qué controlarle. Aprendió a usar la respiración del oso, las pompas de jabón y la tortuga sabia para mantener al dragón de humo bajo control.
Y lo más importante, aprendió que la gente le quería y le ayudaba, y que no merecía la pena pagar su enfado con ellos. Sofía y Lucas volvieron a jugar con él, y Don Ricardo se sintió orgulloso de su alumno. Mateo había aprendido a ser un niño más amable y considerado, y todos estaban felices de tenerle cerca. Ahora, en lugar de un dragón de humo, Mateo era como un sol brillante, ¡siempre dispuesto a compartir su alegría con los demás! Y cada vez que sentía el humo acercarse, recordaba las palabras de Don Ricardo y sonreía, sabiendo que tenía el poder de elegir cómo reaccionar. ¡El poder de elegir ser feliz! Y así, Mateo vivió muchas aventuras, siempre recordando que incluso los dragones de humo pueden aprender a soplar pompas de jabón y respirar como osos sabios.
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